ELMIRADOR
¿Y para cuándo la boda?
MI impresión televisiva es que la casa del Príncipe reúne las condiciones exigibles como escenario de trabajo serio y de vida tranquila, las dos cosas que más necesita nuestro don Felipe, que bastante ha tenido el pobre con sus desventuras amorosas, sobre todo las dos más conocidas, producidas, al parecer, por motivos de Estado. Lo único que me sorprende un poco es que se haya tomado la opción de destinarle una residencia fuera del hogar paterno/materno, aunque muy cerquita, antes de que tomara estado, es decir, que se casara, lo que en principio me parece un poco contradictorio o tal vez incomprensible. ¿Quiere decir eso que la boda va para rato y que no se podía esperar a la misma para cumplir el viejo aforismo castellano de que «el casado casa quiere»? Eso me inquieta, pues el Príncipe se ha metido en una edad ya muy tardía, y lo dice quien lleva seis u ocho años urgiéndole para que se decida a formar una familia. Esa urgencia no es tal en cualquier persona normal y corriente. Pero nuestro don Felipe es el Príncipe heredero en una Monarquía hereditaria, y se diría que esos adjetivos sugieren cuál es su primera y fundamental obligación. Esta forma de Estado que nos hemos dado los españoles tiene sus exigencias, probablemente incómodas para sus titulares, pero éstos han de tomarlas como deberes profesionales. El heredero tiene que colocarse siempre en la peor de las hipótesis sobre el desarrollo de la vida humana y del establecimiento de las líneas sucesorias y procurar que sea su línea directa la que acuda en auxilio de la Monarquía en caso de eventuales desgracias personales que pudieran introducir la más mínima incertidumbre en la sucesión al trono. Esa es la gracia y la gran justificación política del sistema monárquico. No verlo así puede llegar a constituir un inconveniente comportamiento frívolo, malo para España y peor para la monarquía. Con lo que no quiero apurar al Príncipe para que se case mañana, pero sí pasado mañana.