CUARTO CRECIENTE
Alfanhuí
Vestía de forma impecable, corbata, jersey y gorra de chulapo a cuadros. Hablaba de forma atropellada, como si la lengua no atinara a darle forma a las palabras en una boca con dientes escasos.
La edad.
Entró en el periódico a media mañana y parecía uno de esos señores mayores que de vez en cuando todavía llegan a la redacción de Diario de León en Ponferrada para poner un anuncio por palabras. Y entre balbuceos sobre los molinos de viento, viejo hidalgo desdentado, acertó a decir que todas las tardes asomaba la cabeza desde la ventana de su cuarto y estudiaba las nubes, sus formas, sus movimientos, cómo se entrelazan en el cielo, cómo tejen mosaicos grises y blancos sobre un fondo azul cuando el invierno está a punto de terminar.
Yo venía de una rueda de prensa muy seria y le dije, qué desfachatez, que aquello no era ninguna noticia. Que lo que hacía por las tardes en la ventana de su cuarto no le interesaba a nadie. Y le acompañé a la puerta de la redacción porque tenía muchas cosas que hacer y se me iba la mañana. Se fue sin rechistar.
Por la noche, escrita y entregada una página muy sosa con todos los asuntos tratados en la rueda de prensa, sentado ya en el salón de mi casa, mientras revisaba los periódicos digitales antes de acostarme y comprobaba que todos hablamos de los mismos temas a diario, me acordé del viejo sin dientes, de las nubes que emborronaban su cabeza, y en un arrebato de lucidez me pregunté, por fin, qué sería aquello que no le había dejado contar con mis prisas.
En ese momento, como si alguien le hubiera quitado el pestillo a la puerta de entrada a otra realidad, el gallo de la veleta de la casa de enfrente, recortado en una chapa de hierro que se canteaba al viento sin moverse y con un solo ojo que se veía por las dos partes, se bajó del tejado y se fue a cazar lagartos al descampado más próximo. Hacía luna y a picotazos de hierro los mataba para colgarlos después a tresbolillo en la pared blanca de levante.
Supe entonces lo que el viejo desdentado había descubierto en las nubes. Supe cuál era su nombre. Y sentí la misma vergüenza amarilla y fría de los lagartos frescos, a los que aún no se les ha secado la glándula del rubor.