Comparaciones
FUE cervantes el que dijo que las comparaciones «son siempre odiosas y mal recibidas». Se refería a las que se hacen de ingenio a ingenio, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje, pero la verdad es que las comparaciones únicamente agravian a una de las partes comparadas. Para la otra son una lisonja. Ahora, como siempre que las cosas empiezan a ir medio mal, a peor que antes, se realizan estudios sociológicos para demostrar lo bien que se vive en España en relación con otros países. Los argumentos son irrefutables, pero ocurre que no son argumentos. Cuando nos dicen que la carne y el aceite mantienen los precios más bajos de los Quince o que somos el país de la Unión Europea donde son más baratos los vicios menores, omiten hablar de la diferente capacidad adquisitiva entre los ciudadanos de una nación y de otra. Es cierto que fumar cuesta aquí tres veces menos que en Gran Bretaña y que un finlandés paga el triple por un cubata, pero ¿cuántos pelotazos y cuántas cajetillas puede pagarse con desahogo un finlandés o un británico? Nuestros políticos no sólo sospechan que somos tontos: tienen pruebas. Otra comparación que cada vez surge de manera más reiterada, ahora gracias a la macabra venta de la Funeraria de Madrid, es la del grado de corrupción. Parecía que la plusmarca establecida por el PSOE de los últimos tiempos era imbatible, pero en un meritorio esfuerzo se comprueba que el PP quiere acortar distancias. Desde el caso Naseiro al caso Soller, pasando por Gescartera y otros casos, que también hacen al caso, va a llegar un momento en el que no tengan nada que echarse en cara. No será por falta de cara. A la naturaleza humana no la altera la pertenencia a un partido político u otro. Lo que sí puede variar es el rigor y el grado de vigilancia que se ejerza sobre los innumerables golfos que han decidido arbitrar nuestra convivencia con objeto de vivir mejor. Los códigos éticos tienen muchas páginas en blanco, pero en el prólogo puede leerse eso de «¡Y tú más»!.