Diario de León
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EL sistema político norteamericano, de marcado carácter presidencialista, ha descansado, históricamente, en un cierto control del presidente con el reparto de las mayorías en la Cámara de Representantes y en el Senado. Por primera vez en mucho tiempo, uno de los dos grandes partidos va a tener la mayoría absoluta amparada en el control de las dos cámaras representativas. Para los historiadores y los politólogos quedará el estudio sobre la progresión de George W. Bush desde su precaria y polémica elección presidencial a llegar a constituirse en uno de los presidentes de la historia norteamericana que más poder absoluto ha concentrado en sus manos. Probablemente ha sido el miedo quien le ha dado esa condensación de poder. Desde el 11 de septiembre del año 2.001, los norteamericanos han cambiado mucho en su percepción de la seguridad y de los valores de la democracia. Unos ciudadanos que estaban acostumbrados a escuchar el ruido de las explosiones en las pantallas de televisión y a miles de kilómetros de distancia, de repente comprobaron que el peligro estaba en su propia casa. La respuesta desde el pánico ha sido la incondicionalidad en el apoyo a uno de los presidentes más conservadores de la historia del país. Ahora, George W. Bush tiene las manos libres para desarrollar una política en la que la potenciación de los valores más conservadores en la vida interna norteamericana irá acompañada de la unilateralidad como doctrina de control de todo el planeta. Bush tiene dos años de mandato para arrollar a Irak, controlar el petróleo de Oriente Medio y gestionar la lucha contra el terrorismo como un factor que respalde todas sus ambiciones en la política exterior. A los europeos, con una unidad política precaria y una crisis de liderazgo evidente, sólo nos queda rezar para que los planes del presidente norteamericano no desarrollen un proceso de creciente fanatismo y radicalidad en el mundo islámico.

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