Diario de León
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AYOR Oreja ha expuesto en Trujillo su idea de España ante los cargos provinciales del PP, reunidos en la ciudad cacereña para tomar aliento preelectoral. Faltan aún seis meses hasta el 25 de mayo, pero la campaña ya está en marcha, y esa anticipación tal vez desmesurada va a producir confusiones conceptuales o, más bien, ha empezado a producirlas, lo que no es bueno para la salud política de la sociedad. El PSOE ha sido históricamente jacobino, con su radicalismo democrático y su sentido del Estado fuerte, y la imagen que presenta Mayor Oreja de un socialismo territorialmente contradictorio y dispuesto a cambiar «los marcos que hoy regulan la convivencia de los españoles» no está siendo socialmente percibida. Es indudable que en Baleares o en Aragón, como viene a denunciar Mayor Oreja, el PSOE se ha plegado al terreno asociándose para gobernar con los nacionalismos locales, pero esa estrategia política no supone necesariamente una reconversión ideológica, como la idea de no romper amarras con el PNV en el País Vasco sería ilícito o inexacto interpretarla como una aceptación de los máximos soberanistas. Ante las incógnitas del 25 de mayo, el PP y CiU, cada uno a su estilo, estarían haciéndose señales de su mutua predisposición al entendimiento poselectoral, para cerrarle si fuera posible la Generalitat a Maragall y, en el 2004, formar en Madrid un Gobierno de coalición, de lo que Artur Mas se ha declarado partidario. Ocurre, sin embargo, que las aspiraciones soberanistas de Mas superan notablemente a las del nacionalismo balear o aragonés, y se acercan a las confesadas por el PNV en el plan Ibarretxe, sin que a nadie se le ocurra criticar al PP por relacionarse o aliarse con una coalición nacionalista que defiende la cosoberanía para Cataluña. En asuntos de Estado convendría que los adversarios políticos no se disparasen conjeturas, sobre todo cuando, frente al independentismo violento, el PP y el PSOE han firmado un pacto antiterrorista que no deja resquicios para cambios en el marco jurídico y político. Sería bueno que, ante las estrategias centrífugas de los nacionalismos periféricos y de las centrípetas del nacionalismo llamado españolista, se recupere la nobilísima idea de patria, sin viejos resabios patrioteros, y nos orgulleciéramos todos de nuestra diversidad, en un ejercicio de respeto a nuestro propio pluralismo. Para ello el concepto de España no debe manipularse por los adversarios políticos, ni para instalar en el inmovilismo al PP ni para atribuir al PSOE la voluntad de cambios estatutarios o constitucionales que son posibles y tal vez algún día resulten aconsejables.

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