Diario de León
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el mirador lorenzo silva
León

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A estas alturas, parece que lo único bueno que puede esperarse del 1 de octubre (fecha que ya tenía fatídicas resonancias, por quien fue en ella ungido como caudillo, ocho décadas atrás) es que será, como todos, un día de veinticuatro horas, que acabarán transcurriendo y dando paso a la siguiente jornada: ese 2 de octubre en el que habrá que empezar a recomponer los destrozos que varios años de irresponsabilidades y sorderas cruzadas han provocado, tanto en la sociedad catalana como en las costuras del Estado.

No deja de ser escalofriante hacer el ejercicio de ponerse en la piel de quienes impulsan el proceso independentista, como si de una maniobra de redención fulminante se tratase. Sin colocarse en el peor escenario para ellos, que vean llegar ese segundo día de octubre desde la angostura en que ven amanecer los delincuentes sobre los que ha caído todo el peso de la ley, uno se pregunta con qué cara van a comparecer ante los cientos de miles de personas a los que han hecho creer que tenían al alcance de la mano la constitución de Cataluña en nueva Arcadia y faro de la humanidad. Cómo harán, qué dirán cuando tengan que explicarles que no ha pasado nada de lo prometido, que el sol sigue saliendo por el Oriente y poniéndose por el Occidente y que están donde estaban: sin reconocimiento de nadie salvo de sí mismos, sin los resortes que permiten a una comunidad la existencia independiente y sin recursos para aspirar a postularla; sin relaciones, sin credibilidad, sin crédito siquiera.

Lo de menos, llegados a ese punto, será que la autonomía esté suspendida y sus autoridades inhabilitadas o incluso detenidas. El fiasco de una apuesta tosca e inverosímil, la fractura insensata de una sociedad en dos mitades irreconciliables, redondean una catástrofe lo bastante sensacional como para no asomar la cara.

Tampoco se les puede arrendar la ganancia a quienes no han acertado a desactivar a tiempo la bomba soberanista, e intentan a estas horas su explosión controlada. Más allá del dudoso triunfo de impedir que tenga éxito lo que de ninguna manera podía tenerlo, les va a tocar afrontar el día después con cientos de miles o millones de catalanes frustrados o furiosos. En el peor de los casos se echarán a la calle, y transmitiremos al mundo una imagen penosa, la de un país que retiene como prisioneros a muchos de sus habitantes. En la más halagüeña de las hipótesis, se resignarán de mala gana a ser contados como nacionales de un país que no sienten y por el que no apuestan, cuyo proyecto nunca alentarán y que sabotearán por todos los medios a su alcance. Nada que haya que celebrar.

El 2-O es el día en el que habrá que empezar a construir un país que sirva y funcione. De mala manera, y con demasiado retraso. Que la suerte nos acompañe. La vamos a necesitar.

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