Libres, juntas, vivas, somos +
Significa que cuando una mujer se libera del miedo, todas avanzamos y que, cuando nos unimos, nos hacemos invencibles
Hoy es 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres que se conmemora en todo el mundo, reconocido por la ONU desde el año 1999.
El reciente informe de ONU Mujeres pone de manifiesto que los derechos de las mujeres y niñas se enfrentan a un escenario sin precedentes de amenazas cada vez mayores, desde niveles más altos de discriminación hasta protecciones jurídicas cada vez más débiles. Los avances logrados tras décadas de esfuerzo en derechos humanos están siendo demolidos a una velocidad alarmante.
Las cifras de la violencia machista son escalofriantes e incuestionables y reflejan la persistencia de una violencia estructural de los hombres hacia las mujeres que compromete nuestras vidas en todos los ámbitos. La mutilación genital, los matrimonios forzados, los asesinatos por honor, las violaciones y todos los actos violentos (psicológicos, físicos, económicos, sociales) contra nuestras vidas son manifestaciones extremas de un sistema patriarcal que sigue considerando a las mujeres cuerpos y no personas, objetos y no sujetos de derechos. Esto se define como una vulneración intolerable de los derechos humanos en todo el mundo, dejando a la vista que la igualdad real aún no ha sido conquistada y que nuestra lucha no puede detenerse.
En este contexto recordamos a las mujeres palestinas, y a todas las mujeres víctimas de conflictos bélicos, a las mujeres latinoamericanas, donde cada dos horas una mujer es asesinada por violencia machista, a las mujeres afganas privadas de todos los derechos fundamentales, porque no habrá verdadera paz mientras las mujeres sigan siendo violentadas, silenciadas y utilizadas como instrumentos de poder. Su lucha por la justicia, la libertad y la igualdad es también nuestra lucha.
La violencia contra las mujeres no es un hecho aislado ni un problema individual, es una manifestación de las desigualdades de poder que todavía persisten en nuestra sociedad. Durante siglos, se ha construido un sistema, el sistema patriarcal, que socializa a los hombres, en general, en el privilegio de controlar, dominar o disponer del cuerpo y de la vida de las mujeres y en la idea de que las mujeres existimos para servirles, agradarles y estar a su disposición. Esta idea se resume en la frase «un machista es un hijo sano del patriarcado».
Esto no son solo reflexiones teóricas o académicas. En 2024 hubo en España 95 feminicidios cometidos por hombres, y en 2025 hasta hoy han asesinado a 77 mujeres de las que 38 lo fueron por sus parejas o exparejas.
El sistema patriarcal impregna todo el funcionamiento de una sociedad y por ello las administraciones e instituciones también ejercen violencia contra las mujeres por acción u omisión. A lo largo de este año podemos denunciar la situación de las mujeres de Andalucía ante los cribados del cáncer de mama, el incumplimiento de la ley de interrupción voluntaria del embarazo y la crueldad del protocolo de aborto terapéutico en Murcia, las sentencias y los procesos judiciales revictimizantes para las mujeres, la falta de coeducación y educación afectivo-sexual en los colegios, la inadecuada valoración del riesgo por parte del sistema VioGen y los fallos de las pulseras de control de los maltratadores, estos son algunos ejemplos de la violencia institucional.
Vivimos en una cultura en la que la pornografía y la pedofilia, la prostitución como violación pagada, la explotación reproductiva y los vientres de alquiler se normalizan o se invisibilizan bajo la etiqueta del «libre mercado», «derecho individual», o «libre elección». Esto refleja la incapacidad de discernir entre la libertad real y violencia estructural, entre derechos legítimos y abusos sistemáticos, entre autonomía y mercantilización de nuestros cuerpos y vidas, que atenta de lleno contra nuestra autonomía como seres independientes y verdaderamente libres.
Esta forma de violencia deja al descubierto la perversión de un sistema que mercantiliza afectos, reproduce desigualdades y perpetúa el miedo, mostrando que el daño que se ejerce sobre las mujeres es integral, no solo físico, ya que afecta a los vínculos más íntimos y esenciales de su existencia, dejando secuelas duraderas en la memoria, la autonomía y la dignidad.
El avance del negacionismo social e institucional de la violencia machista agrava la situación para las mujeres. Cuando las cifras enormes de asesinatos o de denuncias conviven con una cultura que minimiza el acoso, la agresión y el abuso de poder, es porque no se ha asumido que este tipo de violencia es una cuestión de derechos humanos, de justicia y de igualdad. Y si no la asumimos como tal, cada ataque, cada retroceso y cada minimización de las situaciones de violencia machista se convierte en parte de la estrategia de opresión.
Defender nuestros derechos y poner en el centro la vida de las mujeres no es un capricho, es una necesidad urgente y una cuestión de estado. Porque mientras existan vientres de alquiler que tratan la maternidad como mercancía, mientras exista la prostitución que define el cuerpo de las mujeres como un producto, la pornografía que educa en la degradación y la dominación, y todo el conjunto de violencias que se heredan y normalizan, no podremos decir que vivimos en una sociedad verdaderamente igualitaria.
«Libres, juntas, vivas, somos +» es mucho más que un lema, es una declaración de fuerza colectiva, de resistencia y de esperanza. Significa que cuando una mujer se libera del miedo, todas avanzamos y que, cuando nos unimos, nos hacemos invencibles. Solo desde la unión, la sororidad y la conciencia colectiva podemos construir una sociedad donde la vida de las mujeres, nuestra vida, sea respetada, valorada y plenamente vivida.