Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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HA llegado la hora de los contables y parece que averiguar el seguimiento que ha tenido la huelga es más importante que los mutuos empeños que se pusieron por no evitarla. Para las dos partes, el éxito consistía en que fracasara la otra. ¿Cómo puede saberse con exactitud el número de personas que ejercieron su derecho constitucional a declararse en huelga? Es muy difícil, pero más difícil todavía es saber el número de compatriotas que no pudo ejercer su derecho constitucional a acudir al trabajo. Lo único cierto es que los que más trabajaron ayer fueron los miembros de los piquetes, pero existe la duda de si lo hicieron forzados por otros piquetes. Vaya por delante que yo, como el arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo, creo que había razones fundadas para hacer la huelga, pero también creo, como otros monseñores, que no era estrictamente necesario hacerla. «Decretazo» es una fea palabra y a quienes tienen poco no se les debe quitar nada. Ni siquiera la razón. Hay que estar al lado de los que durante todo el año prestan a sus estómagos los servicios mínimos. Además ahora las huelgas no aspiran a subvertir el orden social. Los trabajadores somos unos privilegiados si nos comparamos con lo que no tienen trabajo y, por lo tanto, no pueden elegir un día para abandonarlo. Aquí ha faltado discusión y ha sobrado intransigencia. Nadie puede negar que haya picaresca en el PER, pero tampoco que sea insignificante comparada con la de Gescartera, por poner un ejemplo entre tantos elegantes latrocinios. La oferta, luego recortada en su kilometraje, de ofrecer empleo a cincuenta kilómetros del domicilio del trabajador fue sarcástica y, por si fuera poco, aumentaba mucho el gasto de gasolina. Parece que el día de ayer supuso para la economía española un coste de 250 millones de euros. Su seguimiento fue desigual, como es natural. Hay diferencia entre unas autonomías y otras y entre el campo y las ciudades. Los que no parecen diferenciarse mucho son los políticos de un bando y de otro. Su mediocridad es idéntica.

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