TRIBUNA
Las cosas del fútbol

E l Bierzo es una ruta curativa muy especial para mí. Regreso estos días a Ponferrada y de alguna manera me recuerda a la que conocí en mi primera adolescencia tirando piedras contra los de abajo en la frontera del Moclín, con el santo y seña de los de la calle del Comendador: «te lo juro y no te miento, que las obras de la Puebla, las paga el Ayuntamiento» Veo a Ponferrada como la pipa del sultán, de oro y plata, con incrustaciones de hojalata. Ahora regresa el esplendor a la parte alta, con la excepción de la avenida del Bierzo, y su área residencial del Plantío, ahora convertida en estresante carretera de circunvalación por obra del puente del Centenario, también conocido como «el atravesao», con la vergonzosa pasividad o complacencia de los perjudicados de aquel espacio verde de donde, por voluntad de la concejal de medio ambiente liberada al efecto, fueron ahuyentadas a tiros las aves migratorias. Por su parte, la otrora pujante Puebla es un triste mercado donde casi todo se alquila o vende.
Ya lo advertimos entonces algunos que una tercera ciudad presidida por la torre más alta de nuestra Nación, no era un traje a la medida del previsible desarrollo de la criatura. Ahora nos lo pone todo mucho más difícil la crisis sistémica que arrancó de las aulas a una generación de jóvenes hacia el andamio, más la desaparición de la minería metálica, el fin de las energías fósiles, el oeste vacío y postergado por una política de desarrollo dual atenta al floreciente eje Valladolid-Burgos, diseñada y desplegada durante tres décadas. Veo las gradas del Toralín a rebosar y me pregunto qué será de los jóvenes del Bierzo emigrados, que si volvieran a juntarse, no cabrían en aquellas bancadas alegres.
Nos queda la Ponferradina, un club de futbol humilde que en los días de gloria no cambia de nombre, ni el del campo donde juegan, que eso es lo mejor del futbol asociación, una cultura de equipo donde no sobra nadie porque juntos valemos, solos poca cosa. La grandeza del futbol es un reflejo de las manos, el instrumento de los instrumentos dijo Aristóteles, donde los dedos saben que son algo por ser mano. Por eso lo mejor del futbol son los futbolistas que, sin sacar pecho, van a la Encina a agradecer la hazaña a nuestra Señora, aun sabiendo que las vírgenes no descienden a ese tipo de detalles. En cambio el Hércules de Alicante no cambia de nombre y hace bien, que el fútbol, en su mejor esencia, es un juego donde todo es aleatorio y provisional. Lejos nuestros muchachos de la prepotencia de los grandes clubs-multinacional, amparadas sus finanzas opacas en la figura jurídica del Club-Estado. Un hedor de catinga. Recuerdo un distendido encuentro, al final de unas jornadas sobre la violencia en el deporte a las que fui invitado como ponente. El alcalde nos invitó a una discreta comida y en los postres brindó por el deporte en la ciudad condal, el lugar, dijo, con más presencia ciudadana en actividades deportivas. Aprovechando aquel buen rollo del momento, dije yo que ese lugar era Noceda del Bierzo, cuna matricia de César Rodríguez Alvarez, máximo goleador del Barça entonces y hasta que le superaría años más tarde Messi. Entre sonrisas complacientes, sacó su elegante estilográfica Chencho Arias, que se sentaba a mi lado representando al Real Madrid, y realizó una encuesta relámpago, para concluir que había ganado Noceda, lo que firmaron en el acto Pep Guardiola y Stoikov, jugadores del Barça. Soplaban otros aires por Barcelona entonces.
La nueva travesía hacia la transición energética justa será larga y con atrancos, pero algunos creemos que será la puerta para lo que define Bob Dylan en su The times they are a-changin : «tu camino viejo envejece, porque los tiempos están cambiando».
Hace más de cuarenta años, exactamente en el invierno del año setenta y tres del siglo pasado, oímos decir Amancio Prada y yo en su casa de París al español mejor informado de aquel momento, el berciano Feliciano Fidalgo, esta profecía: «más pronto que tarde, los vinos del Bierzo serán internacionales» y pocos años después escuché algo parecido a un ministro federal en Camberra: «si nosotros tuviéramos las viñas del Bierzo y la lengua española, ganaríamos el mundo». El buen vino y la buena compañía animan a la empatía, la resilencia y el abandono del estéril pesimismo ambiente, que no lleva a ninguna parte.
Hoy el Bierzo tiene, además del más transitado camino francés, un nuevo camino hacia Santiago, el Camino Olvidado, muy utilizado hasta finales del siglo XI. Andando el tiempo, el Bierzo será además de camino, posada y fonda, a veces para quedarse, como ya anuncian holandeses o alemanes caminantes que se interesan por propiedades en venta en esta tierra mestiza y transfronteriza que enamora al caminante. Lo dice uno que vino llorando a trabajar a Ponferrada y marcharía llorando años más tarde, después de haber aprendido aquí a ser un hombre libre en el pleno uso de la mayoría de edad política.
Esa transición se asentará cuando las joyas de nuestra corona, todas con su correspondiente sello de calidad y denominación de origen, transformen la Hoya berciana en un Valle Encantado donde la lluvia ácida que ahora quema los frutales y los manteles que duermen a la luna de Valencia, vuelva a ser aquella lluvia lenta y limpia que «aún palpita en el pico de los pájaros y borda la ternura en el Valle del Silencio» (Mestre).