Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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No creo en el azar, sino en las señales. El otro día mencionaba en mi columna al profesor Körczak, quien eligió morir con los niños judíos gaseados por los nazis, pese a que pudo haberse salvado. Pues bien, ayer en el Auditorio fue representada una obra basada en tal historia de amor y de horror: El último tren a Treblinka, de Pablo Tellería y adaptación de Bernúes. Cuando cité su martirio, ignoraba que la obra iba a ser representada. Me sirve para volver a uno de esos temas que les planteaba en la misma: la superioridad del misterio del Bien sobre el del mal. ¿Quién no se ha preguntado por qué alguien nos tiene inquina, incluso nos persigue, pese a que no le hemos nada hecho nada, o no somos conscientes de habérselo hecho?. La respuesta resulta siempre mundana. La mayoría de las veces se debe a un malentendido, a complejos o envidias, en fin… la letra pequeña de la condición humana. Sin embargo, a la vez, ¿acaso no nos sentimos también queridos por quienes no somos conscientes de haberles dado motivos para ello? Pero no se trata de dos enigmas iguales. El misterio de la bondad es más desconcertante. En fin, es Misterio. Körczak aceptó unir su destino al de sus alumnos. Como también asumió el martirio Edith Stein, la santa filósofa, en Auschwitz. El siglo XX ha dejado rastros de maldad, pero los del Bien son más profundos.

El miércoles vi en televisión El gran dictador, la obra maestra de Chaplin, que le obligó a exiliarse de Estados Unidos. En España no pudo verse hasta 1976. ¿Qué les molestaba a nuestros censores? ¿Aquello de «lo siento, pero yo no quiero ser emperador?». Lo dudo. Más probablemente esto: «En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán». Digan lo que digan algunos, hemos recorrido un largo camino desde 1978.

En efecto, no creo en el azar sino en las señales. Y percibo que algo siniestro se mueve, de nuevo, allá en Mordor. Pero, a la vez, todavía la bondad es más fuerte.

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