El eje del mal
Bruselas predica «soberanía digital», pero sus estados externalizan su columna vertebral digital a corporaciones que mezclan darwinismo de mercado y desprecio a instituciones liberales
Ya no hacen falta tanques, ni siquiera cortar una calle, para dar un golpe de Estado silencioso. En esta nueva era, la soberanía se firma con líneas de código y millones de dólares. En Washington ha emergido un eje tecnopolítico donde empresas punteras, venture capital y una ideología que va del libertarismo al nacionalismo duro están programando el nuevo sistema operativo de las democracias occidentales.
Es el nuevo ecosistema tecno-autoritario. Más rápido, más ideológico y más privado que cualquier complejo militar-industrial anterior. Ya no despliegan ejércitos: despliegan plataformas.
Las señales ya están ahí. El Pentágono cedió por 10.000 millones de dólares su sistema nervioso digital a Palantir, la firma de Peter Thiel, que no se corta en afirmar que «libertad y democracia ya no son compatibles». Palantir es hoy la correa de transmisión del Estado norteamericano: una plataforma que responde a accionistas, no a ciudadanos.
Bajo la bandera del tecnopatriotismo, un puñado de empresas —Palantir, Anduril, SpaceX, OpenAI—, fondos como Founders Fund y gurús como Musk, Andreessen, Sacks o Karp, están levantando una infraestructura global de control: nubes gubernamentales, inteligencia artificial militar, enjambres de drones autónomos, constelaciones satelitales privadas. No es ciencia ficción: esos drones ya están volando.
Los vínculos entre lo público y lo privado se difuminan. Generales que pasan a startups de defensa. Ministros con acciones en las mismas compañías a las que adjudican contratos. Fondos de riesgo que diseñan la política exterior del Pentágono. El eje lo sabe: si controlas la infraestructura crítica, da igual quién gane en las urnas.
Europa, mientras tanto, remolonea en la cama. Sin debates ni titulares, nuestros gobiernos ya están entregando piezas de su soberanía digital a este mismo complejo.
Italia integra la red satelital Starlink de Musk en sus comunicaciones militares.
Alemania firma con Anduril para desplegar drones autónomos e incorpora Palantir en su policía.
Reino Unido entrega a Palantir los datos de su sanidad pública, en un contrato de 480 millones hoy bajo revisión por motivos de privacidad.
Y España tampoco es ajena. El Ministerio de Defensa adjudicó 16,5 millones de euros a Palantir para su software de inteligencia militar Gotham. La española EYSA ha integrado herramientas de Palantir en proyectos de movilidad urbana en nuestros propios Ayuntamientos. Y nuestra participación en el programa Eurodrone, liderado por Airbus con tecnología parcialmente estadounidense, nos ata a una cadena de suministro que no controlamos. Todo ello sin titulares, como una sombra que se alarga al atardecer.
Cada contrato agranda la trampa. Cuando un Estado no puede operar sin Palantir, cuando la OTAN depende de los drones de Anduril, cuando las comunicaciones críticas están al arbitrio de Musk, la autonomía es una ficción.
Bruselas predica «soberanía digital», pero sus Estados externalizan su columna vertebral digital a corporaciones cuyo ideario mezcla darwinismo de mercado con desprecio por las instituciones liberales.
Esta es una llamada de atención urgente a Europa, a sus líderes, tecnólogos y consultores. La libertad del siglo XXI se juega también en los servidores, los satélites y las líneas de código. No se puede defender la democracia si sus mandos están en manos de magnates con agendas como mínimo opacas.
El eje del mal ya no lleva uniforme. Lleva hoodie. Y les queda de pena.