Érase un pueblecito… y sus aprovechamientos agreste-forestales
Con estos aprovechamientos y otros menores hasta la década de los 50 se mantenían unos espacios agrestes limpios
Pasado: Considerando las dos palabras que componen su topónimo, invariables desde su bautismo, el natalicio debió acontecer en el siglo XI o comienzos del XII, pues entonces eran habituales éstas. La primera fecha conocida de su existencia es 1141. Sería tan pequeño que su iglesia la poseían a medias dos familias ricas o nobles, quizá las promotoras del asentamiento. Ya tenía templo, monasterio con fuente y junta vecinal.
Con datos diversos en los siglos posteriores, en el catastro de Ensenada continuaba siendo pequeño, pero con mucho monte. Bien entrado el siglo XX persistía el monte; la mayoría degenerado, de urces; el resto, de pinos, robles, encinas, dos sotos de castaños y algunos aislados descomunales junto al pueblo. Discurría cercano un río, y discurre, (el río grande le llamaban) y un brazo de éste (ya no discurre), el caño de los molinos, pues movía la maquinaria de una fábrica harinera (y también
de luz) y un molino, orlados ambos cursos por humeros, chopos y chopas (aunque del mismo sexo, plantas hembras); los chopos, esbeltos; las chopas, de grueso tronco desmochado a poca altura y con cuatro-cinco ramas partiendo de la cruz. ¿Y como explotaba su medio agreste y forestal? Veamos; una parte de las urces se distribuía cada año a los vecinos en quiñones, atándose en mañizos con gavillas de cañas de centeno y se consumían para arrojar el horno del pan; las sobrantes se vendían a los alfareros jiminiegos. Las cepas se arrancaban periódicamente con una herramienta que más parecía para uso de hercúleos gigantes que para personas de 1,60-1,65m, constando, en esencia, de dos hojas perpendiculares entre sí y con grueso mango. Dado su poder calorífico, al herrero se le permitía arrancar las cepas que precisara. Del pinar, como del cerdo, se aprovechaba todo; la puya para cama de ovejas y cabras; las piñas se recogían del suelo en septiembre una vez abiertas y soltadas las semillas para la regeneración. Los de tronco grueso se resinaban, después se talaban para vigas o leña en las cocinas bajas o «llares». Los suprimidos en las claras de diámetro similar a un fuerte brazo servían para las latas que soportaban la ripia, el barro y las tejas y para los tabiques en espiga entre las que se encajaban los adobes. Las urces y otros arbustos del pinar se eliminaban, siendo muy raro un incendio «de suelo» en él. Los humeros, fijadores del nitrógeno atmosférico, se repartían en lotes para leña o en su caso para puertas interiores, taburetes, alacenas etc. y las ramillas, con hojas, se usaban de ripia en los tejados; con su «casca» hacíamos los chavales silbatos y trompetas. La dura encina era indispensable para el arado, barretillos de los arrodaderos rompedores de terrones y para las ruedas de carros. El pago más continuo de robles, la devesa, se cuidaba como oro en paño; periódicamente en concejo se olivaba, entresacaba y se talaba alguno para las pilastras del puente de madera y tepes, que muchos años se llevaban las crecidas, gravando el nombre del pueblo, por si alguien los hallaba aguas abajo. Al vecino que levantaba casa se le permitía talar los precisos para los marcos de vanos, en especial el acceso del carro y sus puertas y para pilares de corredores, por su resistencia al agua. Parece cierto que el roble endurece con el tiempo (no compres cosa vieja, salvo roble o teja). Los enhiestos chopos, solitarios, particulares pero plantados en suelo público, servían para vigas, escaños (los profundos, de dormir o de «pierna estirada», formados por piezas acopladas con tacos de madera, sin puntas), escaleras, tablados y las ramillas anuales de las chopas y de los verticilos bajeros de los chopos, cortadas con hojas en septiembre para alimento de ovejas y cabras, que las comían con fruición en los días crudos de invierno (a buen hambre, no hay mal pan). El fruto de los castaños, heredados de generación en generación y también plantados en suelo público, se comía asado en veladas familiares o en los seranos comunitarios. ¡Cuánta hambre quitaría antes de cultivar las patatas en el S. XIX! De la madera fina de esta especie eran las arcas, más duraderas aún que la vida de la planta. Inconcebible sería verlos fenecer como ahora sin escindir longitudinalmente antes tableros de ellos con gigantesco tronzador manejado por tres hombres. Los tenaces y hebrudos negrillos tenían usos varios, entre ellos la lanza del carro. Ciertos arbustos no se desechaban. La hiniesta o escoba, Citysus scoparius, de ramas tenaces y flexibles, servía para confeccionar baleos para barrer la era. Con la corteza de los largos tallos de las zarzas, una vez escindidos por la mitad y sacada la meolla, se ataban escobas y baleos y, aún en las primeras décadas del siglo XX, junto con manojos de paja entera de centeno, se elaboraban escriñas para contener diversos productos aislados de la humedad. De pueblos vecinos acudían artesanos de estos recipientes por dichos tallos. La fronda de los umbrosos helechos se cortaba para barrer los carboncillos y ceniza del horno calentado. En el pueblecito, con estos aprovechamientos y otros menores hasta la década de los 50, más lo aprovechado a diente por el ganado y lo que fuera menester despejado en concejo y compensado con un cántaro de vino y unos Kg. de escabeche, se mantenían unos espacios agrestes limpios. El río, despejado el cauce de salgueras, útiles para los cañizos, discurría sin obstáculos. En mi opinión, ahora, por la obstrucción del cauce, erosiona más las orillas dando «bandazos» de uno a otro lado y amplía el mismo. Remedando a José Mota: «no digo que me superen dichos aprovechamientos ahora, iguálenmelos con personal retribuido con dinero». Presente: Grosso modo, comienza en 1960, cuando el número de personas y de ganado menguan y el medio agreste y el forestal aumentan, fundamentalmente a expensas de tierras marginales de centeno, viñas o de pastos, que, sustraídas al monte, a serlo vuelven de pino o roble. Y el colonizador pino y la encina se diseminan paulatinamente por los brezales. El árbol vuelve a «su antigua casa». La maldición ardiente del 12 de agosto devoró el medio forestal que se había desarrollado durante los últimos 60 años; y el que había con anterioridad. Y en lo cultivado, los maraños le sirvieron de autopistas. Futuro: Año 2060. El pueblecito ya casi no es tal; solares, murias y las casas construidas desde 1950-60 en pie, parcas en madera, con fibra óptica accesible y usuarios temporales. Han pasado treinta y cinco años desde la maldición de la bruja y la vegetación ha vuelto tal cual era entonces, salvo los pinares; la Bella Durmiente sueña. A los cien años preceptivos no acudió el príncipe a Tabarilla y El Gronio próximos; hoy son arboledas; ¿acudirá a éste, la despertará y con ella revivirá el pueblecito?