TRIBUNA
Drama, más que comedia
M e cuesta admitir que los carnavales sean —por definición— alegría, imaginación y reverso de lo monótono; una especie de pastiche de gozos con aspiraciones seudoartísticas y pura algarabía. Me cuesta asumirlo, si, aunque no deje de reconocer el buen gusto de tal cual carroza, o las imitaciones de las «fallas», la originalidad de músicas y danzantes, y algún disfraz. Sobre todo esto, habrá un sector de personas principalmente jóvenes, que lo pase bien, y eso hay que respetarlo. Cada quien puede divertirse —sin ofender a nadie— con gorros frigios, o con inventos de vestidura… sin vestido. La mediocridad, no obstante, es tozuda y se empeña en presentarnos lo distinto (de una fiesta divertida) mediante derivaciones hacia…lo esperpéntico; y en consecuencia tenemos carnaval casi todo el año…político.
Qué es, sino carnestolada, la presencia de un bebé en los escaños del Congreso de los Diputados en brazos de su madre; qué mensaje quiere transmitir la invasión del oratorio de la Universidad Complutense por mozas «despechadas», profanando el lugar y los derechos de los que allí estaban en oración. Resultaría interesante que alguien —experto en viajes oficiales— explicase el protocolo por el que se rige un desplazamiento presidencial, desde Madrid a Valladolid en avión Phanton, en vez de hacerse en un automóvil, para cubrir 190 kilómetros…
Contábamos con sobrados casos pre-carnavaleros en estos tiempos como para poder elegir situaciones chocantes, y/o nefastas. Yo me permito la libertad de traer a capítulo lo que decía el Papa Francisco, poco antes de ser elegido Pontífice de los casi mil ochocientos millones de católicos de todo el orbe: »La Iglesia está llamada a salir de si misma e ir hacia las periferias existenciales: las del m?isterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia. Las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento; las de toda miseria»(…).
Nos gustaría que el Carnaval presente estuviera vertebrado por la alegría, el respeto al otro y la imaginación estética. Que no se produzcan hechos destinados al divertimento y degeneren en alboroto y batahola. Que no vayamos tras la comedia y nos encontremos con el drama.