Gaspar Méndez

Economista, Profesor De Geografía E Historia

El contrafuego

El caso fue que, quizás gracias a Isidro, se salvaron las viviendas de Santa María, pero a él lo llevaron preso a la Puebla de Trives

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La Real Academia Española define contrafuego como aquel «fuego controlado que se provoca en un bosque, en un monte, etc., para eliminar el material combustible y evitar la propagación de otro incendio ya declarado». Se trata, en efecto, de una técnica ancestral de lucha contra el fuego, bastante eficaz para defender propiedades hacia las que se dirige un incendio o para impedir su propagación.

Cuando era un chaval y se tocaba a concejo para apagar los incendios forestales, pude ver cómo mis vecinos la aplicaban con bastante eficacia, especialmente en una ocasión en la que las llamas se aproximaron a las viviendas del pueblo. Por aquellos años también lo utilicé yo mismo, con óptimos resultados, para defender un soto de castaños y evitar que ardiesen las pilas de leña que teníamos preparadas para quemar en invierno. Esta era también la técnica que estaba utilizando Isidro Estévez, un vecino del ayuntamiento de Petín, para defender las casas de su aldea, Santa María, cuando fue detenido por un miembro de la UME que trabajaba en la evacuación de la misma, por estar haciendo un contrafuego «sin contar con permiso oficial». Quizás este hombre, un poco mayor que yo, lo que realmente tenía que hacer era unirse a los evacuados y dejar que su aldea ardiese, tal y como les pasó a tantas otras del Bierzo y Valdeorras. O eso o, en el caso de tener algo de sangre en las venas, solicitar un permiso oficial para hacer contrafuegos, como siempre se hizo. No tengo ni idea del procedimiento administrativo para solicitar tal autorización, si tiene que ser presencialmente o si se puede hacer por internet; si basta con cubrir una solicitud o es preceptivo el informe de un ingeniero. Quizás hasta sea necesario pagar una tasa y, si me apuras, pedir permiso a Confederación (estos sí que cobran por todo). Sea como sea, lo más seguro es que el burócrata al cargo acabaría por denegárselo. «¿A quién se le ocurre prender fuego con toda esta ola de incendios?» Diría. «¡Cómo va a quemar toda esa vegetación, la misma que ya no le permitimos rozar para proteger a la madre naturaleza!» ¿Quién se cree que es ese aldeano, sin preparación técnica, para atreverse a hacer el trabajo de los medios públicos? Para poner a salvo su vida y propiedades están los servicios del Estado y de las comunidades autónomas, que actúan eficazmente, tal y como se demostró en la dana de Valencia, en los fuegos de Oencia, con Arnado y Lusío ahora calcinados, y en tantas otras ocasiones. El caso fue que, quizás gracias a Isidro, se salvaron las viviendas de Santa María, pero a él lo llevaron preso a la Puebla de Trives. Ante tal injusticia, como en Fuenteovejuna, todos sus vecinos cogieron coches y autobuses y, encabezados por la alcaldesa de Petín, se plantaron delante de los juzgados para pedir su liberación, ya que lejos de considerarlo un delincuente, para ellos es un héroe y el símbolo de la resistencia vecinal contra el fuego, ya que llevaba varios días preocupándose de que las casas no ardiesen, y allí sigue, formando parte de las brigadas de voluntarios, una vez que el juez, oída la presión popular, y con la opinión en contra del Ministerio Fiscal, lo dejara en libertad, aunque con medidas cautelares, como presentarse en los juzgados cada quince días. Lo dejaron salir, pero la maquinaria administrativa sigue su curso implacable y, al final, dentro de unos meses, cuando los ánimos ya no estén tan caldeados, a este pobre hombre le van a meter una multa que lo va a dejar tieso. No quiero finalizar este artículo sin antes faltarles un poco al respeto a mis inútiles favoritos; a toda esa caterva de políticos y burócratas que ni hace ni deja hacer. Y lo voy a hacer recordando un meme que se hizo viral estos días y que decía así: «Para que los montes no ardan necesitamos más cabras en los montes y menos cabrones en los despachos».