TRIBUNA
Cuentos capitales (lujuria)
A lo largo de la historia de la humanidad han sido varios los personajes que se han dejado arrastrar por los placeres de la carne. Criticados incluso por sus contemporáneos, ninguna época histórica se ha librado de la lujuria. Etimológicamente esta palabra proviene del latín ‘luxuria’ (abundancia) y su significado según la RAE es «el deseo excesivo de placer sexual». Es verdad que alrededor de esta palabra se han creado muchos mitos y que siempre que hablamos de ella se nos viene a la cabeza algún episodio bíblico como el de Sodoma y Gomorra o las famosas bacanales de época romana. Sin embargo es innegable que este término ejerce un poderoso imán de atracción sobre los seres humanos porque son numerosos los creadores que han intentado plasmar en el arte (ya sea en la escultura, pintura o literatura) lo que entendían ellos por lujuria desde una óptica puramente personal y subjetiva.
Pues como colofón a lo dicho, y sin querer entrar demasiado en temas morales, me gustaría relatarle un breve cuento que oscile entre lo didáctico e irónico en el que se vean reflejados los vicios de ciertos individuos históricos que tenían una clara tendencia a la lujuria, y así poder entender mejor sus decisiones políticas. Aunque había muchísimos aspirantes —Alejandro Magno, Cleopatra, Valeria Mesalina o el papa Alejandro VI (Borgia)—, me he decidido por el producto nacional. Por eso le narraré un cuento sobre un rey de la Casa de los Borbones. Perdón, de la Casa de los Habsburgo —me ha traicionado el subconsciente—. El título del mismo es Picaflor.
Año 1635, en algún lugar a las afueras de Madrid… —Diego, píntame guapo que este es mi perfil bueno. Además subido en este caballo me doy un aire al Cid Campeador ¿no crees?—, le decía un socarrón Felipe IV a su pintor de cámara, un tal Diego de Rodríguez de Silva y Velázquez. Los dos habían hecho buenas migas. Congeniaban. Y por llevar, llevaban hasta el mismo bigote. No era para menos, pasaban muchas horas juntos. Y es que aparte de ser su retratista oficial, el que le hacía los selfies, era también su confidente. Bien sabía el bueno de Velázquez los secretos de alcoba del rey…
En ocasiones se sentía un ‘carabina’ más de Felipe. ¡Cuántas veces sus lienzos habían servido para conocer a otras mujeres ajenas al matrimonio! Bueno en realidad había otro ‘celestino’ en la corte que incluso llevaba las riendas del gobierno. Porque al ‘Rey Planeta’ eso de gobernar no le motivaba demasiado. Muchas veces se le oyó decir a sus empleados de palacio: —«Hacedme caso, que sé de lo que hablo. A la larga la política solo trae problemas». Y razón tenía, porque él estaba a otros menesteres más mundanos: ir al teatro, galantear con las actrices, frecuentar mancebías...
Para intentar encauzar los problemas del país, que eran muchos y variados, ya estaba su valido el Conde-Duque de Olivares. Al principio se le vio con ilusión pero los gastos de las guerras contra Inglaterra, Países Bajos y Francia produjeron varias bancarrotas en la hacienda española y el Conde-Duque, resignado, poco pudo hacer. Sin embargo a nuestro Felipe esto le importaba más bien poco porque él era el rey —y nunca mejor dicho— del ‘postureo’. Posaba con una naturalidad asombrosa. De pie, a caballo, vestido de cazador, como personaje secundario en el cuadro más famoso de España, Las Meninas.
Estaba casado y profesaba la fe católica pero contradicciones morales tenemos todos ¿no? No obstante, con los años empezaría a tener remordimientos y demasiados hijos bastardos. Uno de ellos fue Juan José de Austria, hijo de «la Calderona», la actriz más cotizada del momento. Pero no se crean, que con su primera mujer Isabel de Borbón también tuvo descendencia (10 hijos) aunque solo dos superaron la infancia. Dejar un heredero sano se le resistía… ¿quién se lo iba a decir a él?
Pasaron los años y se quedó viudo. Sin duda era el momento de ‘volver al mercado’. No era ya tan joven pero bueno dicen que «siempre hay un roto para un descosido». Y lo hubo, ¡vaya sí lo hubo! Porque Felipe volvió a encontrar el amor en la prometida de su hijo Baltasar Carlos —sí, ha leído bien—, que había muerto repentinamente. Y en segundas nupcias se casó con su sobrina Mariana de Austria. Él no quería volver a casarse pero por «razones de Estado» se hacía cualquier cosa. El futuro de la monarquía hispánica estaba en juego y la «operación engendrar un heredero varón» se ponía en marcha…
El resultado de la misma saldría regular porque aunque nació un hijo varón llamado Carlos II era tan endeble y enfermizo que muchos dudaban, y con razón, que pudiera dar un heredero a la corona. Pero el final del cada vez menos lujurioso Felipe IV se acercaba, y así en el año 1665 moría intuyendo que con su hijo acabaría la Dinastía de los Habsburgo en España. Otro Felipe, en este caso Borbón, esperaba en el banquillo francés su oportunidad para reinar en España.