Campanas hilanderas
«Había un sonido que dominaba sobre todo otro rumor de la vida cotidiana». Con esta afirmación se abre un párrafo de ‘El otoño de la Edad Media’, del holandés Johan Huizinga, y así de pronto acicateado nuestro interés por un sonido asociado desde el título a esa Edad Media acunándose en el aire de leyenda que le insuflaron los románticos, proseguimos leyendo: «Las campanas eran en la vida diaria como unos buenos espíritus monitorios, que anunciaban con su voz familiar el duelo, la alegría (…), ya convocaban, ya exhortaban. Se las conocía por sus nombres: la gruesa Jacqueline (…). Se sabía lo que significaba tocarlas y repicarlas. Y a pesar de tantos repiques, nadie era nunca sordo a su voz…».
Así que las campanas. La exactitud minuciosa del párrafo se mantuvo en plena vigencia hasta hace pocos años, pongamos que unos cincuenta, incluso alguno menos en ciertos sitios.
Y ello no deja de causar asombro, viniendo de la lejanía de esa Edad Media en su otoño o, si cambiáramos de símil, los últimos compases de una melodía desfalleciendo entre el esplendor remoto de la antigüedad grecorromana dormida y su renacimiento pujando por eclosionar. Ahí seguían las campanas en la altura de los campanarios a la que fueron elevadas en el siglo XIII, incólumes y vibrantes de sentido.
Desaparecida de nuestras vidas su otrora alta misión, suenan en el recuerdo tan largamente como hasta ahora sonó siempre en el aire su bronce estremecido.
Huizinga se refiere al corazón de esa vieja Europa, que es Francia y los Países Bajos. Se trata de un mundo muy alejado, y no solo en el tiempo, de una aldea cabreiresa y el suyo, por ejemplo, o berciana de ahora mismo o de hace muy poco, como decía.
Y sin embargo todas y cada una de las afirmaciones del historiador holandés las vemos replicadas en nuestras aldeas, donde el sonido de las campanas se imponía también sobre los rumores habituales de la vida cotidiana, aunque solo fuera por su origen físico en la altura de la torre o espadaña de la iglesia, centinela de las poblaciones agrupadas a su amparo.
Cierto que las campanas sonaban altivas y más solemnes en los recintos urbanos, presididos por catedrales o grandes templos, pero no hay duda de que era al aire libre de los espacios abiertos de los alongados campos, llanuras y, ante todo, profundos valles, donde mejor se desplegaba todo un potencial transmisor de emociones y sentimientos, con sus múltiples ecos sensoriales y sutiles matices musicales.
Los repiques se repetían, y sin embargo, nadie era sordo a su mensaje, fuera de duelo o de alegría, de perentorio aviso o de suave exhortación. Concentremos ahora la atención en el duelo y la exhortación con la vista vuelta a los campos de laboreo y pastoreo, lejos del núcleo de la aldea.
Las campanas se erigían en corazón de esos campos, cuyos impulsos diastólicos se deslizaban por la vaguada diáfana del aire portando su llamada hasta el oído de los campesinos dispersos, labrando la tierra o pastoreando sus rebaños. Así era al mediodía, cuando sonaba el toque de Ángelus; o temprano en la mañana y ya al atardecer con el toque de Ánimas, y el caminante hacia los campos o ya de vuelta musitaba una oración por sus difuntos sobre los dobles lentos de las campanas rituales.
Con el toque de difuntos las campanas cumplían su misión de comunicar una noticia triste. Podemos fácilmente imaginar la carga emocional de esa noticia recibida en su voz lejana, cuando oída en los campos. El labrador arando detenía la pareja, dejaba la mancera del arado, y destocándose de la boina negra, se santiguaba conmovido y musitaba una plegaria.
La evocación de esa estampa nos produce una honda emoción. Porque la noticia era también para esos mismos campos donde la persona ahora fallecida había pasado la vida y trabajado: la voz de las campanas disfrazaba la suya, despidiéndose de ellos y por eso sonaba entonces tan melancólica.
Esa voz, en fin, ese benigno espíritu monitorio tenía nombre, lo que demuestra la familiaridad con que las campanas, así personificadas, se insertaban en la vida de las gentes. Huizinga recordaba este, Jacqueline (tal vez relacionado con el apóstol Santiago, en cuanto femenino de este nombre en francés). Entre nosotros predominaban María y Bárbara. La campana María solía ser la de más potente y mejor timbrada voz, en general también la de mayor tamaño.
Y todo ello volvía a las campanas ya no solo testigos de unas vidas, sino incluso urdidoras de las mismas, tejedoras. O hilanderas; este es el sugestivo término que aparece en una página deslumbrante de Gabriel Miró, el acendrado, sutil prosista levantino, bajo el rótulo: «Las campanas». Escribe ahí que el tiempo vibra en ellas, el pasado, el presente y el que ha de venir a «hilarse en la rueca tostada del campanario. Campanas hilanderas…».
El viento se llevó para siempre una historia secular y su mundo, tejidos en pespunte de campanas.
Para ellas ha llegado un tiempo de silencio, queda para nosotros el tiempo de la nostalgia de su voz antigua en la torre del campanario herida por el rayo del olvido.