Unos cuantos amigos
INVESTIGAR las privatizaciones no es difícil: lo realmente difícil es descubrir cómo y por qué se hicieron. El PSOE sospecha que la manera de vender la mayoría de las principales empresas públicas ha permitido que estén ahora en manos de «amigos del presidente del Gobierno», pero eso no es una sospecha sino un axioma, o sea, una verdad que no necesita comprobación. «Agotaré los instrumentos parlamentarios para aclararlo», ha dicho el líder socialista, José Luis RodríguezZapatero, al que aún no le ha dado tiempo a saber que esos instrumentos, en muchas ocasiones, sobre todo en las verdaderamente importantes, son pitos y flautas. Hay políticos tan honrados que se conforman con enriquecer a sus amigos. La verdad es que no iban a preocuparse por hacer multimillonarios a sus enemigos. No hay precedentes de esa actitud. Tampoco es que desdeñen a los pobres, que tienen la enorme ventaja de acceder con gran facilidad al reino de los cielos. No. No es que desprecien a los pobres. Lo que sucede es que, como tienen los pies en el suelo, gustan de vez en cuando meterse en el yate de un íntimo. Tener amigos con yate es mejor que tener yate: aunque no corra mucho, no se corre con los gastos. No se le puede reprochar a nadie que reparta favores entre el círculo vicioso de sus amistades. Hoy por ti, mañana por mí. O pasado mañana, en el caso de los políticos. La amistad verdadera, y no hay otra, no debe reparar en los defectos -«si mi amigo es tuerto lo miro de perfil»-, pero tampoco debe reparar en gastos. Todos desearíamos hacer millonarios en euros a nuestros amigos y no para echárselo en cara, sino para que ellos no lo echaran en saco roto. No hay más que un grupo de amigos. «Lo demás es selva», escribió Jorge Guillén. Y en la manigua política abundan los mambises con un machete en una mano y en la otra una chequera. Muchos exploradores harán falta, abriéndose camino entre la maleza y las ciénagas pantanosas, para seguir el rastro de las privatizaciones. Son asuntos privados.