Diario de León

Jesús Martín Ramos

Doctor En Historia

La actividad sísmica en Filipinas

El último fue el que causó más daños en los edificios, que se desplomaron en los escasos minutos que duró el seísmo

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El mundo en que vivimos, en el que no sólo oímos sino lo que es peor padecemos, calamidades de todo tipo: guerras (Ucrania, Gaza), la acción voluntaria o involuntaria del hombre contra el medio ambiente (incendios), hay que añadir los males producidos por la Naturaleza (terremotos, volcanes, huracanes). Queremos centrarnos en Filipinas, que es uno de los países del mundo más expuestos a sus consecuencias, en el llamado «cinturón de fuego del Pacífico», cuando aquellas tierras dependieron de la Corona de España desde su descubrimiento por Magallanes (1521) hasta 1898 con motivo de la guerra hispano norteamericana. Los temblores del suelo los conocemos no sólo a través de informaciones militares, funcionarios allí destinados o viajeros que acudían con sed de aventuras, pero sobre todo por las órdenes y congregaciones religiosas allí establecidas, la mayoría de las cuales disponían de importantes centros religiosos e institucionales de las provincias castellanas y leonesas (agustinos, jesuitas, franciscanos, carmelitas, etc.). La labor de los jesuitas en este campo fue extraordinaria, destacando los padres Faura, Ricart, Colina..., cuyas conclusiones a través del Observatorio de Manila, el primero en ser construido en Extremos Oriente en 1865, incluso eran enviadas a los paises vecinos. Ellos mismos idearon unos aparatos que se construían en Manila, posteriormente, se adquirieron en el extranjero (París, Florencia, etc.). Su labor muy encomiable no debe olvidarse.

Citamos tres terremotos de transcendencia que tuvieron lugar en Manila y alrededores (isla de Luzón): En 1880 los periódico Diario de Manila y El Comercio describen la asolación que padeció la Capital; en julio de 1881, los jesuitas nos muestran los efectos sufridos por la provincia de Nueva Vizcaya; en 1892 los meses de marzo y abril fueron desastrosos para la región de Pangasinán; etc. Sin embargo, con anterioridad, el 3 de Junio de 1863, hubo uno de los más dañinos del siglo, siendo gobernador Rafael Echagüe quien hizo todo cuanto pudo no sólo para ayudar a los españoles allí residentes, sino también, a los naturales filipinos. Tres días después, en solicitud de ayuda, anunció al Ministerio de Ultramar el caos producido, que sintetizado sabemos, tuvo lugar a las 19,20 horas con tres movimientos alternativos (vertical, de vaivén y uno muy vertiginoso) con «un fuerte rugido subterráneo y prolongado». El último fue el que causó más daños en los edificios, que se desplomaron rápidamente en los escasos minutos que duró el seísmo. El sonido de las campanas sacadas de sus torres fue estremecedor, lo que unido a la caída de todos los edificios, públicos y privados, que chocaban unos con otros produjo una nube de polvo que envolvió a Manila. Los gritos de las víctimas solicitando ayuda fueron enormes. La catedral se desplomó sepultando entre sus ruinas a la mayor parte de los Capitulares, capellanes y cantores que se hallaban en las ceremonias del Corpus. El número de viviendas inutilizadas entre la ciudad y sus arrabales ascendió a la suma de 1169. Los edificios públicos destruidos fueron 46 y los particulares 570. Quedaron amenazados de ruina 25 públicos y 528 particulares. El suelo se agrietó en varios puntos. El puente grande del río Pasig quedó inservible y hubo que derribarlo... La catástrofe alcanzó también a otros pueblos próximos (Cavite, Tombobong, Navotas, Pasig...). Cinco días después de este temblor hubo otra réplica pero con menor violencia. El siniestro fue tan grande que las fuentes dicen «No es de lugar el describir las tristes escenas de aquella noche de espanto...». Noticia tan catastrófica llegó a la Península por medio de un telegrama, posiblemente vía Hong-Kong, pues sabemos, según el canónigo Eduardo Valverde de la catedral de Las Palmas de Gran Canarias que «el terremoto conmovió hasta en sus cuatro ángulos la Península entera, a la llegada del telegrama infausto». Palabras que pronunció, tres meses después, en una ceremonia religiosa fúnebre en ese templo por las víctimas del terremoto. Lógicamente pensamos que, de forma idéntica, se dirían Misas de funeral por los numerosos fallecidos, de aquel trágico 3 de junio de 1863, en las iglesias de todas las provincias españolas. Libro básico para conocer los terremotos del Archipiélago durante el dominio español, es el de Miguel Saderra Masó (

La sismología en Filipinas. Año 1895). En tablas, se muestran los terremotos padecidos desde 1559 hasta 1865 con expresión del año, localidades a las que afectaron, mes día y hora, y una serie de características generales de los mismos.

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