¿Y si pensáramos en nosotros?
La indefinición, el descuido de la personalidad es la muerte de un pueblo. Lo he dicho muchas veces: ¡vivan los pueblos vivos!
Los catalanes siempre han sido mirados con recelo por los tutores oficiales de una idea y rumbo ‘nacional’ marcando camino y pensamiento que no ha escondido nunca el manejo de un grueso social al que dirigen ideologías torpes y no estudios de razón. Creen así que alguna vez esa España, que sólo es de coz y hasta contraria a sí misma, vencerá las identidades territoriales que se le resisten a su particular verdad. Los imperios que lo fueron se han olvidado de que ya no lo son. Desde hace mucho su realidad es sólo la de una carcasa vacía. La equivocación continuada sólo perpetúa error petrificado, y posteriormente quiebra. Es sabido. Pero es más sabida la tozudez con la que se insiste. A alguien le escuché una vez llamar a estos comportamientos ‘dar coces contra el pesebre’. Sin embargo estas manías no sólo las sufren los no alineados ‘correctamente’ con el destino uno y sacro que guía a los iluminados, las padecen también los que creen ser depositarios de la verdad inapelable, esa España incorrupta. Cuando en una disputa lo que sobresale es ideologia y cerrado corporativismo, lo único que razona es la visceralia (con permiso del DRAE).
La ultima oportunidad para el desentono acostumbrado es el replanteamiento de la financiación autonómica (una más) y la fijación en los beneficiados... que recurrentemente recae en los mismos pese a que los números y las necesidades ponderadas y reales lo discutan. Se diría que algunos no quieren tener más capacidad de administrarse. Y eso es terriblemente elocuente. ¿Lo captarán sus ciudadanos?
Conociendo esta afición que tienen algunos dirigentes políticos y que recogen sus incondicionales, por reconducir y hablar de otros, pero no de sí mismos (nada mejor que autoanalizarse para conocerse y mejorarse, otra cosa es distraerse), hace ya unos treinta años que el asesinado Ernest Lluch dejó escrito en La Vanguardia esta frase: «es bueno y normal que se hable normal, y permítanme la redundancia, sobre Catalunya y los catalanes», frase que reconoce el eco viejo sostenido en el tiempo y que a pesar de todo y siempre coincidiendo con algún cambio, también ahora, tiene que ser el pimpampum de las insatisfacciones y/o complejos de los fracasados de siempre. Ya se quejaba entonces del espantajo de la insolidaridad de los catalanes. Unos lo han usado tanto que a otros no les ha quedado más remedio que no olvidarlo. ¿Qué lo motiva? Si es identidad con signos diferenciales potentes como lengua y cultura, ¿dónde reside la culpa?, ¿en no haberse igualado en el desvaído que ha recorrido otras identidades? ¿Ser peculiarmente uno equivale a agresión para otros? Me pregunto si mis necesidades o las características que me definen tendrían que cambiar su estado para satisfacer enteramente a algo que no me garantizaría la coherencia actual ni aseguraría el fin de los recelos en otros.
España tiene un problema y el problema es ella misma tal y como es. Ya no sólo es mentira, es también una obligación, es porque sí, y esos empeños sobran. La descompensación económica y demográfica es real. Eso se llama estar mal hecha. Grandes ventajas para unos, enormes olvidos para otros. El entramado, las comunicaciones son deficitarias para muchos y ventajosas y hasta caprichosas para otros. Todo lo ha provocado el Estado, torpemente. Luego la necesidad de vivir de la gente ha producido desplazamientos, lo cual ha forzado el beneficio de los ya afortunados y el perjuicio de los que ya lo estaban. Algunos casos son paradigmáticos de su absoluta mentira o su ficción: Madrid, sin ir más lejos. Sola en medio de un desierto es grande, la han diseñado así porque es la capital. La razón es absurda pero lo absurdo es lo que es y sigue siendo absurdo..., parafraseando a Machado.
