TRIBUNA
La cultura también veranea
AL fin llegan los meses de verano y los leoneses y leonesas, tras febril y virulenta actividad empresarial, deciden de una vez abandonar sus esfuerzos para sustentarse y dedicar algunas horas a otra serie de actividades que probablemente no sean tan alimenticias, maldita sea, pero sin duda son reconfortantes. ¿Qué mejor momento que el verano para leer el libro de moda, asistir al estreno del momento o dejarse caer por las actividades del cacareado 150º aniversario de Gaudí? Es entonces cuando leoneses y leonesas se dan cuenta de que la cultura de su ciudad está poco menos que en servicios mínimos durante los meses de verano, restringida a márgenes tan estrechos como los de los horarios veraniegos de los funcionarios. Así, la biblioteca pública apenas abre seis horas diarias, el cineclub del Albeitar cesa en sus actividades, Caja España deja de patrocinar actividades con la misma asiduidad que en los meses de invierno, los cines -escasos- se ven desbordados de películas específicas para el uso de jóvenes ociosos y es.pabila mas que espabilarse se duerme (ignoro si por falta de apoyos o por falta de iniciativas). Por no hablar del terrible desperdicio de medios que resulta que los colegios cierren todo el verano sin apenas aportar un granito de arena. Creo que es en estos meses cuando el pulso cultural de una ciudad se radiografía. Mientras Valladolid y Salamanca todos los veranos se llenan de una variedad considerable de actividades culturales (donde las cosabidas exposiciones y conferencias, sin menospreciarlas, son los menos), en León apenas podemos contar con algo que llene de verdad el ocio de los leoneses y leonesas con mínimas inquietudes o que pueda atraer a un turismo que viene a esta comunidad en busca de cultura. Lo mejor que hemos tenido han sido grandes eventos,como este año el aniversario de Gaudí o el recién estrenado Auditorio, con actividades tan mayúsculas que resultan escasas de puro desmesurado. Luego eso se rellena con alguna otra exposición y de vez en cuando una conferencia. De modo que, aquellos que pretenden completar su tiempo veraniego con algo más que playa, monte o piscina, se ven obligados a emigrar a otras latitudes. De modo que los turistas que busquen entretenimiento y cultura jamás pararán por León más de un día, después de disfrutar a lo grande con el trenecito que hace el recorrido monumental en menos tiempo. No pretendo señalar a nadie con el dedo. Sólo quiero reflexionar en voz alta para, empezando por mí mismo, hacer examen de conciencia. Al fin y al cabo, una ciudad tiene la cultura que tienen sus habitantes, eso es incontestable. Como puede resultar incontestable que las iniciativas culturales muchas veces chocan de frente con unas ayudas politizadas o escasas o dirigidas. ¿Quién fue primero, la gallina o el huevo? comenzando desde el mismísimo Ministerio y llegando hasta las labores sociales de las grandes empresas, o tendremos que espolear a dichas instituciones para que se tomen en serio eso de la cultura? Aunque soy muy partidario y amigo de las iniciativas privadas, es cierto que en este país en general y en León en particular, toda vez que se pretende alguna actividad de un mínimo calado cultural, es absolutamente necesario el apoyo de alguna empresa o institución. Básicamente porque, de manera muy legítima, quienes se dedican a estas tareas pretenden vivir de ellas, y es muy arriesgado confiar en que el público pague lo suficiente como para que ello sea imposible. Al fin y al cabo, la cultura no es un bien de mercado sino un derecho. El problema es cuando las instituciones instrumentalizan dichas actividades: la cultura no es un bien de mercado, pero vende y otorga una imagen que es una barbaridad. Y cuando la cultura, como parece ser el caso, se ha visto reducida a las temporadas de financiación de cuatro o cinco instituciones y condicionada tan descaradamente a los horarios y jornadas laborales de los funcionarios, se vuelve endémica y escasa, y su público con ella,y quienes promueven también. Así en lugar de convertir la biblioteca en lugar de actividades y de encuentro de los jóvenes con la cultura -por poner un ejemplo, que no es el único-, nos la encontramos cerrada todas y cada una de la tardes del verano, como si se tratara de poco más que un almacén de curiosidades, o como si tuviésemos miedo de que los jóvenes estropeen con sus torpes manos libros tan valiosos. En esta tarea de la cultura estamos todos en el ajo. Lo fácil -sobre todo en verano, por lo visto- es de claudicar, quejarse unos que los promotores de la cultura carecen de imaginación, responder otros que a su institución apenas llegan propuestas de calidad y replicar otros más que propuso y propuso y nadie le hizo caso. No nos dejemos el examen de conciencia para los propósitos del curso que viene. ¿Qué tal si empezamos ya?.