Modorreando
Decía el otro día, uno de los socios de la, consuetudinaria ya, tertulia del Cibercentro de Benavides, que la palabra más ofensiva en el idioma del Reino es modorro. Lo hacía en respuesta a una pregunta de este servidor de ustedes para suscitar el diario debate que en este entrañable lugar, un obsequio del municipio de Benavides, mantenemos los intelectuales de aldea de la comarca. Aceptamos con gusto la sentencia el resto de los contertulios, a pesar de la larga lista de espera de vocablos merecedores del lugar en el podio: payaso, mequetrefe, mostrenco, y los locales llioneses; recáncano, bichancano, etc.
Permítanme que añada un nuevo palabro al lexicón castellano, o un nuevo giro al menos: modorreando. Y lo hago para describir el modo de comportarse que campea, todos los veranos, en casi todas las aldeas del Reinu. El que ejecutan las camadas de retoños de los urbanícolas que, libres del yugo de las aulas, son despachados por sus padres. al cuidado de los abuelos que aún permanecen en los pueblos. Estas camadas de neourbanícolas, crecidos en sus aventajados colmenares de muchas alturas, en sus parques abrevaderos de muchas praderías, tienen ya todas las finuras de la urbanosfera. Pero como son rapaces aún no han conseguido refrenar sus naturales impulsos y los dejan expresarse a sus anchas lejos de las miradas reprobatorias de sus telepapis y sus motomamis. Dejados al amparo de los ligeros yugos de la autoridad abuelil encuentran en el medio rural, en el espacioso verano, el ancho océano para levar anclas a sus calenturas adolescentes. Y agrupados en vocingleras pandillas, ellos y ellas, se afanan en escudriñar y curiosear, con sus bicicletas y scooters, todo pago o rincón a su alcance. Así que jugando a hacerse los mayores, y vindicando un lugar donde residir a sus anchas, asaltan cancelas , rompen candados, y desvirgan puertas de casetas tendejones y refugios desperdigados por el ancho campo. Y, como de adolescentes es propio, no tardan en contender en conflictos de interés que acaban en detrimento de los tejas o las tercias de sus veraniegas residencias, que pueden acabar arruinadas o quemadas si las trifulcas de efebos ya rebosantes de testosterona, no se mitigan a tiempo. Víctima es este autor de una de ellas, que acabó hace quince años, con un regio refugio que había levantado con sus propias manos, amasando mortero y calibrando hiladas y niveles en una apartada finca de mi aldea, Y cuando se cansen de lidiar en sus palacetes de verano, se adueñarán de todo espacio alejado del escrutinio público, como portales de cementerios o ribazos en desuso para atormentar con sus altoparlantes portátiles a pardales y verderones, con reguetones y trapeos a machamartillo. O aplastarán las siestas y reposos de jubilados y ociosos en los entornos de los espacios deportivos donde campean retumbantes los cansinos botes y rebotes de sus pelotas y balones. O derribarán contenedores e insultarán bisabuelas que intenten reprenderlos por sus burdos incivismos. Y no vayas a quejarte a sus telepapis o motomamis. Te dirán, con cara de rano que «sus retoños no han sido» o simplemente te tacharán de payaso.