Publicado por
Arturo Suárez-Bárcena
León

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La pongo en lo que merece./ Si otra duda se os ofrece,/ decid./ Se vende y se rifa. (Espronceda).

Así como Don Félix de Montemar no dudó en apostar a los naipes, falto de escrúpulos, el retrato de la señorita Pastrana, recién fallecida por desamores con el propio Don Félix, el presidente en funciones no duda tampoco en vender y rifar a esta apática España a bajo precio o precio vil a las hienas politiqueras que le rondan, ya que no se puede considerar de otro modo el trato que perfeccionan, y así como Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas el señor Sánchez vende España por una legislatura o un fragmento de legislatura más sin remordimiento alguno.

Con todo esto, vemos el país en venta, saldado en sus estructuras y principios, lo que pudiera no ser sino el inicio de la descomposición o desmembración del Estado tal y como lo conocemos, puesto que con más tibieza inició Hugo Chávez su cabalgadura y podemos ver los datos y cifras de Venezuela para sopesar a dónde llevaron sus felonías al mismo pueblo que lo aupó al poder. De los paralelismos entre Hugo y Pedro podríamos darle a la tecla largo y tendido, pero lo dejaremos para la cuando próximamente veamos en riguroso directo la consumación caída de la división de poderes, de las que quizá solo nos salve nuestra pertenencia a la UE, y es que aquí acabarán corrompiendo al mismo Monstesquieu e incluso diciéndonos que eso también fue en pro de la convivencia.

En fin, le decían a uno hace estos días que es el momento de fabricarse una isla personal y quedarse ajeno y al margen de la evolución de los acontecimientos, en claro signo de resignación y derrota, sin reparar en que tal actitud sería muy similar a los que se encerraron en sus camarotes la noche del Titanic , y es que si el barco se hunde, nos vamos todos a pique con él, y además no tendremos orquesta de fondo en este fracaso colectivo.

Pero a este público manso en el que han convertido a la sociedad española a fuerza de subvenciones, ayudas, miedos y no contributivas, le echan un saco de cualquier leit motiv por superfluo que sea y lo mastica con la docilidad de las vacas que contemplan el lento rodar del tren, ora bostezando ora deglutiendo, acunada en el sopor de una democracia en decadencia. De este modo gobiernan los que se llaman a sí mismo progres, término antiguo pero redefinido en el presente inmediato, y es que un progre de hoy en día guarda poca relación con un progre de toda la vida; progre fue Felipe González, Alfonsito Guerra, Corcuera, Nicolás Redondo y otros tantos que, como vemos, no están hechos del mismo material, pues si bien de aquellos se pudiera diferir en la ideología para conseguir una mejor España, se coincidía con ellos en que se quería una España mejor, cuestión que a los nuevos progres les da de lado. Al nuevo progre le interesa ser presidente, a cualquier costa y precio, admirando siempre a Maquiavelo, sin ser príncipe ni haberlo, probablemente, leído. Y los viejos progres han muerto, intelectualmente hablando, sacrificados por la nueva generación que ya no los reconoce ni los quiere, molestos cuando asoman el dedo para apelar al sentido de Estado y la cordura.

Así, decíamos, que nos topamos con lo que se llama un gobierno progresista, que suena bien, pero afinando poco resulta que ese gobierno que llaman progresista lo conforman los muchachos del PNV, un partido tradicionalmente católico y de derechas, Dios y Ley Vieja, ya se ve que por esencia muy progres; el tipo este, un tal Otegui, que en un ataque de nostalgia pudiera meter a Feijoo o a cualquier otro ciudadano de la oposición en un maletero, zulo o similar construcción; y también se suman los progres de Junts, herederos apócrifos de aquella extinta CIU, partido conservador y nacionalista de la Comunidad de Cataluña, cuyo único programa conocido ahora es la amnistía y la independencia, que debe ser un postulado muy progre, como lo debe ser también el de Junqueras, centrado en más de lo mismo y la condonación de la deuda de Cataluña a costa inevitablemente del resto de Comunidades. En fin, que como vemos esto de formar un gobierno progresista pudiera no ser muy acertado y resulta que llaman progresista al compendio o contubernio necesario para que un tipo forme gobierno a cualquier precio, llevándonos con ello a la dictadura de las minorías, ante las que nos doblegamos el noventa y cuatro por ciento de los españoles. Si Ortega viviese, debiera reeditar La rebelión de las masas, darle un pulido, para relanzarlo a toda actualidad como la Sumisión de las masas, título más apropiado para estos tiempos.

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Todavía, tildado de Quijote y traidor, sin pasar por la purga sanchista, de la cual solo se salvará mientras conserve la mayoría absoluta, el solitario Page defiende la unidad de España, la Constitución, esas naderías, dentro de su propio partido, cuando debiera darse cuenta que su partido ya no existe tal y como él lo conoció y que es el momento de colgar la chaqueta de pana o pasarse a la oposición.