Diario de León

Manuel Garrido

Escritor

Un paisaje, una ermita, un homenaje

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Estos días tranquilos de fines del verano emanan una suave luz aterciopelada. Desfallece aquel brillo inaugural de los días radiantes tras la eclosión del solsticio, esos mismos que ahora, tres meses más tarde, parecen alentar con la cadencia de un animal mitológico, rumiando apaciguado. Atendiendo a una escala más humilde y doméstica, así es como suenan, profundos, sosegados, sincopados, esos suspiros de las vacas en la rumia, llamados carpidos (del dialectal carpir, respirar profunda y ruidosamente). Allí donde yo estaba, la difusión de esa luz, heraldo del próvido otoño, era la de siempre, solo que ahora bañaba un paisaje afectado de una descomunal melanosis, causada por los grandes incendios de mediados de agosto. Las llamas bordearon en su avance insaciable los campos de Odollo y de Castrillo de Cabrera. La vegetación ardida en las altas laderas, cubiertas en su mayoría de hierbas y matorral de monte bajo, se medía ahora por el rasero de la ceniza resultante, sucia y oscura.

En mi geografía sentimental cabreiresa ocupa el lugar más destacado un bosquecillo en Castrillo de Cabrera, en zona a la que esas llamas por fortuna no llegaron. En un claro se alza la ermita no por casualidad nominada Virgen del Castro. Ese breve espacio en llano semeja un balcón asomado al valle por cuyo fondo discurre el río Cabrera. Entre las encinas aún es posible apreciar ciertas huellas del primitivo castro romano, justamente por encima de uno de los caces que llevaban el agua a la explotación romana de las Médulas. El lugar reunía todas las condiciones del bosquecillo que los romanos consideraban sagrado, con esas encinas que Virgilio llamó oraculares. Si no con tanta temperatura «profética», profunda es la emoción que a nosotros nos produce la fronda parladora, cuando pulsada, estremecida por la brisa. Y allá abajo el río clama su rumor incesante a modo del bajo continuo en la música del barroco, fondo y soporte así de esa melodía otra que es el silencio; pues que el silencio, crecido sobre ese cimiento, se hace más grande y la soledad, contrapunto de ese silencio «rumoroso», más honda y envolvente. He aquí la «música callada», la «soledad sonora» del poeta. El oxímoron místico sigue hallando en este lugar suprema excusa, privilegiado asiento. En la puerta de la ermita bajo el atrio había una plaquita colocada a la derecha en el muro. Era de un material de color negro brillante, mostraba el rostro de un hombre sonriente y al lado su nombre, Fernando López Combarros, con su vida acotada entre 1950 y 2025. El texto expresaba el agradecimiento del pueblo a quien había sido su párroco, por ello y además «por su amor a esta tierra y sus gentes». Tal homenaje me llenó de emoción, pero ante todo me pareció justo, porque ahí es nada una vinculación como la suya, que se inició en 1966, cuando a sus dieciséis años llegó precisamente a Castrillo por primera vez para visitar a su hermano mayor, párroco del pueblo por entonces. Él mismo llegó a serlo también durante seis años, entre 1978 y 1984. Al margen de su misión religiosa, destacó como animador sociocultural y estudioso de la historia cabreiresa. Sirva de ejemplo la evocación que hizo en la revista

Serano, de la que él mismo fue principal inspirador, de un notable cura cabreirés, natural de Pombriego y vicario de Silván. D. Pedro Franco, que así se llamaba, pleiteó en 1735 nada menos que con D. Francisco Quiroga, gobernador de Cabrera. Frente a la práctica tradicional de que los inventarios de bienes y reparticiones de herencias se hicieran ante el regidor del pueblo y dos testigos, hombres «fieles de fechos», el gobernador pretendía que esa competencia la asumieran los jueces de Sigüeya y Corporales, los ordinarios de la gobernación. D. Pedro alegó que los «crecidos salarios y gastos», causados por tantos «ministros, escribanos y caballerías», eran insoportables «para los cortos caudales y miseria de este país». Finalmente, la Real Cancillería de Valladolid le dio la razón y el gobernador hubo de envainarse su inoportuna ocurrencia. Pero, estando a la puerta de la ermita, debía por necesidad franquearla para ver la joya que guarda, esa virgen titular/tutelar de la ermita a la que da nombre. La talla, románica tardía, figura sin asomo de distractores arrequives la imagen canónica de la virgen sentada con el niño también sentado sobre su muslo izquierdo. Pero algo en ella trasciende el canon, y es una suerte de juego o sutil concierto a cuatro manos que llueve un rocío de encanto sobre la «Rosa mística». La mano izquierda de la madre baja hasta el costado del niño en ademán de amparo, rozando apenas la izquierda de este que empuña la esferita del mundo, mientras que al otro lado la derecha se ha alzado para acoger la del niño, también en alto. Ese gracioso acorde inesperado de las manos podría sugerir un pasito de danza, incluso una invitación a andar. La cabeza del niño de mofletes sonrosados gira en leve escorzo a la derecha y hacia arriba, donde miran sus ojos. La madre mira al frente soñadora. De pronto la imaginé musitando aquellos versos de mi querido Leopoldo Panero, escritos para su hijo mayor, de una edad parecida a la de este: «Voy contigo, hijo mío, por el camino lento/ de este amor que me crece como mansa locura».

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