Política de cloacas en tiempos de elecciones
Los vecinos de San Andrés merecen algo más digno. No que la basura se convierta en arma arrojadiza entre partidos

Nos acercamos a las elecciones autonómicas del 15 de marzo en Castilla y León. El mapa electoral está bastante claro: nadie discute ya quién va a ganar, sino qué personas concretas ocuparán uno de los 13 escaños que reparte la provincia de León y qué cuotas de poder se repartirán las diferentes facciones de los partidos a la hora de colocar a «su» gente en las listas. En este escenario de supervivencia política a cualquier precio —donde algunos vienen a la política no a servir, sino a servirse— varios concejales y líderes locales de San Andrés del Rabanedo parecen convencidos de que su permanencia en las instituciones depende de enredar, obstruir y ensuciar todo lo posible, y no de colaborar en la gestión o de fiscalizar con rigor. Cuanto peor, mejor.
No hablo de la legítima oposición y fiscalización —yo no soy precisamente suave cuando toca criticar al equipo de gobierno— sino de algo mucho más grave: decir una cosa en público y hacer la contraria en privado; no poner palos en las ruedas, sino clavarlos a conciencia. Boicotear, en definitiva, la resolución de una crisis que afecta directamente a la salud, la dignidad de los vecinos y la imagen de nuestro municipio. Hace apenas unas semanas, San Andrés vivió una crisis con la recogida de basuras que bien podría calificarse de sanitaria. Calles convertidas en vertederos improvisados, contenedores desbordados durante semanas, ratas campando a sus anchas, contenedores quemados sin reponer… Una situación descrita por los propios residentes como «inhumana» y que puso en jaque la salubridad pública. El municipio salió del paso (de momento) gracias, entre otros, a los trabajadores municipales que hicieron lo que pudieron con los medios que tenían y a los Ayuntamientos de León y Astorga que prestaron un camión de recogida para mitigar el desastre y evitar males mayores. La gestión de la Concejalía de Servicios Generales en San Andrés ha sido, desde que la UPL tomó las riendas del Ayuntamiento, muy criticable. La flota de vehículos, insuficiente y averiada crónicamente, es un problema estructural que arrastra años, y la forma en que se gestionó esta crisis concreta fue, como mínimo, deficiente. Los grupos políticos podemos —y debemos— criticar con dureza esa gestión. Pero, de ninguna manera, se puede intentar boicotear la ayuda solidaria ofrecida por un municipio vecino. Uno esperaría que, ante una emergencia de esta magnitud, toda la clase política local —más allá de las críticas legítimas— cerrara filas para agradecer la colaboración y centrarse en resolver el problema de fondo. Pero, según versiones que circulan con insistencia por los pasillos municipales, no municipales y que se repiten en círculos cercanos al partido que, según se dice, intentó boicotear la recogida de la basura, podría haber ocurrido algo distinto. Hay quien asegura, basándose en fuentes que consideran solventes, que desde algún grupo municipal de San Andrés se ejercieron presiones para que se retirara la ayuda prestada por León. De confirmarse estas informaciones, el objetivo aparente no sería otro que prolongar el malestar vecinal y desgastar al equipo de gobierno local y a su partido, la UPL, de cara a futuros enfrentamientos electorales en los que mucha gente se juega su sustento. Afortunadamente, el alcalde de León y su equipo no sucumbieron a presiones de ese tipo, si tales versiones se ajustan a la realidad. Hay que agradecerles públicamente esa altura de miras: anteponer la ayuda a los vecinos de un municipio colindante por encima de cálculos partidistas mezquinos. Porque cuando la política deja de ser servicio y se convierte en servirse a uno mismo, todo vale: torpedear la gestión ajena, instrumentalizar una crisis sanitaria e incluso poner en riesgo la salud pública con tal de mantener cuotas de poder o arañar unos votos. Algunos concejales parecen entender que su subsistencia política y por tanto económica depende de seguir en el cargo a toda costa. Precisamente, por eso, actúan así ante una crisis: sin independencia económica, el cargo no es un instrumento de servicio, sino la fuente misma de su supervivencia. Si vinieran a la política «comidos» —con su economía resuelta de antemano, sin depender del sueldo como político o de las prebendas para subsistir— tendrían la libertad de priorizar a los vecinos por encima de los colores partidistas. Podrían cerrar filas en emergencias reales, colaborar sin temor a represalias internas y centrarse en soluciones de fondo, sin necesidad de enredar ni de instrumentalizar el sufrimiento ajeno para arañar posiciones. Pero cuando se entra dependiendo del cargo para comer, la tentación de practicar la política de cloacas —rumores, presiones, filtraciones interesadas— se convierte en estrategia de supervivencia. Todo con tal de que el «cuanto peor, mejor» les permita desestabilizar al rival y aspirar a puestos que, en condiciones normales, nunca habrían alcanzado. Los vecinos de San Andrés merecen algo mucho más digno. Merecen representantes que se dediquen a resolver problemas reales: renovar una flota de camiones que lleva años fallando, ampliar la plantilla del servicio de limpieza, planificar con seriedad en lugar de improvisar. No merecen que la basura se convierta en arma arrojadiza entre partidos. Porque cuando eso ocurre, quien termina oliendo mal no es solo la calle: es la propia democracia local. Es hora de exigir altura de miras. Y de recordar que quien viene a la política a servirse, tarde o temprano, acaba pagándolo en las urnas.