Un ejemplo didáctico y muy aproximado del desequilibrio potencial de unos frente a otros lo vemos en la categoría máxima del fútbol español. Hoy la comunidad de Madrid tiene cuatro equipos, pero tuvo cinco. Cataluña tres. Valencia cuatro. Andalucía dos, pero llegó a tener cuatro. Euskadi tres y llegó a cuatro. Baleares, Navarra y Galicia suelen ser fijos en esta representación, y ahora también los astures del norte. El resto del territorio, 292.246,05 km² de 505.944, está habituado a ser invisible, una especie de descampado con hartos significados.
Teniendo en cuenta que unos pesan más que otros y que la inocencia asiste a todos, lo de la financiación autonómica para ser ‘justa’ tiene que ponderar valores objetivos, en los que no entran tanto los éticos y/o morales. Cuentan parámetros como superficie, densidad de población, envejecimiento, población en edad escolar y otros. Por supuesto también la fuerza política de quien lo reivindica. Es un derecho y es evidente. Todos seguramente insuficientes, en algún caso incomprensibles y probablemente mejorables, pero lo más aproximados a cubrir las necesidades mayores de más gente.
Como el dinero no es un chicle y al Estado hay que darle en el codo para que lo suelte, los mismos vilipendiados de siempre pero que tantas veces han mejorado y modernizado a todos con sus reivindicaciones, le han arrancado 20.975 mill./€ más a repartir para todos. Y se reparten teniendo en cuenta esa serie de variables y siempre aumentando a todos lo que ya percibían anteriormente.
Pero la mala fe (no es otra cosa) se ha instalado en el ejercicio de la política con su interpretación interesada. Quien más va a recibir no es Cataluña, sino Andalucía (4.846 vs 4.686), y les siguen Valencia (3.669), Madrid (2.555), tres de ellas gobernadas por el PP. Por habitante quien más recibirá es Murcia, 749 €; Valencia, 676; Castilla-La Mancha, 587; Cataluña, 577; Andalucía, 559. También aquí tres (y tres cuartos) de ellas del PP y tres más que siguen: Aragón, Madrid e Islas Baleares. Castilla y ¿León? recibirá(n) 271 mill./€, a razón de 113 €/hab., mejor financiada que La Rioja, por ejemplo (25 mill./€, 76 €/hab.). (Fuente: Ministerio de Hacienda e INE.) Lo que llaman ‘ordinalidad’, que el Estado compense proporcionalmente lo que recibe de cada territorio es lo más justo, pero tiene cara insolidaria... y alguien se viene preguntando que hasta cuándo, y no sin razón.
Es decir, aquí hay un nudo atando demasiadas cosas torcidas. Sin embargo el mal está detectado, la patología se llama catalanofobia. Un mal endémico al que suman ahora independentismo y en otro momento será otra excusa. Lo malo que tiene es que, beneficiando a todos, beneficia también a los catalanes. Este detalle tendría que haberse corregido... Si las voces reivindicativas hubieran salido de otro lado... Me cachis...
Y en este contexto, León y su región ¿qué tiene que decir? Pues después de haber sido despreciada e ignorada como nadie —y lo vemos cada día, se llame Feve, Torneros, pasarela de Trobajo o nuestra propia financiación, el Corredor Atlántico, la resignada Zamora o la embaucada Salamanca, etc., y todo se llama pobreza e irrelevancia—, ser fuertemente reivindicativa en favor de su territorio, por su gente, su futuro, la identidad de su verdad territorial que en mala hora perdió y a la que debe volver, y por la gestión integra de sí misma. ‘Ser nosotros’. No hay nada mejor. O eso, o el tiempo nos irá borrando. La indefinición, el descuido de la personalidad es la muerte de un pueblo. Lo he dicho muchas veces: ¡vivan los pueblos vivos!, y la Catalunya de mi desarrollo profesional es uno de ellos. Me gustaría que la tierra donde nací ‘pecara’ también en este sentido y demostrara reivindicación continuada y completamente desacomplejada. Si olvidamos o despreciamos lo que fuimos acertaremos a ser nadie. Un día el Reino dejó su soberanía nacional y hoy es un ridículo.