RÍO ARRIBA
El cojo
No sé con qué grado de frustración recogió la prensa deportiva el escarnio de hace un par de semanas, cuando el Athletic de Bilbao perdió ante el Atlético de Madrid merced a un gol en el minuto noventa perpetrado por un jugador cojo. Que le haya sucedido a un equipo legendario que llama a sus jugadores los leones, añade un bochorno indescriptible a la debacle. No obstante, de quien quería hablar yo aquí es del cojo, esto es, del señor Godín, el jugador que consiguió la agónica hazaña. O en realidad, de lo que representa, en una época donde estas cosas ya no se ven, ni dentro ni fuera de los campos de fútbol.
Godín, todo hay que decirlo, es uruguayo, algo que posee su relevancia: el fútbol de su país es netamente canchero, porfiado y voluntarioso, y eso convierte a sus equipos en rivales temibles, muy competitivos. Quien haya tenido la fortuna de viajar al Uruguay, en otro orden de cosas, sabrá que su ciudadanía tiene fama de culta y gentil. De alguna forma esas cualidades se reflejan en el césped, pues hacen gala de la tenacidad luminosa de los ilustrados y, pase lo que pase, nunca se dan por vencidos. En estos tiempos, como decía, tales virtudes rayan en la excentricidad, por no decir en la locura o la insensatez. Para esos futbolistas indies que caminan por el mundo con los cascos puestos y la capucha tirada sobre la cara, la actitud de un tipo como Godín tiene que ser la propia de un marciano, tal vez, la de un idiota: alguien que no solo pelea hasta el último minuto con pies y cabeza, sino que además lo hace lesionado.
A mí, el señor Godín me parece un héroe de otro tiempo. Ya no voy a decir de cuando uno se quedaba hasta el anochecer jugando al balón a costa de que su madre, al regresar a casa, le echara una bronca, sino de cuando la gente hacía las cosas con un afán ejemplar. Ahora, vuelvo a decir, se los tomaría por idiotas. Yo conocí a un par de políticos singulares hace bastantes años. Ambos estaban en las antípodas ideológicas, pero compartían cierto candor y alguna flaqueza: gobernaban municipios liliputienses, tenían fama de gestionar sus pueblos con rigor y no robaron de las arcas públicas ni un solo duro. Algunas veces, desatendían sus propios asuntos para resolver las demandas vecinales y la puerta de sus casas estaba siempre abierta. Eran dueños de un fino sentido del humor y jamás los vi calumniar a un rival político: eran, pues, lo más alejado que quepa esperar de un fanático. Habrá barruntado el lector perspicaz, que a este par de hombres se les tenía por idiotas.
Hacen falta más «godines» entre nosotros, en el deporte, la política, la calle. Gente leal, valiente y educada. También con el arrojo de quien no teme las causas perdidas.