Diario de León

Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

¿Qué nos deparará el porvenir?

«El cerebro de la sociedad» se está comportando como un potro desbocado galopando sin rumbo fijo

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Esta pregunta abre las puertas a todo tipo de posibilidades y fantasías, y cada cual se enfrenta a ella con sus deseos o temores, según. La cosa cambia cuando hablamos del porvenir refiriéndonos al futuro de una sociedad, o de una civilización que trata de sustituir unos valores, unas creencias ancladas en el eje de su estructura y que la han sostenido y orientado hasta el presente, pero que están perdiendo vigencia a marchas forzadas, dejando un vacío angustioso. Es sabido que el ser humano insertado en la sociedad, debe compartir con ella, para su desarrollo y pervivencia, una serie de valores, creencias, mitos, ilusiones, leyes y mandamientos si pretende trascender lo implantado por la biología, y superar la evolución limitada que acaece, supuestamente, en cualquier especie animal.

Al repasar la historia de la andadura del ser humano, constato la desaparición, incluida la destrucción, de sociedades, civilizaciones, religiones (variante etimológica de unión, atadura con lo divino como con lo humano), sustituyéndolas por otras supuestamente más adecuadas y evolucionadas. Ahí es donde reside «el famoso progreso», en la evolución que arrastra irremediablemente lo que encuentra a su paso, para bien o para mal; eso parece que es irrelevante en el proceso en cuestión. ¿Estamos «condenados» a evolucionar, sin importar lo excelso de los logros positivos como lo destructivo y negativo que se produzcan en dicha evolución? Estamos, en esa evolución obligada, en un momento de vacío existencial: por una parte, a una gran mayoría ni les motiva ni les agrada, más bien al contrario, la situación actual, política, social, económica etc., ni tampoco ven la luz al final del túnel, ese futuro que no acaba de llegar. Un futuro trufado de incertidumbre, de inquietud, e incluso de temor a la propia desaparición de la especie humana; aunque, también, paradójicamente, un futuro que se nos puede antojar brillante, salvador, rompedor de las cadenas del ser. Es en el clásico balanceo entre el pesimismo y el optimismo donde se entremezclan de forma desordenada tanto los proyectos realistas como los fantasiosos de toda la vida. Dicen que la solución vendrá, una vez más, de la capacidad adaptativa de nuestro cerebro, ese centro de operaciones grandioso, espectacular. Pero no se fíen mucho del resultado final, pues el cerebro, lo mismo que previene del peligro, obliga, por ejemplo, en las adicciones a atiborrarse de sustancias mortíferas o a repetir sin cesar conductas nocivas. Y eso cuando no coarta la libertad debido a traumas infantiles o defectos en su desarrollo de todo tipo y condición. El cerebro, pues, puede ser tu amigo o tu enemigo. En estos momentos, «el cerebro de la sociedad» se está comportando como un potro desbocado galopando sin rumbo fijo, con mucho ímpetu, velocidad y desorden. Al margen de lo que cada uno proyecte en el porvenir, algo que prevalece en ese movimiento imparable de la evolución de la especie, es la búsqueda de la verdad, del conocimiento del origen y de las leyes que mueven el mundo al margen de los hombres, criaturas especiales que también son capaces de destruirlo, al menos en parte. ¿De qué estamos hechos para ser capaces de construir una obra de arte por la mañana y destruirla por la tarde? ¿Por qué, a sabiendas de nuestra finitud existencial, nos proyectamos hacia un futuro sin fin? ¿Quizás para compensar o negar la realidad que nos encorseta? Una respuesta posible al enigma nos la da el propio Jesucristo cuando afirma: «Mi reino no es de este mundo». Es decir, buscad en el futuro la solución. Véase las bienaventuranzas donde los supuestos bienaventurados no tienen opción de serlo en el presente terrenal, pero sí en el futuro. Sorprende que, con el omnímodo poder que poseía, dado su origen divino, prefiriera la posposición de la solución del problema, para resolverla, eso sí, en un futuro. Permítanme, con todos los respetos, la cuña del humorista: «hoy no, mañaaana…» Lo bueno, la dicha, la gloria, la paz, la justicia están en el futuro, en el porvenir. ¿Daba por perdida la solución de la superación de tanta calamidad, injusticia y desamor durante el tránsito terrenal? Doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder. Todo indica que estamos abocados, en ese porvenir, a un desmantelamiento, prácticamente, de todas nuestras creencias, mitos, afanes, vicios y virtudes, todo. Entonces, con un nuevo bagaje, lograremos la felicidad eterna, desechando, eso sí, la versión pesimista de que todo se vaya a la mierda, a hacer puñetas. Una pregunta que me inquieta, y me ilusiona al mismo tiempo, es la siguiente: ¿Estamos, como especie, próximos a mutar o a modificar la esencia de nuestro ser? Pensando en el injerto, hibridación (de cerebro a cerebro) o implosión ejercidos por la inteligencia artificial (que irá mucho más lejos de la simple superación del artificio, y que está a las puertas de «hacerse carne»), podemos estar en vísperas de una nueva era, con la aparición en escena de un ser muy superior al homo sapiens; llamémoslo, por ejemplo, el «homo sapientissimus» (bueno, y la «mulier plus sapientissima», eso por descontado, faltaría más). Ya sabemos que las mutaciones pueden alterar nuestro ADN para bien o para mal. Pensemos en lo primero. Parece que ya hemos experimentado otras mutaciones o hibridaciones en nuestra andadura. De ello ya se han encargado de tratar de ponerlo de manifiesto especialmente las religiones, las mitologías, etc. Todavía, algunas siguen teniendo un carácter misterioso, pero en la nueva era todo se aclarará definitivamente. De momento persiste la duda (o la creencia) de si somos o no el resultado de tales hibridaciones acaecidas en un pasado llevadas a cabo por algún ser superior extraterrestre y/o divino. Lo que no queda claro es si esas hibridaciones han sido positivas o negativas tras hacer un examen de conciencia sobre los resultados obtenidos hasta el momento. Me llama la atención, también en ese porvenir, la cuestión de la inmortalidad, dimensión que tiene un tirón impresionante en nuestros días. Hay personas más adineradas que se gastan, o se han gastado, una fortuna en preparar su resurrección e inmortalidad posterior. Pensándolo bien, la inmortalidad es una manera de negar el futuro. O sea, la forma de instalarse en un presente perpetuo. Es el clásico concepto de eternidad, que nos es tan familiar: el descanso eterno, la paz eterna, la felicidad eterna o el sufrimiento eterno, etc. Habrán observado que hoy no he hablado de política, y no porque ésta no me estomague, que también; es porque voy admitiendo, con dolor, que es un problema que tiene difícil solución mientras no mutemos o hibridemos. De momento, persisten los vicios, las chapuzas, los trinques, la mala leche, el odio cainita que ciega, que hiere, que mata. Termino con la esperanza de que se cumpla, al menos, tener un poco de luz en la oscuridad. PD: «Vade retro Petrus, quia corruptus es», que traducido al lenguaje román paladino viene a ser: «date el piro, chulazo, que estás de mierda hasta el cuello, y nos tienes hasta los mismísimos». Casi nada.

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