La buena villa
En 1833 se llevó a cabo en España una reforma administrativa, que dividió el territorio en provincias y municipios. El responsable, ministro de Fomento entonces, el granadino Javier de Burgos, había sido seminarista en su primera juventud, época en la que recibió la entonces sólita formación en estudios greco-latinos, florecida años después en su traducción en verso de Horacio. He aquí la insólita noticia: un latinista reformador de la maquinaria administrativa estatal.
La reforma convirtió la vieja Gobernación de Cabrera, señorío del marquesado de Villafranca, en los cuatro municipios actuales. Dos mantienen las sedes originales, Truchas y Castrillo. No así los otros dos. La primera de Encinedo fue La Baña y se entiende que en la decisión hubo sin duda de pesar su población, en torno a los 1.000 habitantes, la mayor de todo el territorio cabreirés. En Benuza el pueblo elegido fue Sigüeya, tal vez por su importancia previa en la Gobernación, pues tenía juez y escribano, y quizá también por su emplazamiento privilegiado en una ladera amplia, soleada y apacible. Pero ambas cabeceras variaron, para pasar, veinte años después, de La Baña a Encinedo, y cincuenta de Sigüeya a Benuza, seguramente por razones de centralidad en los municipios respectivos, muy clara en Encinedo, no tanto en Benuza. En cuanto a Encinedo, podría en principio sorprender la preterición de Quintanilla de Losada, si recordamos que fue este el pueblo donde la Gobernación tuvo su sede y el gobernador su residencia en una casona, que aún se conserva, si bien en estado de ruina avanzada, y que dibuja una figura en forma de L, con un corredor de madera abierto sobre un patio interior. Tenía un escudo de armas, único en toda Cabrera, sobre el portalón de entrada de carruajes. Hace años se desprendió de su encaje en el muro y yace roto en el suelo, cubierto de vegetación. La imaginamos en pleno esplendor a principios del siglo XVII, cuando en 1602 el marquesado promulgó las Ordenanzas de la Gobernación de Cabrera, en procura «del buen gobierno y el bien común de toda la dicha república». La elección del pueblo había sin duda obedecido a su situación doblemente favorable, por relativamente bien centrado respecto del resto del amplio territorio, pero también por su mismo emplazamiento allí donde el valle del Cabrera se ensancha para acoger praderas y soleadas vegas de un más suave y amplio alabeo, paréntesis de próvida ribera en la abrupta construcción de un paisaje de pura montaña con laderas en pendiente de vértigo. Prueba de su preponderancia eran asimismo sus cuatro iglesias, tres todavía vigentes, una de ellas originariamente románica; de la cuarta, también románica, solo pervive su nombre en un documento antiguo, convertida finalmente en recinto de cementerio. El rango adquirido por el pueblo propició sin duda que personajes de cierta relevancia social o profesional lo eligieran para instalarse, porque bien sabido es que el medro resulta más fácil a la sombra del poder, en este caso del marquesado, representado por el gobernador. He aquí un curioso eco repicando en la copla irónica que los pastores de los pueblos vecinos les recitaban a los de Quintanilla, orgullosos ellos de su pertenencia a la «capital», cuando coincidían en el monte: «Presumís de mucho lino,/ pero los linares son de T
rincao y Granadino» (se entiende que dos notables, seguramente no vernáculos). En 1975 publicó Cela su monografía
Dictados tópicos leoneses, donde, fiel a ese rótulo, que vale por dichos locales, recoge dichos, sentencias, gentilicios, apodos, coplas, etc., de Cabrera, Babia y Laciana. Destaquemos este dicho referente a Quintanilla de Losada: «Quintanilla, buena villa: todos le den y nadie le pida». La explicación de la curiosa coplillas debe sin duda hallarse en esa condición suya de centro de la Gobernación, buscado, como decía, por personajes de cierta alcurnia y profesionales de prestigio para establecerse en él a la sombra del marquesado. Su relevancia no hizo otra cosa que crecer, pero en el resto de los pueblos hubo de ser percibida más bien como arrogancia y eso es lo que refleja ese dicho de aire burlón y claro ánimo censor y justiciero. Quintanilla no perdió su capacidad de atracción tras la reforma. Por recordar algún ejemplo, el gallego D. Jesús Carballo, destacado médico y miembro de Izquierda Republicana, lo eligió para establecerse y construyó una buena casa con galería acristalada, que se conserva. Aquí se mantiene el apellido Quiroga, originario de Villafranca, de donde lo trajo algún empleado o funcionario del marquesado. Y hacia finales del XIX llegó desde Valderas un veterinario para ejercer en la zona su profesión. Asentado en el pueblo, aquí se casó y tuvo hijos a quienes legó su apellido Otero. El 16 de marzo pasado falleció en el pueblo una nieta suya a los 97 años. Es justo en este caso impugnar el dicho celiano de marras, porque a esta mujer nadie le regaló nada, y por el contrario fue mucho lo que ella, meritorio ejemplo de mujer fuerte, al modo de la imagen bíblica canónica, aportó en forma de trabajo para que su «villa», fuera ya del tópico dictado, fuera en verdad buena. Ramona era su nombre.