Entre brumas y veras
José María Aragón Escacena, ilustre astorgano, ocupó plaza de maestro en la escuela cabreiresa de Silván en 1915-16. Esa estancia dejó un resultado a la vista en las páginas de una novela, publicada cinco años después en 1921, con este título: Entre brumas. Él mismo la calificó «de costumbres», pero es preciso matizar que esas costumbres ahí narradas corresponden, no a Silván, sino a La Baña. No olvida referirse a la más genuina y singular, como lo es el serano (filandón de otras partes), todo un monumento de la vida tradicional campesina. Lo menciona ya en las páginas introductorias, hablando de «la democrática sociedad de las veladas» en la cocina durante el invierno y escribe el nombre en el capítulo IV, cuando recrea una de esas veladas con doce personas mayores, exactamente un serano de «viellos», porque los jóvenes tienen el suyo, fuera de la tutela de aquellos. Es un cuadro clásico: la cocina en penumbra, las mujeres tejiendo, los relatos, el diálogo, los cantos. Uno de los asistentes es un retornado de la emigración americana, de Argentina, en concreto, juzgando por los «che» que prodiga y el seseo. Le llaman por eso «el americano» y es un tipo curioso un poco en tierra de nadie, recluido, tras su periplo por el ancho mundo, en el pequeño de La Baña, que sueña con redimir. En realidad los emigrantes retornados fueron muy raros, pero alguno hubo: sin salir de La Baña, la madre de Antonio Bayo, el Ruso, que volvió de Argentina hacia 1929. De modo que ese «americano» pudo ser real, aunque también posible invento del autor. De hecho el maestro Ramón Carnicer introdujo en su libro clásico el personaje ficticio de un indiano, nativo de Sigüeya y emigrado en Venezuela, como recurso narrativo para exponer un punto de vista sobre Cabrera. En todo caso el americano bañés me recuerda un posible y curioso paralelo del serano nada menos que en territorio de la Nueva España y el siglo XVI.
Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista de Indias, escribe su interés por conocer si los indios tenían libros o de qué modo transmitían sus saberes, qué «vestigios y señales» conservaban del pasado. Por lo que se refiere a la Española, afirma que el libro o memorial de los indios, «que de gente en gente queda de los padres a los hijos (…), son solos sus cantares, que ellos llaman areitos». Cantar es aquí relato cantado o recitado, incluso danzado, vehículo de esos vestigios y señales del pasado, de sus tradiciones y costumbres. Se trataba de algo así como un libro en marcha, donde dejaban, impresa en voz, gesto y movimiento, la delicada urdimbre, vuelta ya costumbre, de sus creencias, sentimientos y vivencias. Aquellas gentes tenían pues un tiempo y un espacio propios para la tradición de su cultura mediante el relato, y eso entre nosotros se llamó serano. En los seranos de La Baña, tal el que reproduce Aragón Escacena, se sucedían cuentos y relatos, canciones y escenificaciones, fantasías sobre apariciones, ánimas y lobos, divertidas anécdotas y burlas desenfadadas. El asistente no avisado hubiera tenido cierta dificultad para distinguir lo que allí iba de veras o era solo una broma. Y aquí se impone mencionar la joya de la corona. Se trata de las ceibas, ese curioso y ya clásico término definidor de los emparejamientos en plena libertad de mozos y mozas, que comienzan con el solsticio de verano y la fiesta de San Juan y se prolongan todo el verano. Muchos estudiosos y eruditos han salido a la caza de pieza tan golosa y exclusiva de La Baña, como lo son sin duda esas licencias sexuales, tocadas del mágico prestigio del tabú transgredido. Baste con citar, entre otros de menor importancia, los nombres tan prestigiosos de Julio Caro Baroja, Enrique Casas Gaspar y Ángel Álvarez de Miranda. Ahora bien, entre todos ellos el único que vivió en Cabrera fue el maestro astorgano. Y como decía, cita las ceibas, pero sorprendentemente para impugnar su existencia. Lo hace en una larga nota al pie del texto, donde afirma categórico que nunca existió tal costumbre, añadiendo que, si algo hubo que pudiera parecérsele, de ninguna manera revistió ese carácter de formalidad establecida a modo de ritual. Pero en este punto será interesante saber que en La Baña, concluidas las labores de cosecha del centeno, las tierras que lo habían acogido quedaban abiertas al libre vagar de los rebaños. Esas tierras libres se llamaban ceibas, justamente, eran las ceibas. Ahora bien, el paso desde el término tópico al conceptual (de anécdota pastoril a categoría antropológica) constituye para mí un enigma. No hay duda de que los escarceos amorosos de los jóvenes o no tan jóvenes en los espacios del pastoreo en libertad por los montes eran objeto de relatos y bromas en los seranos. Podría por eso tal vez conjeturarse que algún visitante, presente en un serano y oidor fascinado de esas historias con jóvenes pastores y rebaños en libertad, más un término alusivo en efecto a libertad, saliera entusiasmado a propalar la luz deslumbrante de una noticia fabulosa, ornada a continuación con los elementos legendarios rituales, ligados al cálido verano y la ardiente noche de San Juan. He aquí la exótica flor, que para nuestro asombro, se diría brotada en la fronda iridiscente de un «cantar» de serano.