Diario de León

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«Papá, ¿por qué somos del Atleti?», le pregunta un niño a su padre mientras caminan rumiando la última derrota rojiblanca. «Por amor hijo, por amor», le contesta recordando su visita al antiguo campo del Metropolitano muy cercano a la actual plaza de Cuatro Caminos en Madrid.

A continuación, el niño mira asombrado a su padre por la respuesta y fija la mirada como demandando el sentido de ese objeto de amor. Es un instante de emoción inefable que atraviesa a ambos, mientras la figura parental rememora la familia perdida y el amor a las insignias paternas.

Es cierto que gran parte de las elecciones, las más genuinas, se gestan en la infancia y vienen determinadas por el juego edípico. Es allí, en ese periodo en el que el «infans» se confronta con los problemas y respuestas esenciales de la existencia, cuando muchas de sus apetencias y anhelos, se dejan orientar por el magno juego de las identificaciones, hasta parecer como propio lo que no ha sido más que el deseo del otro.

Ahora bien, no es lo mismo la identificación a los emblemas «victoriosos» del Real que la identificación a las insignias de «fracaso» del Atleti. Aspectos que, sin duda, marcarán un carácter particular en cada uno.

En este sentido, no tengo ninguna duda de que el Real es el equipo del «triunfalismo», precipitando en el «madridismo» un tipo de hinchada que se ve muy agraciada por las alegrías, las noches mágicas o los triunfos repetidos a lo largo de su historia, según me han constatado muchos de sus seguidores. Todo lo contrario del conjunto colchonero, que suele revivir con cada derrota crucial, el poso enquistado de una tristeza romántica o el título perdido bajo el epígrafe de la mala fortuna.

Ahora bien, cabe la posibilidad de que la mala suerte o «el guion que se repite con la bestia negra madridista», en palabras de un locutor conocido, no sea más que el destino de todos aquellos que, en último extremo, se sienten finalmente abandonados por el suspiro caprichoso de los dioses. Por ejemplo, la conocida «mano de Dios» de Maradona, en aquel mundial de Argentina, o el «resbalón de Dios» de Julián, en el último partido de Champion en Madrid, no vendrían a ser, sino que la intervención divina en el destino humano, en su particular disfrute desde la morada olímpica ociosa. Unos, los madridistas, bajo el corolario del triunfo; otros, los atléticos, bajo el palio de la derrota frente a su eterno rival.

Pero si esto fuera así, entonces habría que tener mucho «carácter» para que un individuo se empeñara en continuar siendo del «Atleti», ¿no? Porque lo habitual, lo más predecible y humanamente comprensible para un niño, sería que se dejara llevar por el laurel del triunfo, la corona de los éxitos, las estrellas galácticas, o las copas en serie, que llenan las vitrinas del Real. Y, sin embargo, a veces no es así, porque puede más el amor que cualquier triunfo pasajero.

«Papá si el que gana es el triunfador, ¿entonces el que pierde es el perdedor?», le pregunta nuevamente el niño tirando de un hilo que busca «saber» a toda costa su lugar en el deseo. «No, hijo, el perdedor no es el que pierde sino el que no se levanta tras la derrota», le contesta el padre queriendo orientar la pregunta hacia la verdad que otorga cualquier fracaso.

Porque es un hecho. El triunfo, tan querido por los aspirantes a dioses, no enseña nada, puesto que se diluye en el tiempo como el azucarillo en el café. Sin embargo, el fracaso y la derrota nos muestran mucho mejor el verdadero destino de la condición humana y la auténtica respuesta, a modo de esfuerzo y sacrificio, como remedos para fracasar un poco mejor y continuar.

De ese modo, el niño vuelve a mirar a su padre, buscando en la mirada todo aquello que dé nombre a la figura de un mortal «heroico» en el seno del fracaso, mientras el padre se deja llevar por los recuerdos y sombras que infiltran su memoria, para concluir diciendo: «Mi padre, tu abuelo, era del Atleti; yo también, y tú si lo deseas, podrás seguir siéndolo siempre y cuando aceptes la lucha constante contra la adversidad; el levantarse tras la derrota; y el proseguir la tensión de la vida saboreando definitivamente el horizonte de una posible victoria con el esfuerzo diario. Ahora bien, ¡qué llegué o no, hijo, no está completamente de nuestra mano, aunque no importa, porque la fortuna es siempre una caprichosa dama al servicio del misterio de la existencia!».

En ese instante, el niño que ha escuchado detenidamente el mensaje, mira entonces hacia el cielo como queriendo apresar el misterio, mientras el padre permanece en silencio permitiendo que el hechizo de las palabras continúe un poco más.

Y así, tras pasar unos minutos sin pena ni gloria, se perfila en la mente del niño la estirpe de todos aquellos que han hecho de la derrota su particular victoria. Porque fueron ellos, los héroes, quienes siendo mortales ayudaron a los humanos a soportar las desdichas de un mundo caprichoso, vigilado supuestamente por los dioses, del que sabemos que, tanto el triunfo como el fracaso, no son más que trazos efímeros en la inmensidad de un mar del que siempre desconoceremos su funcionamiento real.

(Para mi hijo, José Luis).

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