Morir lejos de casa
Así fue el viaje de retorno de Silvestre y Marcelino, presentes aún de cuerpo en los viejos campos familiares
Nueve minutos después de la medianoche entre el 8 y el 9 de enero de 1959, la presa de Vega de Tera en la montaña de la comarca zamorana de Sanabria colapsó y la enorme masa de agua por ella retenida se precipitó en formidable avalancha por el cañón del Tera. Cubrió sus 8 kilómetros en unos veinte minutos y a continuación se llevó por delante el pueblo de Ribadelago hasta el lago de Sanabria, que hizo de sumidero. Así fue como la devastadora carrera concluyó en trágico holocausto, con agua arrasadora en vez de fuego abrasador. Fueron 144 los muertos, pero solo se recuperaron veintiocho cadáveres; el resto se supone sumergido en el lago. Y ahora la realidad, dejada atrás su dimensión física, ahíta de tragedia y desgarro, corría a adoptar otra, esta ya metafísica, a fuer de metafórica e incluso metastásica, y es que según la leyenda yace en el fondo de ese mismo lago un pueblo, sepultado en castigo de alguna culpa primordial; el día de San Juan doblan en su recuerdo las campanas del sumergido campanario, pero ahora su bronce sonará doblemente estremecido.
Tan solo cinco meses después de la catástrofe, un nuevo accidente vino a renovar el desconcierto general y el dolor particular. Ocurrió en una obra en la zona de Porto de Sanabria que, como la presa ahora rota, formaba parte del gran proyecto desarrollado en esas montañas galaico-zamoranas, que incluía presas, embalses, galerías, canales de trasvase, etc. Durante la preparación de una voladura, se desató la tormenta y un rayo hizo detonar la dinamita. Murieron dos jóvenes obreros, que resultaron ser cabreireses de La Baña: Silvestre Carbajo, 25 años, y Marcelino Vega, 19. Sucedió el día 3 de junio del dicho 1959. El día 4, desde Sanabria y vía Castrocontrigo y Truchas, llegaron los féretros de los infortunados hasta el alto del puerto del Carbajal, donde la carretera se detenía por entonces. Y el día 5 fue el traslado hasta La Baña en los dos carros venidos del pueblo. El tamaño de la tragedia y un par de circunstancias (muerte lejos de casa, lenta marcha a lo largo de kilómetros) permitieron la vuelta de una hermosa costumbre, expresiva de aquel sentido comunitario que impregnaba el modo de vida tradicional campesino, todo un ritual de amor y compañía en un momento de suma destitución.
Así pues, ya que el lugar de partida estaba en el término de Quintanilla de Losada, un grupito del pueblo acudió allí para acompañar el séquito hasta Encinedo. Representantes de este pueblo los relevaron camino de Losadilla, en cuyo término sus vecinos asumieron el acompañamiento hasta el de La Baña, donde los convecinos de los fallecidos ya hicieron el tramo final hasta la iglesia para el funeral y posterior entierro. Fueron en total unos dieciséis kilómetros.
Infinitamente más hubo por cierto de recorrer el féretro de un hombre de Trabazos veinte años más tarde. Había emigrado a USA para trabajar de pastor en las grandes praderas de Oregón. Se alojaba en una caravana instalada en la pradera y murió intoxicado por monóxido de carbono. Un par de semanas después el féretro, un cajón hermético de zinc muy pesado, pudo llegar, a diferencia de los otros, hasta el mismo pueblo, que ya disponía de carretera. Ignoro la época del año en este caso, pero ya he dicho que el 5 de junio fue la fecha del último viaje de los dos jóvenes.
Fulgía en su esplendor la primavera. Sembradíos de centeno cubrían los terrazgos, pequeños y heteróclitos, que por entonces aún se cultivaban en la pina ladera y ahora los altos, flexibles, espigados tallos se inclinaban sobre el camino que los bordeaba. Las retamas floridas salpicaban un brillante amarillo cadmio en los baldíos sobre el tapiz de la hierba verde, donde asimismo los cantuesos pintaban el violeta púrpura de sus hojitas en penacho y el tomillo (dicho en Cabrera «cantruxina») su gris verdeando en mate. No es posible sustraerse a la emoción, solo de imaginar el paso del cortejo triste por aquel espacio donde el viento agitaba los centenales en flor, ondulando sin fin en la marea de espigas rumorosas, sobre las que a veces cabalgaba de pronto una tolvanera translúcida, la flor del centeno por el aire en volandas. Al fin eso eran ya Silvestre y Marcelino: apenas dos motitas de una tibia nubecilla fugaz.
Tras la bajada, siguieron su marcha, orillas del Cabrera valle arriba, por el camino que bordeaba las lindes sucesivas de praderas y linares. A trechos, grandes piornos inclinaban sus florecitas amarillas arracimadas con un movimiento lánguido y doliente sobre la comitiva, difundiendo un aroma dulce de matices amargos para una despedida.
Así fue el viaje de retorno de Silvestre y Marcelino, presentes aún de cuerpo en los viejos campos familiares por que atravesaban, pero ya desdichadamente olvidados del aire embalsamado de aromas a saúco, retama, jara y «cantruxina». Y al evocarlos, recuerdo aquellos versos de Emily Dickinson: «Los muertos me dan pena / (…) en la estación en que se siega el heno», ellos ya ajenos al «rumor de los campos», definitivamente al margen, «cuando hombres y chicos y junio y las alondras / van en busca del heno por los campos».