Diario de León

La verdad ha muerto. Larga vida a la verdad

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Mucho ha cambiado España en los últimos tiempos. Pero el mayor cambio ha sido la forma en que nuestro país ahora valora la verdad. Vivimos envueltos en acontecimientos que, lo admito, nunca pensamos que pudieran pasarnos a nosotros. Cuando les aseguraba a los estudiantes de Sociología de la Escuela de Trabajo Social de León lo fuerte que era nuestra sociedad ante cualquier adversidad, a todos nos parecía lo más normal. Les enseñé que nuestra Constitución, a diferencia de la de otros países, nos salvó de una dictadura y de la arrogancia de populismos, y nos devolvió la democracia. Les aseguré que nuestra sociedad tenía medios suficientes para controlar y equilibrar cualquier intento de una vuelta atrás.

Hoy me parece que en este punto he sido muy ingenuo. Hoy, las mentiras, no el gobierno constitucional, se han convertido en un elemento básico de convivencia; las garantías de la democracia, basadas en la madurez de una sociedad, han comenzado a desvanecerse.

Después de todo, hemos aprendido por las malas que no tenemos remedio si los líderes políticos se niegan a respetar la verdad, si el liderazgo político se convierte en una gran mentira.

Ahora sabemos que la legislación bipartidista es básicamente cosa del pasado, y que cuanto más grandes sean los problemas, menos probable será la reconciliación de ideas. Ahora se ha impuesto el poder partidista, basado las más de las veces en las fake news .

Hoy mentir se ha convertido en una norma de actuar, en una broma política. «Todos los políticos mienten», dicen ahora los tertulianos de todos los medios. Y tal vez eso sea cierto. Pero, ¿eso significa que debe ser así? La mentira, por más que se repita, no se puede convertir en verdad. Y es lo que parece que pretenden nuestros políticos.

Claramente, en el tiempo de la transición dimos la verdad por asentada. Simplemente asumimos que nuestro gobierno no nos mentiría nunca; ni siquiera sobre las amenazas a las que nos enfrentamos hoy por el Covid-19, por ejemplo. Estábamos seguros de que nuestro gobierno nos diría lo que teníamos que hacer como país y como ciudadanos frente a cualquier adversidad política, sanitaria o económica. Habíamos jurado que trabajaríamos juntos frente a las adversidades, independientemente de pertenecer a la derecha o a la izquierda, tal como se hizo durante la transición, donde los de derecha y los de izquierda reconocieron juntos los errores, admitieron juntos los fallos cometidos por una y otra parte y resolvieron juntos instaurar la democracia. Sobre todo, dimos por sentado que la verdad era la base sólida de la sociedad. Pero cuando bajamos la guardia, todo se borró mientras observábamos como nuevos actores en la esfera política nos ofrecían una nueva moralidad envuelta en la mentira.

Las mayores víctimas de unos y otros son la verdad, la razón y, en definitiva, la misma sociedad. Hemos llegado a admitir que los políticos no mienten, simplemente disimulan para no decir la verdad. Y aquí está la preocupación más triste de todas, que al público español no le importe demasiado. Mentir se ha convertido en la norma. Con cada mentira, la integridad política se vuelve cada vez más tenue, el país se convierte en una broma cada vez más pesada, nuestra base para el futuro se vuelve más y más delgada y la esperanza de mejorar para nuestros ciudadanos es cada vez más escasa.

Como pueblo, parece que hemos perdido todo sentido de conexión entre la naturaleza de la verdad, el carácter del liderazgo y la necesidad de una información veraz. No tenemos garantía de que el liderazgo en el que confiamos sea realmente un liderazgo válido o no. Lo que nos lleva a la verdadera pregunta: dado que la verdad como requisito previo de convivencia ha dejado de ser una exigencia para la ciudadanía en general, ¿ha colapsado ya nuestra moral como nación? ¿Hemos llegado al punto en que solo tenemos mentiras para vivir? Y sobre todo, ¿hemos decidido admitir esta conducta como válida? ¿Qué tipo de personaje podemos considerar seriamente como digno de confianza, digno de credibilidad a nivel nacional y autonómico, como signo de nuestra propia autenticidad nacional y regional?

Todo lo que vemos en el horizonte nacional en este momento no es una nación unida frente a las adversidades del Covid-19, de la situación económica nacional, del separatismo y de otras pandemias. No tenemos esfuerzos nacionales definidos como el resto del mundo, no estamos trabajando juntos para cuidarnos unos a otros. En cambio, tenemos 17 autonomías que actúan de forma independiente, haciendo todo lo posible para resistir, levantarse de nuevo y, por supuesto, sobrevivir a las mentiras de unos y otros.

Quizás, lo más grave de toda esta situación sea nuestro propio indiferentismo ante la mentira generalizada. Si esto es así, ¿cuánto tiempo tardará en socavarse el carácter de toda la nación? Para que esto no suceda, ¿cuándo y cómo nos negaremos a aceptar la mentira como norma de conducta? Recordando la frase protocolaria a la muerte de los reyes: «el rey ha muerto, viva el rey»», hoy nosotros podríamos decir: «la verdad ha muerto, viva la verdad. Larga vida a la verdad.

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