TRIBUNA
El país que queremos
A nte los acontecimientos que se están viviendo en la Península Ibérica, ya no hablamos de España, porque parece ser que ya se deja de emplear este término que denomina a una nación y nos incluye en una soberanía jurídica, es decir, ese país que unieron los reyes católicos pierde su nombre. Esos reinos de Castilla y Aragón que bajo la égida de Isabel y Fernando se fusionaron y dieron lugar a la unidad patria. Hoy se está cuestionando. Todos los políticos desde la transición hasta nuestros días, fueron más o menos culpables de la degradación que está sufriendo nuestra patria: España. Quizás tenemos que remontarnos a nuestra Carta Magna y no sé si los padres de la Constitución adivinaron el futuro, pero de verdad engendraron una Constitución creo que parapléjica. Si no eran conscientes, les podemos perdonar. Si pretendieron hacer el reparto de los panes y de los peces, el resultado fue dejar una generación de hijos desaprensivos, retorcidos sociales y, aunque sea muy fuerte, se convirtieron en delincuentes con el agravante de que sobre ellos no actúa el Gobierno y acampan como auténticos narcotraficantes. Aquella Constitución cayó en mentes vacías de sentido patrio pero avispados cambiaron las neuronas, es decir, los valores de capacidad intelectual por los del arribismo, osadía y, sobre todo, por fomentar el sindicato del estómago que les permite vivir sin dar golpe. Tienen el mérito, como todo mangante, de estar todo el día pensando para vivir bien sin dar golpe. Las últimas elecciones nos muestran un panorama desolador ya no por los resultados electorales de los partidos políticos que unos suban otros bajen, sino por la radiografía que se vislumbra en la ya desaparecida España.
Yo no sé si los que aún somos españoles somos conscientes del diluvio universal que ha llegado y la granizada que se prevé que llegue. A saber, en el País Vasco, las fuerzas constitucionalistas prácticamente han desaparecido. En Cataluña vamos camino de desaparecer y las tormentas que se avecinan auguran más terremotos de pérdida del sentido patrio y, en especial, de la lengua de Cervantes. El castellano va a desaparecer del País Vasco, Cataluña, Baleares, Galicia y ahora en la tierra de Pelayo van a poner el Bable, es decir, volvemos a nuestros orígenes, a Millán de la Cogolla y a Gonzalo de Berceo. De poco sirvió que nuestros primeros literatos intentaran la evolución de latín.
De poco sirvió el lema de la Real Academia española de Lengua: Limpia, fija y da esplendor. La ortografía es una utopía da igual escribir burro con v que con b porque en la actualidad ya no se sabe lo que es un garañón. Todo es esperpento. Las autonomías han sido y son la ruina de España. Nos llevan al desastre y a la desigualdad. Si les preguntaran a los ciudadanos españoles por la reforma que más necesita España, la respuesta, casi unánime, sería: que se eliminen las autonomías. Una reivindicación creciente que pronto será una exigencia obsesiva, ante la evidencia de que España no puede seguir manteniendo un ordenamiento territorial y una estructura de poder que nos conducen hacia la ruina, la desigualdad y la ruptura como nación.
Todo el sistema autonómico hipertrofiado que posee España es prescindible y que con la supresión de las autonomías se ahorraría tal cantidad de dinero que habría suficiente para asegurar las pensiones e incrementar, de manera sustancial, los presupuestos de Sanidad y Educación y de todos los servicios y ministerios. Los 17 gobiernos autonómicos son el cáncer de España y se mantienen únicamente porque los políticos quieren, por pura opresión y abuso de poder. La supresión de la parafernalia autonómica, intensa y crecientemente deseada por los españoles, es una reivindicación decente y justa que debe convertirse en la primera exigencia a sus gobernantes de un pueblo indignado cansado de soportar abusos, impuestos desproporcionados e imposiciones de unos partidos políticos y de unos políticos profesionales que cada día se alejan más del servicio al pueblo y de la defensa del bien común para centrarse en sus propios intereses y en las distintas facetas de la corrupción y el oprobio.
Los españoles estamos cansados de soportar los abusos y mentiras de los falsos demócratas que gobiernan España para su propio beneficio. El balance de las autonomías después de cuatro décadas de funcionamiento es tan nefasto que a los políticos cada día les resultará más difícil mantener ese sistema forzoso de abuso y derroche. Los españoles ya hemos comprobado que el sistema autonómico solo beneficia a los políticos y que nos conduce a la desigualdad, a pagar más impuestos, a soportar reyezuelos en cada autonomía que compiten unos con otros, al incremento de las corrientes nacionalistas e independentistas, al mantenimiento de un Estado que es el más costoso de Europa, con más políticos cobrando del Estado que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntos y al crecimiento de fuerzas disgregadoras que pueden terminar provocando la desmembración de España.
Los españoles estamos cansados de los exabruptos de los políticos catalanes, del desprecio que hacen de España; de la burla a las instituciones. Se están mofando de todos. Pero los gobernantes son títeres en sus manos, porque los necesitan para seguir cabalgando. Los españoles no tenemos sentido de estado, ni de patria porque seguimos alimentando a aquellos gobernantes que fomentan la división de España y estos cometen perjurio porque están alimentando a la bestia que cada vez es más feroz. A lo mejor tendremos que decir aquellas palabras que pronunció el maestro mirando a Jerusalén y a su templo: siempre te he querido cobijar como la gallina cobija a sus polluelos, pero no has querido, días de luto y llanto sobrevendrán sobre ti. Y ya sabemos que se cumplió y el templo fue destruido por Tito. ¿Alguien piensa que España no se está destruyendo? Pero parece ser que es el país que queremos.