Diario de León
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León

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HACE una docena de años, sólo los clientes jóvenes de las sofisticadas discotecas de las grandes ciudades españolas conocían qué era el llamado Halloween. También los cinéfilos con memoria y los asiduos a la literatura norteamericana contemporánea, pero esa fiesta estadounidense no era nada popular entre nosotros, como no es popular allí nuestra forma de celebrar la víspera de Todos los Santos. Comprendo que entre la severidad de nuestra celebración católica, imbuida del sentimiento de culpabilidad judeocristiano, y el desparpajo de una fiesta nada triste, los jóvenes se hayan inclinado por lo frívolo. Recuerdo todavía con pavor aquellas lamparillas que se quedaban encendidas durante toda la noche y que casi me provocan una enfermedad renal, porque esa noche no me atrevía a salir al cuarto de baño, no fuera a encontrarme con un alma en pena, o con algún desgarrador testimonio del purgatorio. Pero entre aquella exageración y la exageración de celebrar Halloween como si se tratara de algo ancestral entre nuestras costumbres, no me atrevería a decir cuál es mayor. Me extraña el entusiasmo con que los «bárbaros», con una civilización mucho más antigua, acogemos y hacemos propias liturgias que hasta hace muy poco nos eran desconocidas. A mí no me quita el sueño mientras no sea obligatorio, y cada uno es libre de optar por el jamón serrano o por la hamburguesa de anónima procedencia, pero hoy he entrado en un mercado y he visto calabazas a la venta en los puestos de frutas y verduras, tal que si estuviera en un mercado de Houston, de Kansas o de Chicago.

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