Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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EL primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, no tenía otro remedio que estar allí, ya que era el anfitrión y se considera de mala crianza no estar presente cuando llegan los invitados. Al presidente español, José María Aznar, le ocurría otro tanto, ya que acudía a la Cumbre contra el Hambre en su eventual calidad de presidente de la UE. Pues bien, ambos líderes, a los que nadie ha injuriado hasta el extremo de tildarles de revolucionarios, se quedaron solos. Los representantes de los 29 países ricos, o sea, los llamados del primer mundo, no se dignaron a participar en las desagradables conversaciones sobre el apetito mundial. Quizá algunos recordasen que hace siete años se celebró una reunión en la que se acordó durante un banquete reducir a la mitad el número de hambrientos. Acaso los ausentes pensaron que ese objetivo está cumplido en parte, ya que muchos de los desnutridos, al fallecer por inanición, dejaron de constar en las estadísticas. Tanto las Naciones Unidas como la FAO culpan a las naciones opulentas del fracaso en la lucha contra el hambre, que más que un combate frontal es una dudosa escaramuza. Nos hemos acostumbrado a habitar un planeta en el que cada día mueren por falta de alimentos 24.000 personas, lo que supone una cada cuatro segundos. Lo de globalizar las sobremesas es todavía una quimera, pero lo seguirá siendo si los gobernantes de los países ricos se desinteresan del problema. El talante de estos líderes que no acudieron a la Cumbre es idéntico al de aquel señor que tomaba el sol en la playa al que se le acercó alguien diciendo que llevaba dos días sin comer. «Pues ya se puede usted bañar, porque ha hecho la digestión». Las metas propuestas hace seis años no se han cumplido y en África, aunque no sólo en África, seguirá habiendo niños comidos por las moscas y, lo que es todavía más espeluznante, moscas comidas por los niños. Menos mal que dentro de algunos años se convocará otra Cumbre.

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