Diario de León
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OS alumnos de la Academia Básica del Aire, con sede en La Virgen del Camino, van a recordar sin duda la jornada del 10 de diciembre, Nuestra Señora de Loreto, patrona del Ejército del Aire. Poco después de jurar lealtad a la Bandera, y sin tiempo apenas para celebrar la jornada con sus amigos y familiares, cogerán el petate y pondrán rumbo a Galicia. Este contingente representa la mayor contribución del Ejército del Aire en el intento de paliar la monumental catástrofe del «Prestige». Se sumarán estos jóvenes soldados al resto de tropas que se están destacando estos días en los puntos más conflictivos del litoral y que van a ocupar el puesto de los miles de voluntarios que han sido la auténtica avanzadilla, la abnegada carne de cañón que ha permitido paliar, siquiera en parte, esta auténtica pesadilla. Ni ellos, ni los militares estaban preparados para un trabajo de este tipo ¿quién puede estarlo? pero justamente es el carácter de reto que tiene esta labor el que le confiere un especial valor; el de una desprendida solidaridad. De todo en la vida, hasta de lo que parece más negativo, pueden extraerse lecciones positivas y de esta «guerra del norte» también pueden obtenerse. Una de las más ilustrativas es la de constatar una vez más que hay muchas más cosas que unen a los españoles que cosas que les separan. Por más que en los últimos años el deporte nacional sea marcar distancias donde no las hay y buscar abnegadamente presuntas diferencias para autoafirmarse hasta extremos que en ocasiones son sencillamente ridículos. Ojalá llegue hasta las escuelas el mejor mensaje de esta marea de solidaridad que nos habla de que, por encima de todos los nacionalismos estrechos, está la idea de cooperar por un mundo mejor. Siempre lo han estado, pero Galicia, como Asturias, como Cantabria, como el País Vasco, están hoy más cerca del corazón de todos y nadie tiene el derecho de impedir que sintamos como algo propio y que nos toca muy dentro lo que allí está ocurriendo. La zozobra de todas esas familias cuyo futuro está más que nebuloso es nuestra zozobra y nos duelen por igual las heridas que sufren paisajes de los que hemos disfrutado, y queremos seguir disfrutando, como algo cercano y nuestro. Contemplando esa tropa voluntaria uno recuerda eso que se dice en el Cantar de Mio Cid: «¡Oh Dios qué buen vasallo si tuviera buen señor!». Ojalá esta abrumadora catátrofe ilumine el juicio de nuestros señores (incluidos monarcas de taifas) y no se eche en saco roto ni la generosidad, ni las lecciones positivas que de ella se desprenden.

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