Diario de León

Eloína Terrón Bañuelos

Profesora Técnica De Fp De S.c. Jubilada

Un Museo de las Luchas Obreras

Creo que es importante un museo que cuente la historia para que la gente sea consciente y se apodere de su propia memoria

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¿Quién construyó Tebas la de las siete puertas? En los libros figuran solo los nombres de los Reyes. ¿Acaso arrastraron ellos los grandes bloques de piedra?

El joven Alejandro conquistó la India, ¿él solo? César venció a los galos, ¿no llevaba ni siquiera a un cocinero con él? Una victoria en cada página, ¿quién preparaba los banquetes de la victoria?... Este extracto del poema de Bertolt Brecht,

Preguntas de un obrero que lee, pone de relieve la memoria de las personas que no están en la historia, la historia que no se cuenta, las y los protagonistas que no están en ella. Me gusta leerlo relacionándolo con las palabras de Rodolfo Walsh (periodista y escritor argentino, desaparecido por la dictadura militar): «Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece, así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas...». Recientemente se ha inaugurado el Museo de las Luchas Obreras en Fabero. No hay muchos museos que se centren en esta temática. En realidad, hay, muy, muy pocos. Creo que Rodolfo Walsh lo expresó muy bien: La historia es la propiedad privada de los dueños de todas las cosas. Pero es el trabajo, el trabajo físico e intelectual, el que crea la riqueza en el mundo, el que construye lo que da bienestar a la vida. Todo es obra de muchas personas y de muchas generaciones. Y quienes producen esos bienes no son las personas que aparecen en la historia, no son las recordadas ni las valoradas. No se conocen sus vidas, sus luchas, y sus esperanzas. En las cuencas mineras se ha estudiado todo sobre el carbón, su poder calorífico, el espesor de las capas, su distribución geográfica, cuantas toneladas había en el yacimiento, como extraerlo. Hay estudios, planos, medidas… Pero lo que no se conoce es cómo vivían las personas que extraían el carbón, que lo lavaban y cargaban, las que mantenían esa fuerza de trabajo, las que lavaban la ropa en los pocos arroyos que no bajaban negros, las que cocinaban y aguantaban los días de huelga, las pequeñas tiendas que ayudaban solidariamente en esos momentos difíciles, dando «fiao», las que lucharon unidas para que hubiera cobertura en la enfermedad, que hubiera servicios, mayor seguridad en el trabajo, mejores salarios. Recuerdo las declaraciones de Sarah Gooder, de ocho años, niña minera, en el testimonio recogido por la Comisión Ashley (Inglaterra) para el estudio de la situación en las minas, en 1842. «Trabajo en el pozo de Gawber. No es muy cansado, pero trabajo sin luz y paso miedo. Voy a las cuatro y a veces a las tres y media de la mañana, y salgo a las cinco y media de la tarde. No me duermo nunca. A veces canto cuando hay luz, pero no en la oscuridad, entonces no me atrevo a cantar. Voy a escuela los domingos y aprendo a leer. (...) Prefiero, de lejos, ir a la escuela que estar en la mina». La primera Ley que reguló en España el trabajo de las y los menores en fábricas, talleres, fundiciones y minas se promulgó en 1879 por el ministro Benot prohibiendo la admisión de los menores de 10 años de ambos sexos; pero en las minas, talleres y fundiciones, siguieron trabajando muchos años después infinidad de niños y niñas. En la cuenca de Fabero, en la década de los 20 entraban a trabajar en la mina a los 10 y 11 años, elevándose posteriormente la edad hasta los 14 y 15 años, y las niñas a los 15 o 16. Esos avances en derechos de la clase trabajadora hubo que pelearlos para conseguirlos: una edad mínima para trabajar, cobertura en la enfermedad y la vejez, educación obligatoria, salarios dignos; por eso es tan importante recordar estos hitos que mejoran la sociedad. Recientemente para la elaboración de un documental sobre la historia de la cuenca minera de Fabero (tan parecida a otras cuencas mineras), basado principalmente en entrevistas, consulté la documentación del Sindicato Vertical de aquella zona. Me impactó saber, por ejemplo, que, en 1946, mientras que una orden del gobierno obligaba a las empresas a despachar en sus economatos productos alimenticios de primera necesidad (carne, pescado, verduras, plátanos...) las empresas de esta zona desatendían esa orientación. Sabemos que las 17,50 pts. que se les daban en cupones para gastarlos en tres días incluían los siguientes artículos; alpargatas, camisas, boinas, vinos, botellas de jerez, anís, coñac, agua de colonia y artículos de perfumería. Alcohol a manos llenas, que los embrutecía y los disponía a correr más riesgos, en una época en la que la seguridad laboral estaba sin escribir y en la que no había miedo de que los trabajadores confrontaran, porque el sistema no admitía oposición. Los Museos de las Luchas Obreras hablan de los sacrificios que hicieron las clases trabajadoras para mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad. Es un símbolo vivo de la resistencia, la dignidad y la esperanza de quienes lucharon por un mundo más justo. Las cuencas mineras fueron lugares clave para impulsar el desarrollo industrial, extrayendo el carbón y los minerales que fueron la base de la revolución industrial y eso debe permanecer en la memoria de las gentes para las nuevas generaciones, igual que las personas trabajadoras de los otros sectores (agrícola, industrial, textil, construcción, servicios, etc) que aportaron y aportan su trabajo y sacrifico para crear la riqueza de este país. Por eso creo que es tan importante un Museo que cuente la historia para que la gente sea consciente y se apodere de su propia Memoria, sus luchas y sus aportaciones al bienestar general, mientras la clase que tiene el poder aparece en todos los espacios, museos, pinturas, esculturas, fotografías, promocionando y alabando su «imagen».

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