Diario de León

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Conocer cómo era y qué significó Enrique Freijo —su vida, obras y aportaciones al campo de la psicología— requiere estudiarlo desde distintas perspectivas que permitan entender con mayor amplitud la huella que dejó allí por donde pasó. Para ello, nada mejor que adentrarnos en sus facetas personal, académica, docente, intelectual, pastoral y gestora.

Enrique nació el 15 de julio de 1925 en Bilbao, ciudad en la que su padre, don Bernardino Freijo, emigrante gallego, regentaba una sastrería donde su madre, doña Concha Balsebre, natural de la referida urbe, colaboraba en el negocio familiar cuando el tiempo lo permitía y en el que trataba de poner algún freno a la generosidad de su esposo. Enrique era el menor de otros cuatro hermanos, tres chicos y una chica: Rafael, Ángel, Pablo y Conchita, con los que mantuvo siempre una estrecha relación y quienes fueron para él modelos de identificación, especialmente su hermano mayor, su ídolo. Su familia, de clase media y con recursos, pudo proporcionarle el apoyo necesario para desplegar una larga y fructífera trayectoria intelectual.

Finalizado el bachillerato en junio de 1942, un adolescente Enrique se desplaza a Valencia para iniciar los estudios de Medicina. Allí vivió en casa de sus tíos Teófilo San Cristóbal y Damiana Balsebre; sin embargo, su estancia en la ciudad del Turia apenas duraría un año al decidir sus familiares regresar a Bilbao por motivos laborales; por lo que Enrique, con 18 años recién cumplidos, decide trasladarse a Salamanca con el fin de continuar sus estudios en la Facultad de Medicina de dicha ciudad, donde los finaliza el 30 de junio de 1948 y donde participa «activamente tanto en las actividades académicas programadas por la institución como en las movilizaciones estudiantiles».

En Salamanca, Enrique desarrolla una intensa y a su vez productiva actividad. Conoce al presbítero asturiano don Avelino López Castro, momento en el que cobra fuerza la idea de hacerse sacerdote. Cursa en la Pontificia los estudios de Teología y de Filosofía, que termina en 1954 y 1955. Ordenado sacerdote, es «nombrado consiliario diocesano de la Juventud Estudiante Católica por el Obispo de Salamanca Francisco Barbado Viejo y párroco de la iglesia de San Benito, cuya sacristía siempre estuvo abierta a los estudiantes». En 1957 empieza a dar clases de Psicología en la Universidad Pontificia. Poco tiempo después impartiría también docencia de Psicología Médica en la Facultad de Medicina de dicha ciudad. Actividades que simultanearía con la preparación y presentación de sus dos tesis doctorales: la primera titulada El problema religioso en la historia de la psicología médica contemporánea. Psicología y Religión en la obra de Segismundo Freud, con la que obtuvo el doctorado en Medicina en 1959, y la segunda, que con el título El psicoanálisis de Freud y la psicología de la moral consiguió el doctorado en Filosofía en 1963.

En 1978, después de 35 años, Enrique Freijo decide marchar de Salamanca para incorporarse a la que entonces era la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Bilbao, en el campus de Zorroaga de San Sebastián, instalándose en un primer momento en el hotel Buenavista de Igeldo, trasladándose más tarde, ante la necesidad de disponer de su propia residencia, biblioteca y demás enseres personales, a Villa Iruña, una casa imponente y con grandes espacios en la que «depositó Enrique su biblioteca y dio rienda suelta a su música preferida…, fue un lugar de reunión, de partidas de mus, de fiestas y cánticos…, pero también fue un lugar de reflexión y de trabajo, donde se habló mucho de Psicología, de la Universidad y de la vida». En Villa Iruña vivió hasta que en 1990 regresa a Bilbao donde, además de estar cerca de su familia y rodeado de libros y de su música, recibía a compañeros y amigos, ayudaba a la Facultad en todo cuanto se le solicitaba y siguió dirigiendo tesinas y tesis doctorales hasta el final de su vida.

Enrique Freijo, persona comprometida y tolerante, se caracterizó por traspasar en ocasiones los límites de las instituciones de las que formó parte, llegando a poner en cuestión lo establecido. Así, «cuando el Dr. Freijo hablaba de síntesis de aminoácidos en el origen de la vida, de adaptación, de posición erecta, de liberación de la mano, de telencefalización, etc., ofrecía una explicación del origen del hombre absolutamente opuesta a la doctrina oficial de la Iglesia Católica,… Por mantener esas posiciones tuvo que afrontar severas críticas de algunos de sus compañeros… Sin embargo, para él no había contradicción alguna entre los planteamientos científicos sobre el origen del sapiens-sapiens y la existencia de Dios: Enrique se declaraba creyente y decía que mientras hubiera misterios y espacio para el avance de la ciencia, siempre habría espacio para Dios».

Sobre su rebeldía y posiciones críticas, el profesor Enrique Clemente ha dicho que Enrique Freijo «no se casaba con nadie, ni ideológicamente, ni políticamente, ni profesionalmente, ni mucho menos por algún interés individual. Por eso disponía de un especial sentido crítico para descubrir y denunciar las manipulaciones más sutiles contra la libertad humana».

Sus últimos días los vivió de forma tranquila y feliz. Decía «que gozaba de cada día que se levantaba y no le dolía nada. Nunca perdió su sentido del humor». Enrique «murió en paz el 23 de enero de 2001, manteniendo la lucidez hasta el final». Su cuerpo recibió sepultura en el cementerio de Bilbao.

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