Diario de León

TRIBUNA

Legendarias aventuras

Se lo comunicaron al obispo, que dictaminó que era la calavera de San Gil y dispuso la erección de una ermita para el culto en su recuerdo

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La pequeña iglesia de Encinedo en la Cabrera Baja surge ante nosotros como una navecilla con su esbelta torre en espadaña de ventanal geminado a modo de palo mayor, lista para surcar el Oteiro, promontorio así nominado que brota de la ladera y alarga su poderosa onda hasta el súbito desplome sobre el valle en cuyo fondo el río Cabrera rasga su cauce de orillas arboladas, siempre a la vista del gran Teleno, tutelar y magnífico en la lontananza del horizonte nororiental.

La iglesia está dedicada a San Mamet, variante local de los más habituales Mamés y Mamed. A su izquierda en el retablo que preside se halla la imagen de San Gil, preciosa talla de la que emana un atractivo a mis ojos singular. Viste una larga cogulla benedictina de color negro dispuesta en pliegues amplios, cuyo vuelo deja al aire apenas las puntas de los pies. Las mangas cuelgan hasta las rodillas y la capucha que le enmarca el rostro remata en su parte inferior con las dos solapas del cuello abierto que caen hacia el pecho, mientras que por arriba deja al descubierto media cabeza circuncidada por la tonsura y un muñón de pelo negro encima de la frente. La barba se simula con pintura negra. Una breve banda dorada recorre el vuelo de la cogulla, así como el extremo de mangas y capucha. Y falta aún el detalle que a mi parecer más lo precia. A su vera izquierda, bajo la mano que sostiene un libro, se recuesta un ciervo de pecho vigorosamente musculado con sus patas delanteras flexionadas bajo la cabezota y su cornamenta, en la que el cuerno derecho sube sobre el hábito y enmarca el libro. Ahora bien, esa cabeza no está en posición enhiesta, sino girada en leve torsión hacia la izquierda y hacia abajo, para una pose en son de guiño cómplice: «¿Acaso yo no pinto nada aquí?». San Antón, San Roque, por ejemplo, son representados con animales de figura convencional a sus pies; solo este ciervo llama la atención por su postura, su gesto, ese desmayo se diría que ensayado, tal es su gracia expresiva y sonriente. De San Gil cuenta la dorada leyenda que vivió como ermitaño en un bosque de Provenza. Una cierva se acercaba por la mañana para que él la ordeñara y aquella leche era su alimento. Un día el que llegó fue el rey Wamba en jornada de caza; la cierva lo vio y huyó a refugiarse junto al santo, de modo que la flecha disparada por el rey terminó clavada en la mano de San Gil. El rey afligido le ofreció riquezas sin cuento, pero él solo le pidió que edificase un monasterio. Él mismo fue su primer abad. Mi añorada maestra y amiga inolvidada, Olimpia Álvarez, me decía que en Encinedo consideran a San Gil patrono de los cazadores; a la vista de ese ciervo a sus pies parece razonable pensarlo así, por más que en Europa el titular del patronazgo sea San Huberto de Lieja (contemporáneo, por lo demás, de San Gil). Sea de esto lo que fuere, el árbol mágico que dio este brote, replicó su leyenda no lejos de Encinedo, en los alrededores del lago de La Baña, donde hay un paraje de pequeñas praderas tendidas en los pliegues del valle con sus arroyuelos. Denominado San Blas, bajo el hagiónimo late una leyenda y ella es que, según cuentan en La Baña, San Blas vivió allí, ermitaño en su ermita, solitario. Todas los días al amanecer salía a la presa tras la ermita a esperar la hogacita de pan y una manzana que venían por el agua y eran su alimento diario. Un día llegó San Gil, deseoso de acompañarlo en su aventura mística, si era aceptado. San Blas accedió, pero a la mañana siguiente la espera del pan y la manzana junto a la presa fue en vano, porque no llegaron. Ocurrió lo mismo los dos días posteriores, de modo que al tercero San Blas comprendió y así se lo dijo a San Gil: «Gil, hemos sido castigados; Dios no quiere que estemos juntos, he de marcharme». Pero San Gil replicó: «Tú llegaste primero, soy yo el que debe partir». Y así lo hizo, el espíritu pronto, la carne contristada: se había hecho tantas ilusiones. Se internó cada vez más lejos en aquel espacio de grandes montañas y profundos valles para detenerse al fin en un claro del bosque de viejos robles y esbeltos abedules plateados, ya en territorio de Galicia, donde hizo una ermita como vivienda y oratorio. Al amanecer iba una cierva y él la ordeñaba, y aquella leche fue su alimento. Y muchos años después de su muerte, unos pastores descubrieron una calavera humana en aquel claro. Jugaron con ella, la desplazaron, pero al día siguiente estaba donde la habían encontrado. Todos los días probaban a alejarla más, pero ella siempre volvía a su lugar. Cuando lo dijeron en el pueblo, los más viejos recordaron haber oído a sus mayores que antiguamente había vivido allí un santo ermitaño. Finalmente se lo comunicaron al obispo, que ordenó una última prueba, tras la cual dictaminó que en efecto era la calavera de San Gil y dispuso la erección de una ermita para el culto en su recuerdo, con su fiesta el 1 de septiembre. La imagen venerada incluye un ciervo a sus pies. Un día de un año a caballo entre el siglo XIX y XX recibió la visita de un obispo verdadero, D. Vicente Alonso Salgado, orensano de Verín, titular de la diócesis asturicense; una plaquita en un muro avisa de la noticia.

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