Cuando se apagan las tradiciones, se apaga el pueblo
Hace poco charlaba con un grupo de personas y surgió un comentario contenido de nostalgia y rebosante de indignación frente a la pérdida de las costumbres. Hay personas que sienten su pueblo en los huesos y viven las tradiciones como un cordón umbilical que les une con la historia común de sus antepasados y vecinos.
Y es cierto. En muchos pueblos leoneses las tradiciones se van apagando lentamente, como una lumbre que se consume por falta de manos que la aviven. Son costumbres sencillas, pero profundamente humanas, que durante siglos dieron sentido a la convivencia vecinal como los concejos, las hacenderas o los filandones entre otros. Tradiciones que, en muchos casos, han sido sostenidas por las juntas vecinales, verdadero corazón de la vida rural leonesa. Sin embargo, cada vez es más frecuente ver cómo muchas de estas prácticas se pierden. No siempre por falta de gente o de recursos, sino —y esto es lo más triste— por falta de voluntad. Hay responsables locales que, por desidia, dejadez o simple mediocridad, dejan morir lo que durante siglos otros se han esforzado en mantener vivo. A veces, incluso, porque les molesta que los vecinos se reúnan, hablen entre sí, y hagan pueblo. Les incomoda ver cómo de las conversaciones surgen ideas, proyectos o propuestas que ellos mismos no son capaces de impulsar. Pero los pueblos no se sostienen solo con obras o presupuestos: se sostienen con vínculos entre las presonas, con la alegría de verse, con la gratitud de compartir lo poco o lo mucho que se tiene. Un concejo que termina con un pedazo de pan y un pez escabechado; una hacendera donde el esfuerzo común se celebra con un trozo de queso y un trago de vino —un buen prieto picudo o un mencía, a poder ser—; un filandón en el que tres o cuatro generaciones se escuchan y se comprenden mutuamente. Eso es hacer comunidad consciente de su destino común. Basta ver cómo hace unas semanas cientos de pendones desfilaban por León para darse cuenta de que, con un poco de apoyo, la gente joven responde a la llamada de la tradición, se unen en torno a una idea que pende en forma de tela, pero que les envuelve en sentimiento de orgullo y camaradería. Cada vez vivimos más de puertas adentro. Desde hace mucho los poderes fácticos del mundo nos quieren cada vez más individualistas, más ajenos a lo comunitario. Sin embargo, un pueblo unido que se conoce, que comparte la vida, los miedos, las alegrías, siempre será capaz de mantener su identidad, de sostenerse en las adversidades y luchar contra las injusticias. Y cuando digo luchar no quiero decir necesariamente ganar, quiero decir cumplir con nuestro deber de presentarnos unidos en el campo de batalla para decir que venderemos cara nuestra piel y la de nuestra tierra. En cualquier caso, estas tradiciones son un modo de encarnar la fraternidad universal en lo local: el cariño y la empatía con nuestros vecinos expresados en lo cotidiano, sin discursos, solo con pequeños gestos. Cualquiera de nosotros hemos acudido en nuestro pueblo a más funerales que a bodas, y eso es porque nos sentimos pueblo. Y este lazo invisible que nos une, se renueva y celebra en las pequeñas costumbres que la administración más próxima al terruño —depositaria de la historia, la tradición y la hermandad del pueblo— tiene que esforzarse en mantener; porque bastan tres o cuatro años de parón para que se pierda para siempre. Por eso, mantener vivas nuestras tradiciones no es un gesto nostálgico. Es un acto de compromiso con lo que somos y con lo que queremos seguir siendo. No hace falta mucho dinero para ello; basta con voluntad, con cariño por el pueblo y con la humildad de gastar «unas perras» en que la convivencia termine con la panza adormecida y el corazón contento. Porque donde se comparte el pan, la palabra y el vino, sigue vivo el alma de León.