Diario de León

TRIBUNA

Currículos autonómicos e identidad

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Recordemos, señor Procurador del Común y amables lectores leoneses, que hay una promesa política vigente que se ha de plasmar en los textos escolares ¡ya!. No es otra que el debido respeto a la identidad leonesa en aquellas materias curriculares donde se ha de hablar de lo leonés y de lo castellano. Y, sin quedar en lo anecdótico, precisamente en los libros manejados en la Enseñanza Secundaria Obligatoria a partir del curso 2002-2003, ha de notarse, ampliarse y proyectarse aquélla empleando una terminología clara y diferenciadora. Todo ello, naturalmente, en el seno de esta comunidad llamada Castilla y León, mixta desde sus orígenes, pero «nacida» políticamente con vocación unitarista. Para el lector no avisado o para el leonés despreocupado, conviene también explicar que el unitarismo, o sea la amalgama castellanoleonesa pretendida, no era, ni es, un banal empleo de éste adjetivo compuesto, ni una baladí denominación de lo comunitario con sencillez ramplona, toda vez que escondía, y soporta, la taimada pérdida de lo propio, en beneficio del todo, del ente que han alumbrado, tratando de esconder, de paso, la realidad plural de los componentes. Así hasta ahora, pero, ¿y en el futuro?, podemos y debemos preguntarnos. Los textos escolares, y nunca mejor dicho, tienen la palabra escrita, y han de mostrar, sin menoscabo de lo compartido o comunitario, fidelidad realista de lo particular. En ellos debemos comprobar, tanto el cumplimiento de la promesa, como la compaginación entre ésta y el vocabulario político en uso y la proyección respetuosamente comunitaria futura. Estos libros, independientemente de la materia curricular que encierren, han de ser claros y diáfanos, de fácil comprensión para que el alumnado pueda acceder autónomamente al conocimiento cultural de Castilla y de León, sin descifradores e intérpretes En este punto, cómo olvidarnos de los maestros leoneses, cuando en su voz, dicho sin redundancia, está la palabra hablada, palabra magistral, no la apostilla del texto, sino la clave del mismo. Sin que tengan necesidad de actuar de exégetas, sí que ciertamente han de mostrarse como hábiles conductores del alumnado en aquello que debe ser sencilla realidad para León y para Castilla, máxime si los libros vienen aún con dolosa y confusa terminología. Sabido es que los contenidos curriculares no están de pleno encomendados al poder autonómico, o sea no transferidos al cien por cien. En nuestro caso, el Estado se reserva el 65% de los mismos, lo que no puede ser en modo alguno disculpa política autonómica en que escudarse para seguir los autonomistas en sus trece unificadoras de territorios y de paisanajes. El matiz diferenciador, precisamente en ese campo es claramente de competencia autonómica, no en balde tienen en lo próximo, en lo más cercano a los castellanos y a los leoneses, su obligación constitucional. Por lo que, en modo alguno, puede valer lo de «unos por otros...», quizá para justificar ciertos «olvidos». Conviene destacar en este punto que, para cubrir el 65% ministerial aludido, hemos acudido al Ministerio de Educación y Cultura, ahora con el añadido del deporte, desde siempre, y contando, tanto en general como por parte de la alta inspección, con su comprensión y promesa de ayuda en el tema que nos ocupa. Así mismo, lo hemos hecho con las editoriales, algunas de las cuales han dicho conocer y comprender nuestra fundamentada petición. Esperamos que de una vez por todas, los políticos del ente, se avengan a reconocer, en letra impresa, que son dos las regiones que componen la comunidad. Dos las culturas que en régimen político-comunitario caminan estatutariamente. Dualidad que de forma gráfica se muestra en el enunciado del ente: Castilla y León, y de facto soslayan. Nada hemos escuchado sobre algún tipo de debate, en las Cortes autonómicas, acerca de la elaboración y aceptación de los currículos preparados para este curso, y la estructuración de las materias que afectan a nuestra petición de respeto identitario, en el que nuestros políticos hayan podido plantear sus objeciones, o más bien, conocer, aceptar o pasar de aquello que afectándonos tanto, otros foráneos lo dirigen o conducen. Y, mucho menos, plantear un debate publico, para las asociaciones de padres, o tan siquiera para los docentes pluralmente representados, independientemente que hubieran sido invitados a título personal, corporativo, por provincias o por regiones. Las manos políticas centralistas siguen moviendo los hilos del tinglado autonómico. Cuándo querrán comprender los políticos que nos representan que las urnas no les dan derecho omnímodo sobre el patrimonio de aquellos a los que simplemente administran. Los ciudadanos votamos, les elegimos incorporados a una lista, y pronto olvidan que seguimos vivos y teniendo opinión. En el seno de esta comunidad autónoma los castellanos y los leoneses no tienen por qué identificarse como pueblo único, soporte y razón de ella. Fue éste un error político de salida, que ahora perdura como empecinamiento, o quizá más bien como huida hacia delante, sin querer admitir que, como tal, no existió en ningún momento histórico. Desde el entronque medieval en 1230, dos reinos una corona, leoneses y castellanos vivieron paralelos, y ésa condición «geométrica» no ha propiciado el encuentro y, mucho menos, la fusión; innecesaria por otra parte entonces y ahora. Menoscabar la dualidad identitaria es su craso error. La comprensión y la buena vecindad con respetuosa asunción de las diferencias, pueden dar, sin imposición política, una confluencia de intereses comunitarios. Algo que no quieren entender cegados por el unitarismo, obsesionados con el centralismo, y su afán autonomista.

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