Coplas de vida
Mencioné aquí las coplas populares, naturalmente anónimas, que se cantaban en Cabrera, relacionadas con el pastoreo. Ahora quiero recordar otras ya no anónimas, sino fruto de un autor, no importa que su difusión estuviera más localizada en determinados pueblos. Destacaré en primer lugar una muy larga, veinte estrofas de diez versos, protagonizada por Santos Álvarez Villarpriego, nativo de Castrohinojo, pero radicado en Pombriego, donde se casó. Era carpintero y también tamboritero, y en esa doble condición recorría los pueblos de la Cabrera Baja; su carácter bienhumorado le atrajo la simpatía general.
Esos nada menos que doscientos versos narran su historia contada por él mismo, y que empieza con la noticia de que, tras casarse, emigró a Buenos Aires, donde permaneció cuatro años, «pasando calamidades», según precisa. Finalmente decidió volver, porque lo que él quería era tocar su tamboril por los pueblos. La narración de sus correrías como músico incluye detalles característicos de esos pueblos, introducidos en la copla como picotazos sonrientes. Pondré un ejemplo, previo un pequeño rodeo que juzgo interesante a fuer de inesperado, curioso y sorprendente. En 1975 publicó Cela su escrito Dictados tópicos leoneses (La Cabrera, Babia y Laciana); de Cabrera incluía estos sobre Yebra: «Un poquito más arriba está Yebra, con perdón»; «los ricos, llaratos son; los pobres dicen riñegro». Por casualidad en Pombriego lo dicen de esta forma: »Los de Yebra, con perdón/ todos llaratos son», y aparece con leves variantes en una estrofa de la copla de Santos: «Cuando marcho de Pombriego,/ voy a Yebra, con perdón:/ los pobres llaratos son/ y todos dicen riñegro». En 1975 la copla de Santos, que había muerto en 1946, ya era vieja en Cabrera. Si ella fue la fuente de D. Camilo, nos quedamos con las ganas de saber cómo pudo llegar a él. Podía incluso burlarse de sí mismo, como cuando dice que volvió de Buenos Aires adornado de un gran bigote; ahora bien, ese mismo tamaño del que se sentía tan orgulloso tenía la desventaja de que le impedía soplar la flauta en condiciones. La solución fue cortarlo por la mitad, de modo que eliminó la parte izquierda sobre el labio bajo el que ponía la boquilla de la flauta. La gente lo celebraba con gran jolgorio, como las mujeres de Marrubio, que decían: «Miraye bien pa la boca:/ pe que solo ri dun llao» (parece que solo ríe de un lado).
Pero lo que sorprende en ella es su perfección formal, compuesta, como dije, en décimas, bien medidas y rimadas, con alguna pequeña licencia en las rimas, todo un alarde de virtuosismo, no asociable a un pueblo. Lo cierto es sin embargo que la copla difundida por Santos la compuso una mujer de Pombriego, llamada Isolina Fernández Blanco, que hemos de suponer necesariamente avalada con unos estudios suficientes para ser capaz de semejante sutileza estilística. Bastará para hacernos una idea con reproducir la segunda estrofa: «Castrohinojo, así se llama/ el pueblo donde nací,/ y por eso para mí/ nunca faltó plato y cama,/ ni tampoco una madama/ de las que gastan rodao,/ pues soy tan afortunao/ que me llaman el hermoso;/ ya dicen que soy chistoso,/ porque las miro de llao».
Mucho más notable y notorio se alza en mi recuerdo un personaje con aire de leyenda, como lo fue D. Leopoldo de Mata, bañezano y médico del ayuntamiento de Castrillo durante las décadas de los años 50 y 60 del pasado siglo. Vivió siempre en Nogar, donde aparte de ejercer su oficio, dio rienda suelta a su genio histriónico y poético. Y el motivo no se lo daban temas genéricos, sino las mismas personas con las que convivía, en particular quienes tenían papel más relevante, así los cantineros, comerciantes y sobre todo guardias civiles, objetos estos últimos preferentes de sus ironías. Él mismo incluso se tomaba a broma. Desdentado como estaba, tenía una dentadura postiza, pero solía llevarla en el bolsillo. Le dedicó esta copla parodiando la entonces muy famosa «Yo vendo unos ojos verdes»: «Yo vendo una dentadura,/ ¿quién me la quiere comprar?/ La vendo porque me manca/ en el cielo»l paladar». Durante los largos años de silencio tras la guerra civil no se privaba de expresar en voz alta y en su cátedra en la cantina de Belarmino Liñán en Nogar toda clase de bromas sobre la guardia civil y más aún sobre Manuel Girón, cuyo nombre se pronunciaba en voz baja incluso años después de su muerte. Así declamaba con gran énfasis para regocijo de sus oyentes un poco alarmados: «Ay, Manolito Girón,/ qué mala muerte llevaste:/ te mataron a traición,/ cuando menos lo pensaste». Contaba que en cierta ocasión la guardia civil le dio el alto una noche oscura, conminándolo con la pregunta ritual «¿Quién va?». Y esta fue su respuesta: «Soy Leopoldo de Mata, de La Bañeza y sin corbata». Dejó asimismo, ya hacia el fin de su estancia, esta copla expresiva de su viejo amor por Cabrera, teñida de nostalgia: «Eres, Cabrera la bella,/ lo más grande que hizo Dios;/ todo aquel que te conoce/ te lleva en el corazón».