EN BLANCO
Fútbol
COMO dijo aquel antiguo entrenador del Liverpool, antecedente en el tiempo del filosófico Jorge Valdano, el fútbol no es que sea cuestión de vida o muerte; es más importante que todo eso. Sabia y certera reflexión, en vista del guirigay que se ha disparado en todo el globo terráqueo a cuenta de los avatares vividos en el Campeonato que se está celebrando en los lejanos confines del sol naciente. La fanaticada de Argentina llora lágrimas de sangre por el desplome de su selección, empobreciendo aún más a un país que malvive entre tango y calderilla. Y el desastre del elegante combinado francés ha propiciado en la nación vecina un debate donde han entrado al trapo sociólogos clásicos y tertulianos modernos, sobre las ventajas o perjuicios de la mezcla racial en el balompié galo. ¡Qué equivocados estaban nuestros abuelos, apenas cien años atrás! Porque no entendían un espectáculo importado desde tierras inglesas, donde un puñado de hombres en calzoncillos se pegaban por dar patadas a un esférico de cuero. El fútbol es ahora un producto de primera plana, mezcla de eslóganes y resentimientos vecinales, que ofrece imágenes como la de nuestro seleccionador, José Antonio Camacho, ese gladiador moderno a quien le chorrea por la camisa una mezcla de testiculina y efluvios patrióticos. Aquí en España también estamos sudando, tanto a causa el fútbol como por la precursora ola de calor, y a despecho de desvaríos batasuneros y los habituales rebuznos del padre Arzallus, es sabido que país que suda unido, permanece unido.