Dataciones de leyenda
El viejo calendario campesino pivotaba sobre la certeza imperturbable del verso de Unamuno: «las cosas naturales vuelven siempre»; valga con recordar las que él menciona: la foliación, la nieve, los vencejos. Se explica pues que en la cultura tradicional las dataciones se hicieran a menudo en referencia a los trabajos emprendidos al ritmo pautado por los ciclos inmutables estacionales. He aquí a modo de ejemplo un par de datas antiguas. Una es bíblica y está en el libro II de Samuel: «A la vuelta de un año, por el tiempo en que los reyes salen a la guerra». La otra es griega, pertenece a Tucídides y está en su historia de la guerra del Peloponeso, libro IV: «En el verano siguiente, por el tiempo en que grana el trigo». Así es como los dos autores datan sus narraciones en la primavera y el verano, pasado pues el invierno, a cuyos rigores peligrosos no era conveniente exponer a las sufridas huestes. No se reclamaba entonces la exactitud exigida en nuestro tiempo, aunque es cierto que el mismo Tucídides incorpora ciertos sutiles matices en su precisión del verano: «con el trigo en sazón»; «con el trigo todavía verde». Se trata en definitiva de dataciones para la pequeña historia, destinadas a subrayar la continuidad de aquel «viejo modo de vida», cantado y encomiado por Horacio, y bastaba por tanto con unos someros apuntes rústicos, nuncios de un aire con aroma a flor de montaña, de un profundo concierto de días y trabajos en rotación pausada, de una ráfaga acaso de melancolía al evocarlos ya idos.
En un plano superior y apenas imaginable se situaban los grandes acontecimientos, constituidos en hitos divisorios, señales distintivas de la gran historia: el esplendor de un imperio, batallas colosales y guerras épicas, la erupción de un volcán, el descubrimiento de un mundo nuevo, una epidemia apocalíptica. Pasa el tiempo y la inevitable pérdida de relieve los arroja a un limbo de imprecisa antigüedad. En Cabrera, por ejemplo, cuando alguien menciona alguna obra o suceso antiguos, dice que es obra de los romanos o del tiempo de los romanos. No hace falta recordar allá al fondo de la historia una presencia en territorio cabreirés que duró muchas décadas. Pero si esa misma persona desea expresar una antigüedad mayor la referirá entonces al tiempo de los moros. El oyente no avisado se encuentra con una apreciación corriendo a contrahistoria, como son esos moros anteriores a los romanos. Pero la cosa tiene su explicación, veamos. Entre los restos de las explotaciones mineras romanas de las Médulas se conservan algunas galerías. No tiene pues nada de extraño que se enfatice la antigüedad de una galería con el calificativo de romana. Así se lo oí una vez a mi buen amigo Manuel Lamela Viloria, el gran empresario berciano, nacido y criado en Torre del Bierzo. Contaba que, cuando él empezó a trabajar en una mina de su abuelo, si en la explotación encontraban alguna galería mucho tiempo atrás abandonada, decían que era del tiempo de los romanos. Ahora bien, si el estado de la galería clamaba una antigüedad mayor, afirmaban entonces que era del tiempo de los moros. Esa es la clave del aparente enigma: no se trata aquí de los moros llegados del norte de África, sino de los misteriosos habitantes de las cuevas, tal como se transmite en la tradición popular campesina, que también los denomina moros. Y así como los romanos quedaron asimilados a las galerías, estos moros lo fueron a las cuevas de la montaña. Extraños y todo, no son funestos ni agresivos, pero tampoco se dejan ver con facilidad y en todo caso siempre en lugares remotos, alejados del tráfico humano, tal los espacios montañosos recorridos por los pastores. Asoman en la ventana de las leyendas, depositarias míticas de viejos rumores encantados, como ese acerca de su misteriosa opacidad. En Cabrera se cuentan esas leyendas, curiosa y precisamente asociadas a determinados lugares, no en vano nominados Cueva de los moros (Marrubio), Buraco los moros (La Baña), Castro los moros (Nogar), Piñeo los moros (Trabazos), entre otros. Recuerdo una de ellas, no haría falta precisar que localizada en el entorno de una de esas cuevas de los moros. Una moza pastoreaba su rebaño de cabras y ovejas en las cercanías de la cueva. Cuando los animales se tendieron bajo los arbustos para la «sistia» o sesteo, ordeñó una cabra y puso el cuenco de leche a refrescar en una fuente. Entonces se le acercó una mora en demanda de leche para un niño suyo. La pastora se la dio compadecida y en pago la mora le entregó un puñado de carboncitos, brillantes, bruñidos y de suave tacto, que ella guardó en el bolsillo, un poco decepcionada. A la hora de emprender el regreso y cuidando de no ser vista de la mora, los arrojó. Ya cerca del pueblo, tocó una última piedrecita olvidada en el fondo del bolsillo. La cogió para tirarla, pero entonces se fijó bien: era una piedrecita de oro. Volvió corriendo al lugar donde había arrojado las otras, pero ya no estaban. Era casi de noche, y el camino de retorno fue al paso lento de unos pies indecisos, lastrados de una oscura pesadumbre.