Abuso de menores: cuando el prestigio anestesia la condena moral
La admiración por una obra no puede servir de absolución moral automática

Haga un ejercicio de imaginación, amigo lector. Suponga a un hombre de treinta y pico años, profesor de instituto, con prestigio social y reconocimiento intelectual, que se encapricha de una niña de trece. Entabla un vínculo con ella, inicia una relación y logra casarse con la cría cuando acaba de cumplir los quince. El enlace se celebra en una iglesia al amanecer para evitar miradas incómodas y murmullos maliciosos. La adolescente muere al cabo de dos años y medio.
Imagine ahora a otro hombre, a miles de kilómetros del anterior. En este caso ronda la treintena y está camino del alcoholismo crónico. La chiquilla es su prima hermana y cuenta también trece primaveras. Ambos han vivido durante un tiempo bajo el mismo techo, junto a varios miembros de la familia. Mediante la manipulación de documentos, según consta en los archivos, el tipo logra añadirle «oficialmente» algunos años más y contraer matrimonio con ella. Hasta aquí, el lector podría pensar en dos historias turbias, propias de la crónica negra. Pero haga un esfuerzo mayor. Conjeture que estos dos hechos son reales y que pasaron sin consecuencias penales… ni sociales. La primera adolescente se llamaba Leonor Izquierdo. Ocurrió en Soria. Él era Antonio Machado, una de las figuras veneradas de la literatura española, poeta emblemático de la Generación del 98, convertido en conciencia ética. El segundo episodio también tiene nombre y apellidos: Virginia Clemm. Este suceso tuvo lugar en Richmond, EE UU Se trataba de Edgar Allan Poe, escritor, poeta y crítico, genio fundador del relato detectivesco. Las circunstancias y trayectorias no son idénticas, pero resultan comparables en ciertas dinámicas sociales, pese a desarrollarse en contextos históricos, culturales y marcos legales distintos. Son únicamente dos ejemplos reales, uno en España y otro en Estados Unidos, de un listado al que podrían añadirse muchos más nombres insignes. Y aquí comienza la reflexión de fondo. No estamos ante anécdotas biográficas menores ni ante simples «costumbres de la época» despachables con un encogimiento de hombros. Sin necesidad de aplicar retroactivamente las categorías jurídicas actuales, nos encontramos ante un patrón que se repite: cuando el protagonista es un intelectual consagrado, la sociedad tiende a suavizar el juicio crítico. La fama actúa a menudo como anestesia moral: desplaza la incomodidad y desvía el foco. El posible abuso se transforma en romanticismo y la desigualdad, en destino trágico. Resulta revelador que de Machado se evoque casi siempre al poeta viudo, delicado y melancólico, enamorado de un recuerdo idealizado. Rara vez se dice con claridad que ese recuerdo corresponde a una niña a la que él, profesor que le doblaba la edad, cortejó con trece años en la pensión donde vivía y desposó con quince al amanecer, en un contexto de profunda desigualdad material, emocional y social, que ya en su momento exigió mucho disimulo. En el caso de Allan Poe, el relato habitual habla de «amor incondicional» pero omite que Virginia era una menor de apenas trece años, pariente cercana, criada a temporadas en el mismo hogar cuando él se acercaba a la treintena y ya se había consolidado como célebre escritor. Se dirá que eran otras épocas. Que juzgar el pasado con los códigos del presente es injusto. Cierto. Pero no se trata de aplicar sin matices las leyes del presente al pasado, argumento tan repetido como cómodo. Se trata de algo más elemental: preguntarse por qué, incluso en su propio tiempo, estas relaciones necesitaron engaños, ceremonias de madrugada, documentos falsificados y silencios cómplices. La crítica no busca derribar estatuas ni cancelar obras que merecen seguir leyéndose. Tampoco convertir las biografías en juicios a posteriori ni reducir trayectorias complejas a un solo episodio. Lo que plantea, más bien, es revisar el privilegio moral del que algunos autores han disfrutado únicamente por su prestigio. Porque el talento no vuelve aceptables conductas que suscitan serias objeciones éticas. Conductas específicas que en la actualidad estarían castigadas en el Código Penal con duras condenas de prisión. Tal vez haya llegado el momento de asumir que la admiración por una obra no puede servir de absolución moral automática para quien la escribió. La pregunta no es qué hacer con Machado o con Allan Poe, entre otros, sino qué estamos dispuestos a justificar nosotros cuando el prestigio nos invita a la indulgencia. Una sociedad madura y democrática tiene el deber de examinar sin sesgos y con honestidad a sus figuras públicas. Machado y Edgar Allan Poe son dos ejemplos elocuentes.