Diario de León

TRIBUNA

Allá en la vega de un verde valle

Vistas por Manuel Rabanal: cuando sale la luna «y en su lluvia de plata lavan los prados sus pañuelos verdes»

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Fernando López Combarros pisó por vez primera suelo cabreirés un 23 de diciembre de 1966, cuando contaba dieciséis años, si nacido en 1950 en La Bañeza. Ahora que la palabra fin ha aparecido en la pantalla de su vida, es tiempo de volver cinta atrás en busca de ese comienzo cabreirés bajo el título al frente de estas líneas, el mismo de una cantiga a San Bernardino, patrono de la ermita a él dedicada en la vega de Robledo de Losada, que Fernando compuso y llamó al modo del rey Alfonso X a las suyas en loor de Nuestra Señora. De modo que ese día llegó en la «línea», como se referían en Cabrera al autobús de la línea La Bañeza-La Baña, a ese lugar del «verde valle» que es Quintanilla de Losada. Pasó la noche alojado en la fonda de María, viuda de Lisardo Moro, alias Manotín, y muy temprano al día siguiente salió en compañía de un par de hombres, llegados también en el autobús. Ellos iban a Odollo y él a Castrillo, para pasar las navidades con su hermano sacerdote Juan José, allí destinado desde septiembre. Fue una andadura exigente por la montaña, vía Robledo hasta Marrubio, donde se separó de los de Odollo para emprender ya él solo la ascensión hasta Castrillo.

Nunca olvidaría la profunda impresión que le causó aquella caminata, convertida en una suerte de bautismo campestre y montaraz, que lo marcó para siempre desde el momento en que la luz del amanecer pintó para sus ojos fascinados el escenario fabuloso de un paisaje erizado de líneas en desorden, trazando las altas cumbres y los profundos pliegues de los valles en laderas de vértigo. Fueron apareciendo los caseríos a lo lejos de varios pueblos. Pronto oiría sus nombres, estos cuatro en particular: Noceda, Saceda, Castrillo, Marrubio, señalados en la ya tópica coplilla como «los cuatro lugares que Cristo no anduvo», todo un emblema de olvido y lejanía. Un par de años después de esta visita decisiva, entró en la Compañía de Jesús, vulgo jesuitas. Recibida la ordenación en julio de 1978, su destino inmediato fue Cabrera (¿acaso podía ser otro?). Llegó en septiembre con otro jesuita para instalarse en Quintanilla de Losada, desde donde irradiaron su actividad en todo el entorno municipal de Encinedo y Castrillo. La estancia duró seis años, durante los cuales, al margen de la labor puramente pastoral de su misión religiosa, alentaron proyectos como la creación de un centro cultural en Quintanilla (a cuya inauguración en mayo de 1979 asistió, invitado por Fernando, Justino Azcárate, tornado no hacía tanto de su exilio americano), así como la edición de una revista nominada con un término de tan hondas resonancias en la tradición cabreiresa como

Serano. Tenía estudios musicales de composición y ello le permitió componer sendos ramos a Santo Tirso de Robledo y la Virgen de Biforcos de Ambasaguas, un himno a la Virgen del Valle, un precioso villancico con letra de Jesús Domínguez, un muchacho de Quintanilla. Al tiempo recopiló canciones y coplas tradicionales de todo tipo hasta completar un minucioso archivo, que donó al Instituto de Estudios Cabreireses. Como músico, su última composición de pocos meses antes de morir fue la cantiga a San Bernardino, cuyo título encabeza, como dije, estas líneas. En 1984 se fue de Cabrera rumbo a otro destinos, pero después nunca faltó a su cita anual con el mes de agosto en Corporales, para poner al día recuerdos y amistades, renovar antiguas vivencias y ampliar el acervo de canciones, visiones y audiciones. Y todo ello permite concluir que apenas podrá encontrarse otro como él, que, sin ser cabreirés de nacimiento, se atreva a reclamar una vinculación con Cabrera tan sin fisuras, estrecha, profunda y mantenida. A su muerte, ocurrida en Alcalá de Henares el 30 de enero pasado, recordé lo que escribió Cristóbal Serra, pidiendo a sus amigos llorar «lo menos posible por un hombre que, cansado de sus límites, escapó hacia lejanos confines». Cualquiera de los de Fernando convendrá en que esas palabras pudiera perfectamente haberlas dicho él, pero con un toque del humor irónico tan suyo: «dejaos de llorar y esas bobadas». Tristeza, no voy a decir lágrimas, al margen, lo que a mí me place ahora es simplemente soñar esos confines de Fernando con las trazas y contornos de ciertos rincones de la Cabrera que él amó; así, por ejemplo, el «dorado faisán del otoño», de Cunqueiro, posado en la ladera frente a Ambasaguas, profusamente vegetada de robles, cerezos silvestres, gavanzos y retamas, por donde iba el camino antiguo del Carbajal a la Cabrera Alta; el tramo de valle suavemente ondulado entre Encinedo y Quintanilla, envuelto en la luz vaporosa y aterciopelada de una mañana de primavera, y en la plenitud del verano, praderas y labranzas centenales ardiendo en luz de miel o caramelo; el boscaje verde del lago de La Baña con las hojitas de los esbeltos abedules flameando al paso de la brisa en un susurro adormeciente y soñador, y corrientes que fluyen por doquier rumorosas; o en fin las praderas de Entraño (el

Intranio donde en otro tiempo fundó un pequeño cenobio Suleimán el mozárabe), vistas con los ojos de Manuel Rabanal, ilustre helenista leonés, parafraseando una oda de Safo: cuando sale la luna «y en su lluvia de plata lavan los prados sus pañuelos verdes». Qué mejor que soñar; después de todo; en fin.

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