Santa Hildegarda toca fugas de Bach en las Carbajalas
Mientras el corazón de León aun late como las pisadas de un cojo a causa del fuego siniestro que ha transformado lo verde en negro así, como si lo tachara, sucede que nosotros, los que no tenemos energías para la épica, lloramos con impotencia al comprobar que nuestras lágrimas no pudieron apagar los incendios… ¡Y entonces tocó rezar!
Como Evelyn Waugh cuando se largaba a Etiopía (esto es, con animus, modos y maneras de corresponsal), de camino al Monasterio de las Carbajalas donde acostumbro de vez en vez a darme baños de silencio, me adentré por las callejuelas intestinales y laberínticas del Barrio Húmedo como hechas para los encuentros (en León, como en el París del Julio Cortázar de Rayuela, no salimos a buscarlos sino que salimos a encontrarlos). Una vez más en este verano de atardeceres amoratados como lombardas la Plaza del Grano estaba hirviendo de gente. Me crucé con un peregrino polaco de los que caminan con la conciencia de que todas las tierras son santas. Y con una señora hermosa con pinta de ser capaz de defender su bolsa de la compra con la vida. Y con los repartidores de Globo que pilotan su vida por estas calles peatonales a velocidad de vértigo. Y con Karlos Viuda el pintor cósmico y dibujante surrealista. Y con el doctor Cosamalón (un alma selecta). Y con mi amigo Miguel que siempre me sorprende por la pureza de sus dones. Y con ese funcionario municipal de cultura melenudo y cantamañanas que se cargó en su día Leer León, y el cual sigue a día de hoy igualmente poseído por el complejo de creerse que es Víctor Peña (ya le gustaría). Con el guitarrista flamenco de la calle La Rúa. Con Vega. Con Javier García Prieto… Y, sin pretenderlo ni merecerlo, me encuentro sobre todo entre la marabunta (hábito negro en contraste con su piel lechosa y sus ojos color poema, sonrisa de vidriera medieval, voz castiza cuando habla y soprano cuando canta, gafas pequeñas de las que miran solas) con sor Klara. Sor Klara, monja benedictina de talento a buen recaudo y humildad a prueba de bombas, una de las personas más inteligentes que conozco cuya presencia en la ciudad es un poco sabido regalo divino, es una monja de clausura que sonríe por todo. Y que habla tantos idiomas como una torre de Babel de andar por casa. Y que canta cada día como si fuera la primera mañana del mundo, y toca fugas de Bach al final de las misas dominicales en el órgano del Monasterio de las Carbajalas como elevando el nivel del mundo. Tengo comprobado que escuchar cantar a las Carbajalas de vez en cuando no es solo calma, concentración y recogimiento, sino una vuelta al origen. Es esa música que mueve el mundo y las estrellas de la que hablaba Dante. Es fe sin exhibicionismo comunitario de la misma... Pero, de entre las voces diáfanas que te reconectan el cuerpo con el alma al escucharlas, sobresale la de sor Klara por ser en verdad parecida al canto de alabanza perpetua de los mirlos. Sor Klara, una monja que parece la reencarnación reactualizada de Santa Hildegarda de Bingen, nació en la República Checa y allí estudió el superior de música, inglés y filología francesa. Allí culminó también cum laude una tesis doctoral sobre literatura y jazz. Pero, a causa de una conspiración del azar dirigido desde arriba (por decirlo con palabras de Hans Urs Von Balthasar), acabó viniendo a España como peregrina del Camino de Santiago. Así conoció el Monasterio de Santa María de Carbajal, y se enamoró del silencio y de Jesús… Aquí se quedó desde entonces, desde muy joven, para una vida de silencio, oración, alabanza y trabajo; una vida de rituales sin término que, como nos enseñó Thomas Merton en
La Montaña de los Siete Círculos, consiste en una religiosidad radical aderezada de oración, recogimiento y santa delicadeza en la cual están compendiadas la continuidad de la cultura, y la importancia que para la civilización tienen las formas. El caso es que aquí, olvidada de la fama que en el mundo la otorgaría su condición de música virtuosa de los teclados, la flauta travesera y el canto, canta gratuitamente cada día para Dios y muy pocos fieles, a los cuales nos hace sentirnos por un momento, por la gracia de su consagrada voz, como si viéramos el Aleph de Borges… De hecho nos hace sentir de pronto como ante la aparición del gregoriano; ante la construcción de las primeros templos románicos y de las catedrales góticas. Nos hace sentir como leyendo por vez primera las elegías de Propercio, o La ciudad de Dios de San Agustín y su Trinidad. Nos hace sentir el hombre como pregunta del que habla Karl Ranner. Nos hace contemplar la gracia por naturaleza sobre la que escribió Henri de Lubac. Nos hace corroborar la importancia de los laicos en la iglesia a la que dedicó su pensamiento Yves Congar. Nos hace asumir melódicamente la teología dialéctica de Karl Barth, y especialmente la teología femenina de Elisabeth Johnson… John Lennon dejó dicho que la mejor prueba de existencia de Dios es escuchar a Johan Sebastian Bach. Uno siente lo mismo ante el canto y la música de órgano de Sor Klára Cinerová en el Monasterio con buena acústica de Santa María de Carbajal de León. ¡Alabado sea el Gran Arquitecto!