VUELTA DE TUERCA
Debate en el aula
Los docentes públicos están movilizados. Los más de 5.000 profesores de la provincia están citados a las urnas el 2 de diciembre para elegir a sus representantes sindicales. No es una consulta más. El debate sobre la Ley de Calidad está ahí mismo calentando el ambiente y, sobrevolándolo todo, el debate esencial: el de la necesidad de que la enseñanza pública recobre su pulso y refuerce su bien ganado prestigio. No frente a nadie, sino por el bien de la sociedad. No con privilegios, sino con la fuerza que otorga la justicia de las cosas. Alguien lo ha dicho con mucha claridad: «Dar clase tiene que volver a ser algo importante». Ahí está la clave. Lo que nos jugamos es el futuro. NO los había contado porque hace falta tener mucho tiempo para eso, pero acabo de enterarme de que en España se ha duplicado el número de programas del corazón durante el último lustro. Ya son diecisiete, como las autonomías, y las cadenas nacionales dedican más de treinta horas por semana al género. Es curioso que la subasta de la intimidad tenga tantos partidarios porque los protagonistas son casi siempre los mismos. Tontos terminales, «evidentes mucamas», desenvueltos macarras, primarios maromos... También es imprescindible para conseguir lo que Salvador Paniker llama la cretinización colectiva algún avezado calumniador y alguna dama ofidia, del tipo serpiente putón, y no digamos algún homosexual simpatiquísimo, al que sólo perjudica que quiere serlo ininterrumpidamente. La temática que abordan los invitados también suele ser la misma: bodas, divorcios, líos de faldas o de braguetas y natalicios de improbable certificación. ¿Cómo no entender que muchos y muchas compatriotas lo pasen en grande con esas pequeñeces? Desde el cuarto de estar pueden darle tres cuartos al pregonero y disfrutar con el gratuito y ameno desfile de aristócratas apócrifos, atletas del catre y señoras que sólo cuando mueran lograrán yacer con las piernas juntas. Se trata de contar y cobrar, pero quizá no debieran quitarse la palabra de la boca unos a otros sin estar provistos de papel higiénico. Acaso también fuera deseable que no se cruzaran entre ellos graves insultos, aunque quizá sea demasiado pedir un reglamento como el de aquellos «Amigos del País», que prohibía la jactancia y reprobaba interrumpir al que estuviese perorando. En estos programas vale todo. Hay quien no se pierde ninguno de los diecisiete y así consiguen estar al día de todo lo que no tiene la menor importancia. ¿Qué queríamos, que discutieran sobre si hizo bien o hizo mal Schopenhauer poniendo su clase a la misma hora que la de Hegol? Cada cual se divierte como puede.