Publicado por
Pedro Bahíllo
León

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Conozco con seguridad cuando te vas a encontrar con la muerte. Tú también lo sabes pero has preferido negarla.

A todos nos gustaría disfrutar de un buen acompañamiento en ese último proceso vital y, sin embargo, solemos actuar con torpeza. No es fácil. Incluso algunos médicos dañan a la persona que quiere vivir sus últimos días. Cometen errores tal vez sin darse cuenta, tal vez por encontrarse quemados, tal vez por un miedo no reconocido a ponerse en su lugar, el del moribundo. Que no te impresione la actitud fría de alguno, esa expresión de «esto yo lo vivo todos los días», no olvides que toda persona que sobreactúa trata de ocultar-se su propia inseguridad. Tampoco creas que saben más que tú sobre la vida, porque la vida no puede resumirse en una ciencia médica: la vida son anhelos, deseos, amor, desapego… trascendencia. No se lo tengas en cuenta y piensa que tú también te equivocarás con la mejor de las intenciones. Ellos están obligados a informar al paciente de su enfermedad: no se la pueden esconder ni darles esperanzas infundadas. Lo que no evita un esfuerzo empático, un ponerse en el lugar de quien va a perderlo todo y no únicamente sus constantes vitales, porque la verdad sobre su enfermedad se puede decir provocando el mayor de los daños o administrando el más divino de los paliativos.

Zeus castigó a los hombres por el robo del fuego. Logró, mediante engaño, que se abriese la caja de Pandora. De su interior surgieron todos los males y, al cerrarla, solo uno quedó dentro de la misma. De este modo, logró un mal que nos lleva a no aceptar el resto de los males, nuestra condición no divina: la esperanza. No obstante, en la época antigua nunca tuvo una connotación mala (ni mucho menos buena, como actualmente) sino ambigua. Desde mi punto de vista, y en lo referido al tema que trato, tiene el carácter de un paliativo, un paliativo divino que nos permite manejar el dolor de pérdidas muy dolorosas —como cuando la parca se nos anuncia—, pero que mal administrado deja ver su carácter maléfico: caemos en las garras de estafadores, prolongamos sufrimientos innecesarios o sencillamente no llegamos a aceptarlas para sobreponernos al dolor.

Cuando tratamos de acompañar a un moribundo, este se encontrará en alguna de las fases descritas por la psiquiatra Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión o aceptación. Es posible, como le escuche una vez a una enfermera, que estos «juren en arameo»; ten paciencia con el estado de ira, porque ellos lo van a perder todo y esa rabia explotará sin medir daños. Tal vez, el paciente se encuentra negociando con algún ser superior, probablemente con Dios, pidiéndole que le dé un tiempo más a cambio de quién sabe o para solucionar tal cosa, acompáñalo —no es necesario que digas nada—, no cuestiones sus creencias. O puede que lo veas abatido en una honda tristeza. Si te es posible, permítele expresar sus miedos o expulsar sus culpas; háblale con toda la naturalidad que puedas y no temas equivocarte: supongo que hay tantas maneras de pasar el duelo de la propia muerte como personas y muy pocos están inicialmente preparados para acompañar o pasar por este proceso.

Es posible que quien va a fallecer luche por ver cumplido algún deseo o resolver algún problema; volver a ver a una hija, saber que quien lo necesita no se quedará solo o reparar una relación rota y abrazar de nuevo a un hermano. Pueden verter un río de palabras, atropellarse en una verborrea incontrolada para explicarse o solicitar un perdón, querer sentirse comprendidos antes de morir pese a sus equivocaciones… y puede que, como seres queridos, eso nos cueste si aún conservamos heridas no cicatrizadas. Aprovechadlo si podéis como una lección de vida, de elocuente y sincera humanidad, porque os pueden estar brindando una de las mejores terapias. No olvides nunca que se odia con más intensidad que se ama y que unos instantes de odio pueden ocultar toda una vida de amorosa entrega. Kübler-Ross constató, en sus múltiples casos, como personas muy enfermas que llevaban tiempo en una lucha estéril y cargada de sufrimiento, lograban por fin «descansar» a las pocas horas de solucionar sus asuntos pendientes.

Quizá un día tu ser querido apenas se dirija a ti; no quiere mirarte ni hablarte ni tan siquiera escuchar. Acompáñalo y, si lo crees conveniente, cógele la mano, porque es posible que esté entre dos mundos. La muerte no es un estado luminoso y puede resultar descorazonadora, pero si ha logrado aceptarla querrá desapegarse de los que más quiere para poder partir de un modo tranquilo.

La esperanza, como decía, se encuentra encerrada en la caja de Pandora y la perseguimos queriendo asemejarnos a los dioses. La esperanza no nos permite aceptar completamente nuestra condición humana, mortal, trágica, pero ese olvido de lo que somos, ese olvido con el que nos condena la divinidad, es al mismo tiempo el más poderoso de los paliativos. La esperanza debe manejarla el propio enfermo; aparece en todas las fases —más bien estados que no tienen por qué seguir un patrón— y se agarrará a ella, momentáneamente, en la forma de un posible error médico, un avance científico, un milagro o quién sabe. Tampoco hay que olvidar que muchas personas se apoyan en la fe o, lo que es lo mismo, la esperanza en la inmortalidad. Que el moribundo la maneje según su carácter, sin ofrecérsela de un modo paternalista ni arrancársela cuando no tiene otra cosa a su alcance para soportar el dolor.

La esperanza es muy amplia y debe ayudar a paliar —no agravar o prolongar innecesariamente— todos los dolores: el dolor físico, psíquico, social y espiritual. Es necesario no perder de vista todas estas dimensiones que conforman nuestra vida, sino queremos que, al pretender atenuar un tipo de dolor, provoquemos otro dolor innecesario. Tampoco olvidemos que el acompañamiento de los seres queridos no puede suplirlo ningún profesional de la salud o del cuidado.

Transmitirle la tranquilidad necesaria dependerá del grado de aceptación de tu propio final. Hoy que la esperanza —mera esperanza— de vida ha subido tanto, hoy que los cementerios están tan lejos de las casas, hoy que se vela al ser querido de un modo que se pretende tan rápido como mecánico, en tanatorios ubicados en polígonos industriales, como algo que hay que pasar y olvidar lo antes posible… ¡resulta tan complicado asumir la muerte como parte de la vida!

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Te dije conocer con seguridad cuando vas a encontrarte con la muerte: te la encontrarás en un ahora concreto y no en esa forma de negación que es posponerla a un mañana abstracto. Si me comprendes, afirmarás la vida y la vivirás conscientemente, sin desperdiciarla con la esperanza de que la muerte será pero será en un futuro distante.