Diario de León
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SI en verdad existen temas de los denominados políticamente incorrectos, todo lo relacionado con el fenómeno de la prostitución es sin duda alguna uno de ellos, junto a la posible legalización de las drogas. Escribir o disertar sobre los mismos no suele ser habitual en los foros públicos y medios de comunicación. Somos pocos los que lo hacemos, llevados en algunos casos por la profesión, el estudio, la literatura, la docencia o el interés social. Se trata, en consecuencia, de un problema prácticamente solapado al que nadie le presta la atención debida, excepto las víctimas, los expertos o, como queda dicho, los estudiosos. Al igual que el viejo dilema del huevo y la gallina no están nada claros los precedentes del meretricio: ¿subsiste la prostitución porque hay demanda que empuja al ejercicio «carnal» previo pago o es la abundante oferta la que prima e incita? Un hecho resulta incontrovertible, desde los primitivos albores del mundo ha existido y seguirá existiendo el sexo por simple y lucrativo interés crematístico. Para descargar de su aspecto peyorativo la denominación tradicional de prostituta o chapero se está empezando a utilizar el término/eufemismo de «trabajadores sexuales». Sin embargo, debemos preguntarnos si esto significa que la sociedad da por buena semejante práctica desde el punto de vista come especulativo. La prostitución siempre ha sido una triste opción para mujeres de sectores desfavorecidos, fundamentalmente, aunque hay que tener en cuenta algunas excepciones de ambiciones desmedidas que suelen confirmar la regla. La necesidad, la desdicha, la violencia, la ignorancia, el desarraigo familiar y en especial la marginalidad y las drogas son, entre otras, la puerta de ingreso al llamado «oficio más viejo del mundo». Las estadísticas nos hablan con absoluta claridad de que el sórdido mundo de las drogodependencias es uno de los factores clave que determina en numerosas ocasiones la caída en el pozo oscuro del ejercicio de la prostitución, con el fin de costear la funesta dosis diaria. No hay que echar tampoco en saco roto la prostitución masculina, aunque es mucho más reciente y minoritaria. No obstante, su presencia se ha tornado cada vez más importante por la tolerancia social en este sentido. Florece asimismo una prostitución masculina heterosexual, aún en ciernes, cuya oferta se puede observar en las páginas de anuncios de la prensa diaria, incluida aquella de tendencia más conservadora y confesional a la que, paradójicamente, recurren algunas mujeres como clientas o usuarias. El negocio del sexo ilegal mueve en España miles de millones de euros al año, que pasan sin tributar por las manos de personas o grupos de catadura personal y ética más que dudosa en la mayoría de los casos. El caldo de cultivo es ideal para toda clase de manejos turbios y mafias, incluida la compra de voluntades poco consistentes. La ausencia de regulación desemboca en el oscurantismo y la explotación de las personas que voluntariamente -las menos- o aquellas otras que arrastradas por la adversidad -las más- termina comerciando con lo único que poseen: su cuerpo... con fecha de caducidad. Para avanzar en estos esbozos aproximativos se hace a todas luces necesario contemplar las diferentes ramificaciones de la prostitución ilegal, desde su vertiente cotidiana; esto es: los graves problemas sanitarios que crea, la bolsa de inseguridad ciudadana y marginalidad que se genera en torno a la misma, la economía sumergida que arrastra, el rancio proxenetismo congénito y lo que es aún peor, el tráfico de mujeres o «trata de blancas» y la posterior semiesclavitud a la que se ven abocadas/os al carecer de derechos por ejercer una actividad no reconocida. Evidentemente no se trata de enjuiciar ahora los aspectos conductuales, éticos o morales del asunto; para eso ya se cuenta con un amplio catálogo de versados peritos en las ciencias filosóficas y del alma. Los planteamientos que se pretenden esgrimir aquí son de otra naturaleza. Se trata de formularnos algunos interrogantes más tangibles y cercanos al prosaico mundo en el que bregamos a diario. ¿Debemos proscribir de nuevo la prostitución? ¿Es necesario seguir tolerándola subrepticiamente con los inconvenientes actuales o, por el contrario, habría que regularizarla con todas las consecuencias que supone admitir definitivamente su existencia, partiendo del galimatías jurídico de que se encuentra despenalizada pero alegar por completo. Es necesario, por tanto, prescindir de los arquetipos fariseos por los que una parte de la ciudadanía se conduce actualmente. Hay que dotar cuanto antes de la necesidad dignidad que como seres humanos merecen esa legión de personas que nos están contemplando angustiados desde el ostracismo y la exclusión social a la que se ven precipitados por falta de una legislación acorde a los tiempos y circunstancias. Hace años ya escribí a modo de prólogo en uno de mis primeros libros, que todas las ocupaciones y actividades son buenas cuando uno es dueño de ellas, pero todas, sin excepción, son inmensamente malas cuando nos esclavizan. Dicho queda para quien quiera prestarle oídos.

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