SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?
Un lienzo sin colores
T oda época histórica ha tenido un movimiento artístico que la representa. Al margen de periodos de convivencia entre ellos fruto del agotamiento de uno y el nacimiento de otro, viendo una catedral, una pintura o una escultura, podríamos afirmar, dentro de cierto margen de error, el momento al que corresponden.
Hoy no contamos con una guía tan clara. No podemos afirmar que una determinada corriente artística se ha erigido en el icono de la forma de pensar de nuestra época. No tenemos un lienzo o un edificio que nos represente a todos de una manera más o menos nítida.
A diferencia, por ejemplo, del románico que nos permite profundizando en su estudio entender la sociedad a la que intentaba guiar de una manera espiritual entorno a la que giraba el mundo occidental de aquel momento, hoy carecemos de un lienzo que represente los colores de nuestra moral.
El hecho es simple de asumir, la razón está clara, actualmente carecemos de vínculos sólidos como los que en el pasado unificaron y agruparon las sociedades. Pensemos que factores como la religión, la política y la moral se entendían desde unos parámetros basados en los autores clásicos o en contra de estos. Pero, en todo caso las reglas del juego estaban perfectamente definidas.
El individualismo actual y su autosuficiencia nos conduce a la ficción de asumir la falsa creencia de que somos creadores naturales de nuestras conciencias y con ello de toda realidad que nos rodea. Esto produce una vorágine creativa en todos los órdenes que la mente humana es capaz de abarcar.
En el ámbito artístico no cesan de aparecer tendencias tan dispares y en algunos casos ininteligibles que necesitan ser explicadas por su autor para que el público pueda aproximarse mínimamente a su significado. Mal empezamos si tienes que preguntarle al autor de un cuadro qué pretende trasmitir con su obra.
Lo mismo se puede afirmar de la escultura, literatura o cualquier vertiente artística. Sé que se puede contraargumentar que no ha habido en la historia momentos tan creativos como en la actualidad. Bien, puede que sea cierto. Yo lo que afirmo es que nos encontramos en un momento en el que las conciencias individuales están borrando todo aquello que hasta no hace mucho fue la base de nuestra forma de entender la vida.
Nietzsche acusó a los sacerdotes de adulterar la moral. Se puede o no estar de acuerdo con él, pero lo que no pudo prever fue la desaparición de la moral. Se le puede acusar de ser un bruto en cuanto a sus exposiciones e incluso un animal por las conclusiones tan radicales a las que llegaba, pero al menos tenía la conciencia de la necesidad de una moral.
Se puede dudar si es mejor una moral de acero como la de nuestro querido filósofo, firme como la Fichte, o la amoralidad hacia la que nos conducimos actualmente. Cada uno tendremos nuestra propia respuesta; claro, escribo esta última frase contaminado precisamente por ser hijo de los tiempos que me han tocado vivir. Si me oyeran los dos reputados filósofos a los que he hecho mención me caería cuando menos una buena bronca.
En estos tiempos en los que nadie se quiere mojar diciendo lo que piensa y mucho menos decir de forma clara, sin matices, lo que piensa de verdad, el lienzo de nuestra conciencia podría estar lleno no de colores sino de humo gris. Un humo que nos envuelve a modo de nebulosa y que nos impide dejar de dar tumbos morales.
Es tal el punto de confusión en las cuestiones claves de nuestras sociedades que todo vale para ser comprado por el público. Digo público porque hemos dejado de ser ciudadanos para convertirnos en público con ganas de que le vendan algo, lo que sea, incluso estamos dispuestos a comprar de forma compulsiva humo.